Capítulo 6 Mamá
Que Jill conozca a mi madre, y que además sea peluquera, me ha dejado de piedra, aunque, siendo sincera, todo el mundo parece conocer a mi madre.
Lleva años yendo de casa en casa por esta zona con su peluquería móvil.
Su madre, mi abuela, era igual. La gente la llamaba Lil Ceniza de Cigarro porque fumaba mientras te cortaba el pelo, dejando que la ceniza te cayera en la cabeza.
No te puedes imaginar la cantidad de clientes que pensaban que les estaban saliendo canas por eso.
Por suerte, mamá fue un poco más lista y nunca empezó a fumar, pero le picó el gusanillo de la peluquería, que a mí no me llegó.
Ese don se cortó en seco conmigo: apenas sé hacerme un moño, así que imagínate cortarle el pelo a alguien.
Nuestra casa en Eltham parece tan silenciosa y fría en comparación, y eso estando yo. Solo puedo imaginar lo sola que se queda cuando no estoy.
Pasaron los años y, al final, aceptaron que no iba a pasar. Asumirlo les afectó mucho, sobre todo a mamá. Le encantaba ser madre, y saber que no podía tener más hijos... bueno, creo que le dejó un vacío en el corazón.
El año pasado, mamá me confesó que ella y papá «simplemente existen».
Describió su relación como una especie de amor envejecido: sin pasión, sin emoción, pero lleno de respeto mutuo.
Son muy buenos amigos, me dijo, pero no es amor en el sentido romántico de la palabra.
Duermen en habitaciones separadas casi todas las noches y, fuera del trabajo, hacen vidas bastante separadas.
Es todo un poco trágico, la verdad, aunque mamá insiste en que le parece bien.
—Esto es lo que pasa cuando te haces mayor —dice, como si tener 43 años fuera ser anciana. Habla como si ya hubiera vivido toda su vida, y me saca de quicio.
A veces creo que papá la da por sentada.
Está tan acostumbrado a tenerla siempre ahí que dudo que siquiera note todo lo que hace.
Parte de mí desearía que lo dejara, aunque solo fuera unos días.
Darle un buen susto. Que viera lo que es vivir sin ella.
Pero creo que ese es el miedo de mamá: que apenas lo notara, al menos no hasta que descubriera que no tiene la cena en la mesa.
He quedado con mamá para comer en el Golden Lounge, nuestra cafetería favorita de la calle principal. Siempre pedimos patatas asadas, todas las veces, y sin falta nos reímos y decimos: «Podríamos habernos hecho esto en casa por 10 peniques». Ya es prácticamente una tradición.
Estoy allí sentada esperando, y entra ella, glamurosa como siempre.
No tiene ni un mechón fuera de lugar, el maquillaje sutilmente perfecto.
Todo forma parte de «proteger su negocio», como dice ella; al fin y al cabo, ¿quién quiere una peluquera con el pelo enredado y hecho un desastre?
La verdad, no creo haberla visto nunca menos que impecable, al menos en público.
Siempre tan arreglada, con el toque justo de glamur.
Una auténtica mujer de clase trabajadora con orgullo.
Y luego estoy yo. Debo de haber heredado toda la tosquedad del lado de papá, porque tengo una pinta desastrosa.
Llevo el pelo recogido en un moño que es más desastre que estilo, y las ojeras me hacen parecer una de esas góticas que veo merodeando por la calle principal.
La culpa es del colchón de Steve: es como intentar dormir en una cama hecha de Lego.
Y luego está el propio Steve. Siempre intentando «hacerlo» a horas intempestivas, como una Cenicienta cachonda merodeando a medianoche.
Sospecho que espera hasta estar seguro de que Brad está frito, o directamente fuera de casa, que es lo más habitual.
Total, que estoy sufriendo, y mucho, una grave falta de sueño reparador.
Mamá se acomoda, con la patata asada con queso y judías ya pedida, una taza de té sin azúcar bien sujeta en la mano. Se reclina un poco, con la mirada curiosa clavada en mí.
—¿Cómo está Steve, cariño? —pregunta—. Es muy guapo, ¿verdad? Buen cuerpo, todo un hombre. Macizo, de arriba abajo.
—Mamá... por favor. —Debo de estar roja como un tomate. Me muero de vergüenza—. No le habrás dicho a papá lo de...
—Qué va, cariño —interrumpe mamá enseguida—.
No te avergüences; al menos alguien echa un polvo en esta casa.
—¡Casi escupo el té!—. Tu padre todavía está furioso porque estés saliendo con un tío como Steve, así que decirle que estabais fornicando en su sagrado salón no ayudaría.
Y ya sabes cómo es, Marie. En cuanto alguien no le cae bien, se acabó.
Tiene razón. Papá es tan cabezota que ni siquiera me imagino el día en que conozca a Steve.
—Conocí a su madre el otro día. ¡Dice que te conoce!
Los ojos de mamá se abren de par en par, con la curiosidad brillando en ellos.
—¿Quién es? —pregunta.
—Jill Sullivan —respondo. Nada más decir el nombre, mamá se queda paralizada. El té se queda suspendido a medio camino de su boca.
—¡Es un Sullivan! ¡Sabía que me sonaba! —exclama mamá, lo bastante alto como para que la mesa de al lado se gire. Se inclina hacia delante, con cara de asombro—. ¡Madre mía! Se me había olvidado por completo que tenía un Steven y... y...
—...Bradley —termino.
—¡Eso es! Los chicos Sullivan. —El tono de mamá cambia, como si acabara de desenterrar un cotilleo olvidado hace años.
—Yo la peinaba hace años. Ay, fue horrible lo que pasó cuando Roger los abandonó a todos. Espantoso.
Me sorprende cuánta gente parece compadecerse de Jill, y lo entiendo. De verdad. Pero hay algo que no me termina de cuadrar. A veces una sabe cuándo alguien se hace la víctima demasiado bien.
—Dejé de peinarla cuando empezó a ir a esas peluquerías pijas del centro —recuerda mamá, con cierta irritación—. Aunque no tenía mucho sentido, la verdad, teniendo en cuenta que se suponía que andaba mal de dinero. Algunas pensábamos que le había tocado la lotería y lo había mantenido en secreto.
A mí también me chirría esa incoherencia.
No cuadra, pero quizá le estoy dando demasiadas vueltas.
Mamá siempre dice que pienso demasiado las cosas, pero mi instinto rara vez se equivoca.
Y ahora mismo, mi instinto me está gritando...
aunque también podría ser la patata asada gigante que me acabo de zampar.
—Es todo un personaje —le digo a mamá. Queriendo decir que está loca, obviamente.
—Vaya que sí. No me lo puedo creer, Marie... ¡una Sullivan! Madre mía, vaya ojo que tienes para elegirlos, ¿eh?
Sus palabras me pillan un poco desprevenida. Vale, Jill está un poco loca, ¿pero Steve? A mí me parece tan normal, tan auténtico. Brad, sí, es un poco bala perdida, pero no tanto como para saltar las alarmas. Tampoco es que sea una familia de la que tenga que salir corriendo.
—Ten cuidado, cariño. Se nota que te gusta, solo con verte la cara cuando hablas de él. Pero ya sabes, a veces tú...
—¿Lo estropeo todo? —termino su frase.
—No eres tú, cielo —dice rápidamente, a la defensiva—. Es que no has tenido mucha suerte.
La verdad es que no creo que mamá tenga razón. Conocer a papá tan joven y seguir con él desde entonces le ha distorsionado la idea de la suerte y las relaciones. Tampoco es que tenga una larga lista de ex desastrosos.
—No quiero que te rompan el corazón otra vez, eso es todo —dice con cariño—. Te mereces ser feliz.