Todos duermen 1
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Todos duermen

Todos duermen

Por Rosa Ribas

© inepub.com

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Pasos en la escalera. Elisa sube con la compra.

La espero en la puerta sin traspasar la línea de seguridad.

No le cojo la bolsa; es su tarea llevarla hasta la cocina, donde la pone sobre la mesa.

Saca las piezas de fruta una a una. Las naranjas y las mandarinas van iluminando el espacio como bombillas de atracciones de feria.

La luz lechosa de enero queda confinada al marco de la ventana.

Coloco las compras en su sitio; es mi tarea. Levanto una pirámide con las naranjas y las mandarinas. Después distribuyo las verduras no solo donde les corresponde, sino también en una posición precisa. El orden es importante.

—No has olvidado nada —le digo a mi hermana.

Elisa nunca olvida nada, pero sé que la complace que me dé cuenta.

—Ahora voy a prepararle la comida a la abuela. Por cierto, esta tarde pasará a verte —me anuncia.

Resoplo.

—Tienes que ser amable con ella, Ana.

—No sé por qué viene. ¿Qué quiere? Nunca se ha ocupado de nada —replico.

Mi hermana dobla la bolsa de la compra.

—Tampoco nos ha hecho falta, ¿verdad?

No.

Fue Elisa quien se hizo cargo de todo tras la muerte de nuestros padres.

Fue ella quien reconoció los cuerpos, organizó el entierro, resolvió el papeleo.

Ella afrontó el desorden que dejan las muertes inesperadas.

Retiró las zapatillas con las que papá había salido de la ducha aquella mañana; unas zapatillas de hotel que mamá había traído de alguno de sus viajes.

Cerró la partitura abierta por la última página que había estudiado mamá.

Metió los platos, las tazas, los cubiertos del último desayuno en el lavavajillas y, una vez limpios, los devolvió a su lugar.

Lavó las prendas que habían quedado en el cesto de la ropa sucia y que más tarde donó, con todas las demás, a una tienda benéfica de segunda mano, excepto los trajes de papá y los vestidos de concierto de mamá, que guardamos en el armario del desván.

Su favorito, el turquesa, se lo pusimos para el entierro.

Vació los cajones, se deshizo de los cosméticos y medicamentos, se despidió uno a uno de sus objetos cotidianos para asegurarse de que nadie los utilizara. Hay ocasiones en las que el reciclaje es profanación.

La abuela lloraba y estorbaba. El duelo por la muerte de su único hijo, primero. La depresión y el alcohol, después.

—Nunca nos ha hecho falta.