Capítulo 30
La sepultura de Jacinta no tuvo cura.
Fue una decisión de mi madre, de Alicia, de Daniel y mía. Martina dijo que le parecía bien. Tomás también, aunque lo dijo con esa prudencia suya de hombre que todavía estaba aprendiendo que podía opinar sin pedir disculpas después.
A Jacinta la enterramos una mañana de sol.
Me pareció justo. No bonito, porque había cosas que no se arreglaban con clima favorable, pero sí justo. Después de tantos años bajo la hiedra, bajo tierra húmeda, bajo una versión falsa y bajo la voluntad de una hermana que había confundido miedo con destino, Jacinta merecía una mañana sin lluvia.
La tumba quedó lejos del panteón familiar.
Eso fue lo primero que decidimos.
—Bastante ha tenido con los Valcárcel —dijo Daniel.
—Y los Valcárcel con ella —añadí—. Que tampoco creo que haya sido una muerta cómoda.
Mi madre me miró.
—Eso casi suena a elogio.
—Lo es.
La lápida era sencilla. Piedra clara. Su nombre completo: Jacinta Valcárcel Luján. Las fechas. Y debajo, la frase que Daniel había propuesto:
Siempre tan viva.
Alicia lloró cuando la vio. No de esa forma antigua suya, con pañuelo y gestos de sobremesa. Lloró quieta. Con una mano en el bolso y la otra colgando al costado, como si no supiera qué hacer con un dolor que ya no quería convertir en escena.
—Es perfecta —dijo.
—Jacinta habría dicho que es demasiado sobria —respondí.
Mi madre sonrió.
—Probablemente.
Daniel miró la lápida durante mucho rato. No había conocido a Jacinta. Yo tampoco. Y, aun así, allí estábamos, organizando su descanso como si de algún modo nos hubiera reunido a todos con una cinta, una caja y una mala leche admirable.
—Ella empezó esto —dijo él.
—No —respondió mi madre—. Ella intentó terminarlo. Que es distinto.
Nos quedamos callados.
La frase era cierta.
Jacinta no había empezado la podredumbre de la casa. Solo había sido la primera que quiso abrir una ventana y la empujaron por ello. Me pregunté cuántas veces en la historia de una familia se confunde a quien denuncia el incendio con quien lo provoca. Muchas, seguramente. Demasiadas.
Tomás dejó unas flores sobre la tumba. Flores sencillas, silvestres. Nada de centros caros ni coronas con cintas doradas. Jacinta, por lo que sabíamos de ella, habría odiado cualquier cosa que pareciera enviada por una institución.
—Mi padre hablaba de ella —dijo Tomás—. Decía que no caminaba por la casa. La atravesaba.
Me gustó esa imagen.
Jacinta atravesando la Casa de las Hiedras como si ya supiera que las paredes no eran más que una opinión de los cobardes.
—Tendremos que poner eso en la sala de memoria —dije.
Tomás bajó la vista.
—No sé si tiene importancia.
—Tomás, a estas alturas, cualquier frase que no esconda un cadáver tiene bastante importancia.
Sonrió apenas.
El proceso siguió.
Siempre seguía.
Eso era lo raro. Uno imaginaba que, después de encontrar verdades enormes, la vida haría una pausa solemne.
Pero no. La vida pedía certificados, reuniones, presupuestos, permisos, informes técnicos, entrevistas con abogadas y llamadas de números desconocidos que casi siempre eran personas queriendo hablar de humedades.
La Casa de las Hiedras necesitaba una reforma brutal.
—No una reforma —dijo Martina, la primera vez que entramos con la arquitecta—. Una exorcización estructural.
La arquitecta, una mujer de cuarenta y pocos con gafas redondas y cara de haber visto casas peores pero familias quizá no, no supo si reírse.
—Hay problemas de humedad, electricidad antigua, carpinterías dañadas, cubierta con filtraciones y varias zonas que habría que adaptar completamente para uso público.
—Traducción —dije—: la casa se está cayendo, pero con abolengo.
—Más o menos —respondió la arquitecta, y entonces sí sonrió.
Daniel insistió en revisar él mismo parte de la madera. No porque desconfiara de los técnicos, dijo. Porque la madera hablaba. Yo le respondí que, si empezábamos también con muebles parlantes, iba a pedir baja emocional.
Pero le entendía.
La madera de aquella casa había escuchado demasiado. Pisadas, arrastres, discusiones, gritos, copas rotas, secretos. Que Daniel quisiera tocarla, medirla y decidir qué se salvaba y qué no tenía algo de reparación íntima. No de la casa. De él.
Alicia le llevaba café algunas tardes.
Ya no bombones.
O no siempre.
Una vez apareció con una bolsa de herramientas pequeñas.
—No es un regalo —dijo, antes de que él pudiera hablar—. Es una contribución técnica.
Daniel la miró.
—Alicia.
—Vale. Es un regalo.
—Dije que no quería regalos.
—Lo sé. Pero también dijiste que necesitabas una escofina fina, y yo no sabía qué era, así que me pareció una oportunidad educativa.
Daniel cerró los ojos.
Yo estaba cerca y me mordí la lengua para no intervenir. Me costó. Muchísimo.
—Gracias —dijo él al fin—. Pero no me compres más cosas.
Alicia asintió.
—Vale.
—De verdad.
—De verdad.
—Puedes traer café.
Alicia lo miró.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Y churros?
Daniel la observó con sospecha.
—Un día normal no traería churros —dijo ella—. Pregunto por establecer límites.
—Un churro no es un vínculo maternofilial.
—Depende del churro —murmuré.
Daniel me señaló sin mirarme.
—Tú no ayudes.
—Estoy haciendo asesoría gastronómica.
Alicia se rió.
Daniel también, apenas.
Y esa pequeña risa compartida valió más que cualquier abrazo forzado.
Mi madre encontró piso un mes después.
No lo compró. Lo alquiló. Eso también fue importante.
—No quiero poseer nada durante un tiempo —dijo—. Quiero probar.
—¿Un piso?
—Una vida.
El piso estaba en una calle tranquila, con balcones pequeños y luz de tarde. Tenía dos habitaciones, cocina estrecha y un salón suficiente. Nada elegante. Nada heredado. Nada que hubiera pertenecido antes a alguien con retrato al óleo.
—Es pequeño —dijo Clara, mirando alrededor con una sonrisa rara.
—Mamá, vienes de una mansión homicida. Cualquier cosa parece pequeña.
—Me gusta.
—Tiene paredes normales.
—Eso también.
La ayudé a montar unas estanterías. Mejor dicho: intenté ayudar.
Mi relación con los tornillos era parecida a mi relación con la paciencia: existía de manera teórica.
Daniel vino una tarde y las colocó en veinte minutos, con esa facilidad humillante de la gente que sabe usar las manos sin poner en peligro la integridad del edificio.
—Podrías fingir que te ha costado —le dije.
—¿Para proteger tu orgullo?
—Exacto.
—No.
—Cada vez te pareces más a la familia, pero en seco.
—Retira eso.
—Perdón. Ha sido bajo.
Mi madre se rió desde la cocina.
El primer cuadro que colgó en su nuevo salón fue una fotografía de mi padre.
No una de las formales. No una de esas donde parecía estar posando para que la posteridad no le pillara el lado malo.
Era una foto en la galería del piano, joven, riéndose de algo que no se veía, con la camisa remangada y el pelo desordenado.
—¿Segura? —pregunté.
Clara asintió.
—Sí. Pero no quiero que presida la casa. Quiero que esté.
La diferencia me pareció enorme.
—Está bien —dije.
—¿Sí?
—Sí. Tiene cara de estar a punto de tocar fatal el piano.
Mi madre sonrió.
—Seguramente.
La investigación sobre su muerte avanzó.
No rápido. Nada en la justicia parecía tener prisa, salvo cuando te pedía documentación con cuarenta y ocho horas de plazo.
Pero avanzó. El mecánico amplió su declaración.
Ramiro terminó confirmando que Julián le pidió “resolver el problema de Andrés” tres días antes del accidente, aunque intentó presentarse como un testigo tardío, no como partícipe.
La transferencia existía. Las llamadas también.
Había un antiguo empleado del taller que recordaba haber visto el coche de mi padre una noche fuera de horario.
No recordaba quién lo llevó, pero sí que Julián apareció al día siguiente.
No era una verdad completa.
Todavía.
Pero ya no era silencio.
Y eso, para nosotras, empezó a ser una forma de justicia.
Una tarde, Vega nos llamó para decirnos que la muerte de Andrés se reabría formalmente.
Mi madre estaba en su piso nuevo. Yo también, porque había ido a comer y a fingir que no me llevaba tres táperes de vuelta.
Puso el móvil en manos libres.
—La causa se reabre —dijo la sargento—. No puedo prometer resultados, pero ya no será tratada como accidente cerrado.
Clara cerró los ojos.
Yo apoyé una mano en la mesa.
—Gracias —dije.
—Aún no hay nada que agradecer.
—Sí lo hay.
Vega guardó silencio un segundo.
—Entonces de nada.
Cuando colgamos, mi madre lloró.
Yo no.
No al principio.
Me levanté, fui a la ventana y miré la calle. Un señor paseaba un perro pequeño. Una mujer cargaba bolsas de compra. Un niño lloraba porque se le había caído algo que parecía una galleta. El mundo seguía siendo vulgar, ridículo y luminoso de una manera que casi dolía.
—Papá ya no es un accidente —dije.
Mi madre se acercó y se puso a mi lado.
—No.
—Tampoco sé qué es todavía.
—No.
—Pero ya no es solo lo que ellos dijeron.
Clara me cogió la mano.
—Eso basta por hoy.
Y bastó.
La inauguración provisional de la Fundación Jacinta se fijó para seis meses después.
“Provisional” fue una palabra que todos repetimos mucho porque la casa todavía estaba en obras, algunas zonas seguían cerradas y el proceso legal no había terminado.
Pero necesitábamos abrir una parte. No por prensa, ni por imagen, ni por limpiar apellidos.
Necesitábamos que la casa dejara de esperar.
Se abrió primero la antigua biblioteca, convertida en sala de asesoría; dos habitaciones de la planta baja, destinadas a atención psicológica y legal; y la galería del piano, que quedó como espacio de memoria.
El piano se restauró lo justo: afinado, limpio, con algunas marcas conservadas. Daniel insistió en no dejarlo perfecto.
—Lo perfecto miente —dijo.
—Eso va directo a una placa —respondí.
—No.
—Muy tarde. Ya está en mi cabeza.
En la galería colocamos el reloj de mi padre en una vitrina pequeña, con la frase de mi madre:
Se detuvo para él, no para nosotras.