Capítulo 29 #2
No sabía qué sentir. Rabia, alivio, horror, una especie de satisfacción sucia. Durante años mi padre había sido un hombre muerto bajo una sospecha falsa. Ahora empezaba a ser otra cosa: una víctima más de la casa. Pero esa limpieza llegaba tarde, como casi todo lo que importaba.
—Gracias —dijo Clara.
—Lo siento —respondió Vega.
Era una frase sencilla.
Y esta vez sí sonó bien.
Colgamos.
Mi madre lloró.
Yo también.
No como la otra vez. No con el golpe de la sorpresa. Lloramos de una forma más cansada, más antigua, como si por fin una parte de nuestro cuerpo hubiera recibido permiso para creer lo que llevaba años sospechando sin atreverse a decir.
Después Clara se limpió la cara y dijo:
—Voy a vender mi piso.
—¿Qué?
—No ahora mismo. Pero voy a hacerlo.
—Mamá, acabamos de enterarnos de que papá probablemente fue asesinado y tu reacción inmobiliaria me parece un poco precipitada.
—No quiero seguir viviendo en lugares elegidos por el miedo.
—Vale. Eso ha sonado bastante razonable.
—Quiero empezar en otro sitio.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Gran plan.
—Estoy aprendiendo de ti.
—Yo no hago planes, mamá. Yo improviso con ansiedad.
—Pues eso.
Y nos reímos.
No porque fuera gracioso.
Porque había que respirar de alguna manera.
La fundación, mientras tanto, empezó a dejar de ser una idea dicha en una cocina y a convertirse en algo con carpetas, reuniones y gente seria diciendo palabras larguísimas.
Martina se metió de lleno. Alicia aportó dinero, contactos y una inesperada capacidad para hacer llamadas sin destruir emocionalmente a nadie.
Daniel aceptó formar parte del consejo solo si su nombre no aparecía “en letras grandes ni en frases sentimentales”.
Yo acepté también, aunque dejé claro que no pensaba llevar tacones a ninguna reunión.
Mi madre propuso que una parte de la casa se destinara a alojamiento temporal y otra a asesoría.
Tomás pidió trabajar allí.
—No como antes —dijo.
Estábamos en el vestíbulo de la Casa de las Hiedras, tres semanas después de la llamada de Vega.
La casa seguía medio precintada, pero algunas zonas ya podían revisarse para el proyecto.
Tomás llevaba una carpeta con llaves, planos y listas de reparaciones.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía un hombre esperando órdenes.
—¿Cómo que no como antes? —pregunté.
—No quiero abrir puertas para que otros oculten cosas. Quiero abrirlas para que la gente pueda salir.
Me quedé mirándolo.
—Tomás, te aviso de que si sigues diciendo frases así vamos a tener que ponerte una placa.
—Preferiría un contrato.
—Mucho más útil.
Alicia, que estaba a mi lado, asintió.
—Lo tendrás.
Tomás la miró con cautela.
—Con condiciones claras.
Alicia no se ofendió.
—Por supuesto.
Aquello también era nuevo: Alicia descubriendo que la confianza no se heredaba con el apellido, sino que se trabajaba con condiciones claras.
Daniel apareció desde el pasillo con Martina. Venían discutiendo sobre el nombre de una sala.
—No podemos llamar “sala de escucha” a todo —decía Martina.
—Mejor que “sala polivalente” —respondió Daniel—. Eso suena a ayuntamiento triste.
—Necesitamos algo práctico.
—Necesitamos algo que no dé ganas de morirse antes de entrar.
—En esta casa el listón está complicado.
—Veo que ya os queréis —dije.
Daniel me miró.
—Estamos negociando.
—Con Martina eso es querer con documentación.
Ella sonrió.
Alicia observaba a Daniel con una prudencia casi dolorosa.
Ya habían tomado cuatro cafés. En el cuarto, él le había hecho una pregunta sobre su embarazo.
Ella había contestado sin llorar demasiado, según me contó después.
En el quinto, Alicia no llevó bombones. Daniel dijo que había sido una pena.
Ella, por suerte, no salió corriendo a comprar una caja.
Progreso.
Subimos al dormitorio de Jacinta.
La habitación estaba ya vacía de pruebas, pero no de presencia.
El escritorio seguía allí. También la cama, el espejo, el vestido azul protegido en su funda.
Queríamos conservar ese cuarto como sala de memoria, pero sin convertirlo en capilla.
Nada de dramatizar la tragedia hasta volverla bonita.
Jacinta no había dejado cintas para que alguien suspirara delante de ellas con una copa de vino en una inauguración.
Las había dejado para que la escucharan.
—Aquí irían las grabaciones digitalizadas —dijo Martina—. Con contexto histórico, pero sin morbo.
—Y con aviso de contenido —añadí—. Porque escuchar a una mujer anticipar su propia muerte no es precisamente hilo musical.
Daniel miró el escritorio.
—También podríamos incluir cartas de Andrés. Si tú quieres.
Tardé en responder.
—Algunas. No todas.
—Claro.
—Las mías no.
—Claro.
Alicia asintió.
—Lo privado también merece quedarse privado.
La miré.
—Eso ha sido muy sano.
—Estoy insoportable de tanto mejorar.
—Un poco sí.
Sonrió.
Mi madre entró entonces en la habitación. Llevaba una caja pequeña.
—He traído algo.
La dejó sobre el escritorio y la abrió.
Dentro estaba el reloj de mi padre.
El de la caja metálica.
—Mamá...
—No quiero guardarlo en un cajón —dijo—. Ni llevarlo como reliquia. Creo que debería estar aquí. Con una nota sencilla. Nada heroico.
Cogí el reloj. Las agujas seguían paradas a las seis y cuarto.
—Podríamos arreglarlo —dijo Daniel.
—No —respondió mi madre.
La miramos.
—Que se quede así. No para decir que el tiempo se detuvo. Se detuvo para él, no para nosotras.
Aquella frase dejó la habitación quieta.
—Entonces la nota podría decir eso —dije.
—¿Qué?
—“Se detuvo para él, no para nosotras.”
Mi madre bajó la vista. Sonrió un poco.
—Sí.
Alicia se limpió una lágrima rápida, casi escondida.
—Perdón.
—Puedes llorar —dijo Daniel.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Sí?
—Mientras no intentes convertirlo en discurso.
Alicia soltó una risa entre lágrimas.
—Trato hecho.
Bajamos después al jardín, hacia la finca norte.
El pozo ya estaba completamente acordonado y cubierto de forma provisional.
Los restos de Jacinta habían sido retirados para análisis y futura sepultura.
La hiedra del muro estaba cortada. Sin ella, la pared parecía desnuda, fea, mucho menos misteriosa.
Me gustó. Había belleza que solo servía para tapar humedad.
Vega estaba allí, hablando con un técnico. Se acercó al vernos.
—No deberían estar tan cerca.
—Buenos días a ti también —dije.
—Buenos días. No deberían estar tan cerca.
—Mucho mejor.
La sargento nos contó que la identificación formal de Jacinta tardaría, aunque la confesión, la cinta y el contexto no dejaban demasiado margen. También nos dijo que los restos tendrían sepultura propia y que Aurora había pedido no asistir.
—Cobarde hasta el final —murmuré.
Vega no respondió.
Mi madre miró el pozo.
—Jacinta debería descansar fuera de la finca.
Alicia asintió.
—Sí.
Daniel dijo:
—En el cementerio del pueblo, pero no en el panteón familiar.
—Por favor, no —dije—. Bastante ha pasado la pobre.
Martina propuso una tumba sencilla, con su nombre completo y una frase de la cinta.
—¿Cuál? —preguntó Alicia.
Yo lo tuve claro.
—“La casa siempre miente.”
Mi madre negó despacio.
—No. Eso la deja atada a la casa.
Tenía razón.
Entonces Daniel dijo:
—“Siempre tan viva.”
Nos quedamos callados.
La frase de Jacinta a Aurora.
Siempre tan viva.
Sí.
Esa era.
A veces una vida entera puede quedar mejor resumida en una acusación que en un elogio.
Esa tarde, cuando salimos de la finca, la casa volvió a quedarse atrás. Pero ya no como antes. No era una amenaza esperando. Era una obra pendiente. Un lugar feo por dentro que, con suerte, podría servir para algo hermoso sin fingir que no había sido feo.
En el coche, mi madre me preguntó:
—¿Te da miedo?
—¿La fundación?
—Todo.
Miré por la ventanilla.
—Sí.
—A mí también.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Últimamente me fio más de las cosas que dan miedo pero no obligan a callar.
Clara sonrió.
—Eso ha estado bien.
—Lo sé. Estoy pensando en cobrar por frase.
—Tu padre estaría orgulloso.
La miré.
Ella levantó las manos.
—Perdón. Estoy orgullosa yo.
—Así sí.
Nos reímos.
Y por primera vez esa risa no sonó como una defensa.
Sonó como algo que podría quedarse.