CAPÍTULO 36 San Aurelio
La boda fue en otoño, en el patio trasero de la Librería Valdés, bajo un cielo que, como si el pueblo entero se hubiera puesto de acuerdo con el clima, amaneció completamente despejado.
No fue una boda grande. Ni falta que hacía.
Estaban los que importaban: Lucía, con un vestido que se había comprado especialmente para la ocasión y que no dejaba de repetir que era "solo por si acaso, no porque pensara llorar tanto"; Iris, encargada de la música, insistiendo en que ella sería la única capaz de escoger las canciones correctas para el momento; José, torpe todavía con la corbata que Antonia le había ayudado a acomodar tres veces antes de darse por vencida; y Antonia misma, que había insistido en encargarse de las servilletas, del mantel, de mil detalles pequeños que, meses atrás, hubiera delegado sin pensarlo dos veces, pero que ahora quería resolver ella misma, con sus propias manos, como su manera silenciosa de decir estoy aquí, esta vez de verdad.
Esteban llegó también, con una pareja nueva del brazo, alguien que había conocido meses atrás en una conferencia médica en la ciudad más cercana, y un ramo pequeño para las novias, cortesía, según explicó con una sonrisa, de "quien todavía sabe apreciar una buena flor, aunque ya no venga por el café todas las mañanas".
Y, por supuesto, estaba Andrés, que había tomado un vuelo especial desde Ciudad de México solo para la ocasión, con Emmanuel acompañándolo, ambos maravillados, como todo el mundo que pisaba San Aurelio por primera vez, con las montañas, el aire limpio, y ese cielo que, según insistía Andrés, "no puede ser real, tiene que estar editado con algún filtro".
Clara esperó a Elena junto a la vieja mesa donde su abuela solía sentarse a tejer las tardes de invierno, con un vestido sencillo, sin ningún adorno innecesario, y las manos entrelazadas con las de su padre, que la acompañaría los últimos pasos.
Cuando Elena apareció, del brazo de Lucía, con un ramo de nardos, los mismos que Lucía le había regalado a Clara el primer día, meses atrás, "por cuenta de la casa", Clara sintió que el tiempo, por un instante, se detenía completamente.
No hubo discursos largos. Solo las promesas simples que ambas habían escrito por separado, sin mostrárselas a la otra hasta ese momento.
—Prometo que nunca más te vas a quedar sola con una pregunta sin responder —dijo Clara, con la voz firme—.
Que las cosas difíciles las vas a escuchar de mí, primero, antes de que el silencio tenga oportunidad de inventar otra historia.
Prometo elegirte cada mañana, no solo hoy, que es fácil, sino también los días grises, los que no tienen ninguna fiesta ni ningún anillo de por medio.
Y prometo, sobre todo, quedarme. No porque ya no vaya a tener miedo nunca más, sino porque esta vez sé cómo se llama, y ya no pienso dejar que decida por mí.
—Prometo confiar —dijo Elena, con la misma emoción contenida—.
Prometo dejar de esperar pruebas donde ya no hacen falta.
Prometo seguir eligiéndote, con todo lo que eso implica, sabiendo que el amor nunca viene con garantías, pero que el nuestro ya demostró que sabe encontrar el camino de regreso, sin importar cuánto tiempo tome.
Se besaron entre aplausos, con el mismo cielo de San Aurelio de testigo que había presenciado, la noche en que todo quedó sin terminar, y que ahora, finalmente, era testigo de todo lo contrario.
Ya entrada la noche, con la fiesta todavía sonando abajo, Clara y Elena subieron juntas a la azotea, como tantas otras veces, esta vez con los anillos nuevos brillando bajo la luz de las estrellas.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —preguntó Elena, apoyando la cabeza en el hombro de Clara, la misma pregunta que se habían hecho tantas veces a lo largo de este último año.
—¿Qué?
—Que todo empezó aquí. Y todo, de alguna forma, sigue terminando aquí también. Como si este lugar supiera, mejor que nosotras mismas, hacia dónde íbamos siempre.
Clara sonrió, mirando el cielo que las había visto crecer, separarse, y finalmente, después de tanto tiempo, aprender a quedarse.
—Quizás no termina aquí. Quizás solo sigue empezando, una y otra vez, cada vez que subimos.
—Me gusta esa idea.
Se quedaron ahí un largo rato, en silencio, disfrutando de la simplicidad de esa noche, la música lejana de la fiesta, las risas del pueblo entero celebrando abajo, el peso cálido de los anillos nuevos, sabiendo ambas, con una certeza que ya no necesitaba ninguna prueba adicional, que San Aurelio, con su olor a lluvia incluso cuando no había llovido, había hecho exactamente lo que sabía hacer mejor: esperar, con paciencia infinita, a que sus hijas encontraran el camino de regreso a casa.