TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 35 Lo que se construye despacio
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CAPÍTULO 35 Lo que se construye despacio

Pasaron los meses con esa misma calma que ya se había vuelto costumbre entre ellas, sin sobresaltos, sin ninguna crisis que resolver, solo la acumulación tranquila de días compartidos que, sin que ninguna de las dos lo planeara, terminaron por convertirse en algo que ya nadie, ni ellas mismas, pensaba en cuestionar.

La Librería Valdés reabrió oficialmente sus puertas al público en primavera, con un pequeño cartel nuevo en la ventana, hecho por Elena, con la misma letra cuidada que había usado toda la vida para las etiquetas de las flores, que decía simplemente: Abierto. Como siempre debió estar.

Fue una tarde tranquila de mayo cuando Clara, cerrando la librería, encontró a Elena esperándola afuera, sin ninguna razón aparente.

—¿Quieres acompañarme a algún lado? —preguntó Elena.

Caminaron juntas hasta el cementerio, hacia la tumba de la abuela, que ya no tenía tierra fresca, sino césped creciendo alrededor, y nardos frescos que Elena renovaba cada semana sin que nadie se lo pidiera.

—No sabía que venías tan seguido —dijo Clara.

—Casi cada semana. Me parecía que alguien debía cuidarla, además de ti.

Clara sintió el pecho apretarse de ternura, y esa noche, ya en casa, Elena le entregó una carta breve, escrita con su propia letra.

Clara:

No fue fácil dejarte ir aquella vez, sin entender bien por qué la vida decidió detenernos justo ahí.

Pasaron los años sin que ninguna de las dos supiera cómo volver a encontrarse.

Pero hoy, mirando atrás, siento que todo ese tiempo valió la pena, porque nos trajo hasta este amor: real, sin miedos escondidos, maduro, incondicional.

No cambiaría el camino, por difícil que fue, si el destino era llegar aquí, contigo.

Te quiero, siempre.

Elena

Clara la abrazó y la besó despacio, con esa calma que ya no necesitaba apurar nada, dejando que el amor que sentía , cada día más grande, cada día más libre de miedo, se notara en el gesto sin necesidad de ponerle palabras encima.

Después, con el mismo cuidado con el que guardaba todo lo que de verdad le importaba, tomó la carta y la guardó junto a las de su abuela, en el mismo cajón, como si perteneciera ahí desde siempre.

El festival de las cosechas llegó de nuevo, un año exacto después del primero que habían compartido, y Clara insistió en poner otra vez el puesto de libros en nombre de su abuela, esta vez con Elena a su lado desde el principio, sin ninguna torpeza inicial que resolver.

Fue Elena quien, entre risas, la arrastró de nuevo frente al escenario cuando empezó la música, con el mismo ritmo alegre del año anterior.

—¿Bailas? —preguntó, con la misma sonrisa traviesa de aquella primera vez.

—Siempre.

Bailaron entre la gente, entre risas y pasos que ya no eran torpes, hasta que la canción cambió a algo más lento, y Clara, en lugar de dejar que el momento pasara como la vez anterior, sostuvo la mirada de Elena con una calma decidida.

—¿Recuerdas la última vez que bailamos esta misma canción? —preguntó, sin dejar de moverse—. Ibas a decirme algo, y la música terminó antes de que pudieras.

—Lo recuerdo perfectamente.

—Yo también tengo algo que decir esta vez. Y no voy a dejar que la música me gane.

Elena sintió el corazón acelerarse, notando algo distinto en la voz de Clara, algo que la hizo detenerse por completo, ahí mismo, en medio de la plaza llena de gente.

Clara metió la mano en el bolsillo de su vestido, y sacó un anillo sencillo, no ostentoso, hecho a mano, con una piedra pequeña de un color que Elena reconoció de inmediato: el mismo azul desteñido de la portada de un libro sobre un zorro y una luna.

—Elena Duarte —dijo Clara, con la voz firme— No quiero tardar ni un día más en pedirte esto: cásate conmigo. No porque necesite ninguna prueba más de que esto es real. Sino porque quiero pasar el resto de mi vida eligiéndote, en voz alta, frente a todo el mundo que quiera escucharlo.

La música seguía sonando alrededor, pero para ambas, el resto de la plaza pareció desvanecerse por completo, dejando solo ese pequeño espacio entre las dos, cargado de diecisiete años de espera finalmente resueltos.

Elena, con las lágrimas cayendo sin ningún esfuerzo por contenerlas, asintió antes de lograr encontrar la voz.

—Sí. —Rió, temblorosa—. Sí, quiero.

Clara le puso el anillo con manos temblorosas, y en cuanto terminó, Elena la besó, ahí mismo, en medio de la plaza, sin importarles quién las observara, y, a juzgar por el aplauso y los silbidos que estallaron a su alrededor apenas un segundo después, todo San Aurelio parecía haber estado esperando ese beso tanto como ellas.

Lucía, entre la multitud, lloraba abiertamente contra el hombro de Iris.

José tenía una mano sobre el hombro de Antonia, ambos con los ojos brillantes.

Y en algún lugar de esa plaza llena de gente, Clara supo, con una certeza absoluta, que su abuela también estaría sonriendo, si de alguna forma pudiera ver esto.