Capítulo 8 — El Golem y las naves que piensan la libertad híbrida #5
Tomás Abril encontró su propia medida una tarde de viernes, ya de vuelta del viaje, sin proponérselo.
Atenea Pro le había redactado, impecable, el informe de la feria — tinajas llenas: él había puesto los datos, el criterio y dos correcciones que la máquina aceptó con su cortesía de espíritu del aire —, y le sobraba media hora.
Abrió un documento nuevo y el cursor parpadeó, servicial: ¿Quieres que te ayude a redactar?
Y Tomás, por primera vez en meses, escribió “no, gracias” — a una máquina; le salió solo, y decidió no avergonzarse —, cerró el portátil, sacó el cuaderno rojo, y escribió a mano, despacio, con su letra de poner notas al margen, tachando dos veces, una nota que pensaba dejarle a Alma en la mesa de la cocina, entre el frasco de botones y el frutero — una nota corta, sin optimizar, llena de defectos suyos —.
Porque había entendido, al fin, dónde pasa la frontera de la libertad híbrida, y no pasa entre el hombre y la máquina: pasa entre lo que se delega y lo que no — se delega la letra, jamás el espíritu; se delega el informe, jamás la nota; se delega el cálculo del rumbo, jamás la elección de Ítaca —.
Hay correos que puede escribir Atenea. Hay tres líneas que no, y saber cuáles son: eso es hoy saber quién eres.
XI. La piel y la palabra
La segunda carta de Basilisa llegó cuando Tomás ya había vuelto, en respuesta a las cuatro páginas donde él le contó el viaje entero — los dos archivos, la cabaña, la tumba, el hijo al otro lado del mar —, y Alma la leyó en voz alta en la cocina porque las cartas de Basilisa eran de leerse en voz alta, como los partes de paz.
Decía, tras los asuntos del pueblo (el pastor con la cadera, las nieves tempranas, la estufa que tira mejor desde que el chico de Berlanga le arregló el tiro):
“Lo que me cuentas de los dos archivos lo has entendido tú solo, así que no te lo estropeo explicándotelo. Pero le he dado vueltas a lo otro que me preguntas — lo de la máquina que te escribe, que si es trampa, que si es muleta — y te voy a decir lo que pienso, que para eso preguntaste. Mira, Tomás: yo enseñé a distancia alguna vez, ya lo sabrás. Por radio, por cartas, por cuadernillos que iban y venían en el coche de línea. Y al principio me daba apuro: me parecía que enseñar sin la cara delante era enseñar a medias, una impostura con sello de correos. Hasta que entendí que la carta, la radio, el cuadernillo, no eran estorbos entre el alumno y yo: eran mi piel alargada. Que el ser humano es así desde que pintó la primera cueva: un animal que no termina donde termina su cuerpo. La escritura fue una piel nueva, y la imprenta otra, y la luz eléctrica otra, y cada una nos dio mundo que la piel de nacimiento no alcanzaba. Tu máquina es otra piel, hijo, más fina y más tramposa, pero piel: una potencia nuestra que nos conforma, no un bicho de fuera. No somos alma pura, eso son ganas de ahorrarse el cuerpo; ni cuerpo solo, eso son ganas de ahorrarse el examen. Somos alma, cuerpo, técnica y ahora, por lo visto, también un poco de esos algoritmos tuyos — y en esa mezcla, que es rara y es nuestra, está lo que no tiene ninguna otra criatura: que cada uno la mezcla a su manera, y esa manera no se repite ni se copia ni se hereda —. Esa es tu dignidad, y no hay servidor en Fráncfort que la archive entera. Ahora bien, apunta esto en el cuaderno colorado que dice Alma que llevas: en la mezcla, lo decisivo no es cuánta alma, cuánta máquina. Lo decisivo es ser buena persona. Lo era antes de la imprenta y lo será después de tus algoritmos. Todo lo demás son pieles: importan, abrigan, alcanzan lejos — pero se juzga al que va dentro. Ve pensando qué le escribes al hijo del hombre de las cartas, y escríbeselo tú. Con la piel que quieras. Pero tú.”
Tomás copió al cuaderno la parte que Basilisa mandaba copiar, y Alma, doblando la carta, dictó el resumen con su economía de pizarra: “Somos híbridos. Se juzga al que va dentro.” Y esa noche, con las dos frases todavía calientes, Tomás Abril se sentó a hacer lo que la carta ordenaba y este capítulo entero había venido preparando sin decirlo: escribirle, con su piel y su letra, al hijo de Amadeo.
XII. São Paulo no contesta
Encontrarlo había sido — engañosamente — lo fácil.
El registro de la misión no daba nombre de niño — la viuda volvió encinta —, pero daba los apellidos que el niño llevaría, y el nombre lo puso la madre al nacer, en São Paulo, en el verano de 1975: Amadeu , a la portuguesa — el nombre del padre, pronunciable en su tierra —.
El apellido Marín Oliveira, pasado por los buscadores con la paciencia que Tomás había aprendido persiguiendo a Yago, apareció donde el destino, que también lee esta novela, tuvo a bien colocarlo: Amadeu Marín Oliveira, luthier.
Instrumentos de cuerda. Pinheiros, São Paulo.
Un taller con página web de fotos lentas: bancos de madera, virutas como olas paradas, guitarras colgadas curándose en la penumbra.
El hijo del tornero de Brenner y Marín hacía instrumentos.
Hay herencias que viajan por debajo de los testamentos.
Tomás escribió un primer mensaje prudente — español despacio, presentación, “un asunto familiar que quizá le interese” — y la respuesta tardó nueve días y llegó en un portugués cortés y blindado: el señor Marín agradecía el contacto, no mantenía relación con la familia española de su padre, y no estaba interesado en asuntos del pasado.
Tomás insistió, con más torpeza que táctica, mencionando a Cecilia y “un dinero que quizá le concierne” — y esa fue la frase que lo rompió todo, porque la respuesta llegó en dos horas y ya sin cortesía: “Conheço essa história. (Conozco esa historia.) Mi madre me habló de la familia de España: los que nunca escribieron, los que nunca preguntaron si el hijo del emigrante comía. Si ahora aparece usted hablando de dinero, imagino a qué viene: a reclamar alguna deuda de mi padre. Mi padre murió debiendo, lo sé de toda la vida. Pero le informo de que sus deudas prescribieron, señor, y las de ustedes con nosotros no las cubre ningún banco. No me escriba más.” Y debajo, la firma del taller, con su dibujito de una guitarra, que hacía la carta más triste todavía, como un portazo con campanilla.