Capítulo 8 — El Golem y las naves que piensan la libertad híbrida #4
Guardaban conciencia. Tomás Abril entró en el Husserl-Archiv por error administrativo y providencia narrativa, y una archivera de gafas verdes — Frau Lindner, que llevaba treinta años entre aquellos papeles y hablaba un español aprendido “de un novio de Salamanca, hace tres gobiernos” — le explicó, divertida por el malentendido, qué era aquello: los manuscritos de Edmund Husserl, cuarenta mil páginas en una taquigrafía que ya casi nadie sabe leer, salvadas de los nazis en 1938 por un fraile belga que las sacó del país en maletas [146] — “el filósofo era judío, ¿sabe usted?; sus papeles estuvieron a una firma de la hoguera; ahora son patrimonio de la humanidad: las cosas de valor viajan siempre así, en maletas y con miedo” —.
Y Tomás, oyendo aquello en la sala silenciosa, con las cajas grises numeradas hasta el horizonte de las estanterías, sintió que el capítulo entero de su vida se le ordenaba solo: allí estaba el otro archivo .
En Fráncfort, la catedral refrigerada guardaba lo que él debía y si era de fiar — la vida como historial de pagos —; aquí, unas maletas salvadas del fuego guardaban lo que un hombre había hecho con su atención — la vida como obra de la conciencia: qué miró, cómo lo miró, qué le importó —.
Dos maneras de archivar a una persona, y la pregunta se le presentó sin permiso, como se presentan las serias: de mí, ¿qué archivo quedará — el de Fráncfort, que lo sabe todo de mis cuotas y nada de mis domingos, o alguno, aunque sea de una caja de zapatos, del segundo género?
Su tía Cecilia, comprendió allí de pie, había resuelto el examen antes de que se lo pusieran: su expediente de Fráncfort cabía en una libreta gris; su archivo de conciencia, en ciento catorce cartas.
Los había legado los dos. Al mismo heredero. Ese era, quizá, el testamento.
Frau Lindner, además, hizo de providencia con agenda: su padre — “ferroviario, ya murió” — había conocido la colonia española de después de la guerra, y la archivera sabía dónde se buscan los rastros que no están en los archivos ilustres: la misión católica española, los registros parroquiales, la asociación de antiguos trabajadores.
La tarde entera fue un scherzo administrativo con dos civilizaciones colisionando por mímica — un párroco emérito que confundía Mazarrón con Mazagón, un libro de registros con el lomo roto justo en 1974, una fotocopiadora que exigía monedas de un país que ya no existe —, y al final de la tarde, en un despacho parroquial que olía a cera como el salón de la rifa, un registro escrito con la letra picuda de otro siglo dio a Tomás Abril lo que buscaba y lo que no habría querido encontrar: Amadeo Marín Requiel, natural de Mazarrón (España), fallecido el 9 de marzo de 1975.
Sepultado en el cementerio de St. Georgen.
Y debajo, en el registro de la misión, dos líneas más que abrían el mundo en vez de cerrarlo: Deja viuda, Regina Oliveira Marín, natural de São Paulo (Brasil), encinta. La viuda retorna a su país.
Tomás salió a la calle con la fotocopia en la mano y estuvo un rato sin saber andar.
Amadeo había muerto en marzo de 1975 — ocho meses y medio después de un San Juan al que alguien no fue, por razones que ninguna carta había contado todavía —.
Amadeo se había casado. Amadeo iba a tener un hijo al que no llegó a conocer.
Ese hijo estaría ahora en los cincuenta, y estaba — si estaba — al otro lado del Atlántico, en una ciudad de veinte millones de habitantes.
Y la libreta gris de Cecilia, con sus catorce reintegros y su “Saldado”, esperaba en un cajón de Lanzarote con una paciencia nueva, como si siempre hubiera sabido que la explicación quedaba en dirección contraria y al otro lado del mar.
Aquella noche, en el hotel, Tomás no abrió la octava carta.
La puso sobre la mesilla, apoyada en la lámpara, y la estuvo mirando un rato largo, porque ahora sabía lo que la carta no sabía: que a su autor le quedaba un invierno.
Hay un momento en que leer el correo de los muertos exige pedirles permiso. Se durmió sin dárselo él mismo.
IX. Todtnauberg, o la palabra debida
Al día siguiente era sábado, y Tomás hizo lo segundo que mandaba la carta de Basilisa, que era lo que él ya necesitaba hacer sin saberlo: subir al monte.
“A una hora de Friburgo, monte arriba, hay una aldea que se llama Todtnauberg y una cabaña donde pensó su vida entera otro filósofo, uno que fue rector con los que no había que serlo y luego calló cuando había que hablar. A esa cabaña subió una vez un poeta judío que había perdido a sus padres en los campos, a pedirle al pensador una palabra — una sola: la que faltaba —. Escribió en el libro de visitas su esperanza de esa palabra. La palabra no llegó nunca. Sube, Tomás, y piensa en eso: en que también las palabras se deben, y en que hay morosos de palabra con la obra completa en las bibliotecas.”
Subió en un autobús de domingueros con bastones de trekking, bajo un cielo bajo, y caminó desde la parada por el sendero que sube entre prados empinados hasta donde la cabaña se deja ver: pequeña, de tejado corto, con la fuente de la estrella tallada delante — la fuente que el poeta puso en el poema [147] —.
No se puede entrar; no hace falta. Tomás se sentó en la hierba mojada a la distancia del respeto y estuvo mucho rato mirando aquella caseta de madera donde se había pensado tanto y se había callado tanto, y dejó que el lugar le diera su lección completa, que era doble y no se dejaba simplificar.
La primera: que allí, lejos de la técnica y del zoco, un hombre había visto antes que nadie lo que venía — la época en que todo, ríos, bosques, hombres, sería existencia disponible, fondo de reserva, recurso a optimizar; la época de Atenea Pro y de la catedral refrigerada, descrita desde una cabaña sin luz eléctrica [148] —; que para ver lejos hace falta una cabaña, y que Basilisa y su estufa eran de la misma cordillera.
Y la segunda, inseparable: que el mismo hombre que lo vio todo no dijo la palabra que le pedía un poeta huérfano — la palabra que no habría costado nada y lo habría pagado todo —, y que el poema del poeta, que Tomás leyó allí sentado en la traducción que Alma le había metido en la carpeta (Alma prepara los viajes contra todo escenario), es el acta notarial más triste de la literatura: la esperanza, hoy, de la palabra de un pensador, que llegue — apuntada en un libro de visitas, con fecha, como se apuntan los fiados en la pizarra de Requena —.
La deuda quedó impagada. El acreedor murió en un río de París.
El deudor, entre honores. Y la lección bajó con Tomás en el autobús de vuelta, sentada a su lado como un pasajero más: las palabras se deben igual que el dinero, con la diferencia de que no prescriben, no admiten quita y no las hereda nadie — o las dice el que las debe, o quedan debidas para siempre —.
Sacó el cuaderno rojo y escribió, con el traqueteo torciéndole la letra: “Preguntar qué palabra debo yo. Pagarla en vida. Las palabras no tienen testamentaría.” Después, ya en el llano, abrió por fin la octava carta.
Se la leyó dos veces. Y decidió que esa carta el lector la leería donde la leyó Cecilia: en su capítulo, entera, y sin nadie mirando por encima del hombro.
Hay correspondencia que exige intimidad hasta dentro de una novela.
X. Ahora y entonces
Y sin embargo — y aquí se ha prometido realismo también en la esperanza —, cuando la vara se usa bien, lo que sale es directamente conmovedor, y la prueba la dieron, cómo no, los de Liverpool.
En 1977, John Lennon grabó en su piso del Dakota, en un casete doméstico, una canción a medio hacer: voz y piano, el televisor de fondo, el zumbido de la red eléctrica — una maqueta inaudible, técnicamente irrecuperable —.
Murió tres años después. Los Beatles supervivientes lo intentaron en los noventa y se rindieron: la voz no se podía separar del ruido.
Y medio siglo después de la grabación, una inteligencia artificial entrenada para distinguir voces — la misma familia de criaturas que redacta los correos de Tomás — hizo lo que ninguna mesa de mezclas pudo: extrajo limpia, del barro sonoro, la voz de John [149] .
No compuso una nota; no imitó nada; no generó un Lennon sintético: rescató al real — el espíritu, no la letra —.
Y en 2023, Paul y Ringo, ancianos, tocaron con esa voz; y añadieron guitarras de George, muerto también, tomadas de las sesiones de los noventa; y publicaron Now and Then — “ahora y entonces” —: la última canción de los Beatles, en la que dos amigos vivos tocan con dos amigos muertos una despedida que dice, en esencia, ahora y entonces te echo de menos.
La tecnología más sofisticada del momento, empleada en su uso perfecto: servir al vínculo, al duelo y a la despedida — la nave feacia llevando a un náufrago a casa —.