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40. El segundo jueves de agosto

El segundo jueves de agosto

Mi madre bajó del avión con un bolso de mano, una rebeca por si refrescaba y una bolsa de plástico con dos táperes de lentejas que había facturado en cabina y que llegaron perfectamente.

—Es que no sabemos qué van a dar de comer.

—Mamá, hay comida.

—Ya, pero por si acaso.

La llevé a Tinajo a las once de la mañana en un coche de alquiler, por la carretera de arriba, y a los diez minutos empezó a mirar por la ventanilla y se calló, que en Maribel Requena es un acontecimiento geológico.

—¿Y esto qué es?

—Hoyos.

—¿Y qué hay dentro?

—Una parra en cada uno.

—¿Y quién los hizo?

—La gente. A mano. Hace trescientos años.

Mi madre se quedó mirando la ladera con la boca un poco abierta y luego dijo:

—Pues menudo trabajo.

Y esa es, palabra por palabra, la mejor crítica que va a recibir La Geria en su vida.

A Fefa Suárez y a Maribel Requena las presenté a las doce menos cuarto en la puerta de una casa blanca con las carpinterías verdes, y me duró tres minutos y medio ser necesaria.

A los tres minutos y medio ya estaban hablando de tomates.

Y a la una y cuarto estaban en la cocina las dos, mi madre con un delantal de Fefa, discutiendo si el mojo lleva comino o no lleva comino, y yo salí al patio a no estorbar y me senté en la silla de plástico debajo de la parra, que es la silla donde estaba él la tarde que fui a buscarlo.

Dani apareció en la puerta del patio con dos vasos.

—Se han encontrado.

—Se han encontrado.

—Eso va a ser un problema.

—Eso va a ser un problema todos los agostos de mi vida —dije.

—¿Está bien?

—Está insoportable —dije—. Ha traído lentejas de Alcorcón en el avión.

A las cinco fuimos al descampado.

Y aquí hay que decir cómo era aquello a las cinco de la tarde de un jueves de agosto, antes de que llegara nadie: una explanada de tierra, una pared blanca de ocho metros con una mancha de humedad abajo, un cuadro de luz oxidado y recién arreglado, y un camión del Rofe Grand Resort & Spa aparcado en medio con setenta y ocho sillas apiladas en la caja.

Aquella tarde monté sillas.

Setenta y ocho sillas blancas en un descampado, con un cordel en el suelo para que la línea saliera recta, porque Yurena me explicó el truco en junio por teléfono y porque hay cosas que se aprenden de la gente que sabe.

Yurena vino. Cogió el jueves libre y vino en su coche con su marido y no trajo la carpeta, y me pareció la persona más desnuda que he visto en mi vida.

Vino Aday, con camisa y sin chaleco. Vino Chana.

Vino Rubén con dos bandejas de algo. Vino Nauzet con su padre, que es el dueño de la pared y que se pasó la tarde diciendo que la pared no era nada del otro mundo.

Vino Ovidio Betancort con seis botellas de la bodega y su mujer.

Vino Saray. Vinieron cuatro camareros del Rofe que libraban y dos que no libraban y que se cambiaron el turno.

Y vino gente del pueblo. Mucha. Muchísima. A las nueve y media había ciento sesenta o ciento setenta personas y setenta y ocho sillas, y el resto estaba de pie contra el muro y sentado en el suelo y encima del capó de una furgoneta de 2011.

Los imprimió Nayra, la de eventos, en la impresora del hotel, ciento cincuenta copias en papel de ciento veinte gramos, sin decírselo a nadie.

Los programas de mano los repartió mi madre en la entrada, sin que nadie se lo pidiera, porque mi madre necesita una función.

Yo no lo había leído hasta ese momento.

Lo leí de pie, con el papel en la mano, a las nueve y veinte de la noche, y llegué al final, a la letra pequeña, y me quedé quieta.

Después doblé el programa en cuatro y me lo guardé en el bolsillo de atrás.

Lo llevo ahí desde entonces. Ya no se lee bien.

A las nueve y media Dani probó el proyector con una carta de ajuste y la pared se puso azul, y ciento y pico personas que llevaban veinte minutos hablando se callaron de golpe, todas a la vez, sin que nadie dijera nada.

Y volvieron a hablar. Pero se callaron primero.

Empezó a las diez menos cuarto, cuando se hizo de noche del todo.

No hubo presentación. Dani no habló. Se puso detrás del proyector, en una mesa de camping, con un mando en la mano, y le dio al play, y la pared blanca de ocho metros se llenó.

Setenta y dos minutos.

Yo la había visto una vez, en junio, en una pantalla de trece pulgadas en un salón de Madrid.

No es lo mismo. No se parece.

La película no la cuento. No me toca a mí, y quien quiera verla ya sabe dónde está.

Diré que empieza con el plano fijo de la era de piedra con la hierba seca, el mismo que me enseñó en un mirador de Timanfaya hace un año, y que en una pared de ocho metros dura mucho más y funciona mucho mejor.

Diré que su madre sale veintitantos minutos y que habla en total unas trescientas palabras, y que todas son instrucciones.

Diré que hay un plano de cuatro minutos de un muro que se derrumba solo, a cámara fija, sin nadie, y que en el descampado no se movió ni una silla.

Diré que el pueblo estuvo callado. Ciento setenta personas al aire libre, en agosto, con bebida, y no se oyó nada.

Y diré que en el minuto sesenta y uno se ve a Fefa Suárez subir por segunda vez, y que eso, para las cuarenta o cincuenta personas de aquel descampado que sabían que aquella mujer no había vuelto a subir en cuarenta años, fue lo que fue.

Yo estaba en la fila cinco, que es donde me tocaba porque las sillas las coloqué yo y me senté donde quedaba sitio. Mi madre a mi izquierda. A mi derecha, Yurena Cabrera.

En el minuto sesenta y ocho, la película entra en un hoyo.

Es un plano ancho, fijo, con el muro de piedra en semicírculo y la parra dentro, y por el borde izquierdo entra alguien con una piedra en las dos manos.

Tardé unos dos segundos en entender que era yo.

Dos segundos enteros, viéndome de espaldas en una pared de ocho metros.

Es del 8 de abril. Es la mañana en la que me aburrí a los cuarenta minutos y bajé al hoyo de abajo a hacer algo con las manos.

Yo pensé que habíamos subido a que él grabara a su madre. Lo pensé aquel día y lo pensé durante los cuatro meses siguientes.

Y lo que hay en la pantalla es una mujer de treinta y siete años con las manos sucias colocando una piedra en un muro y colocándola mal. Se ve perfectamente que está mal. Se ve que la ha puesto de plano, encima, buscando que quede bonita, en un sitio donde no aguanta nada.

Y se oye, en off, la voz de Fefa Suárez, que no está en el plano:

—Mi niña, esa no.

Y la mujer de la pantalla se queda quieta, con la piedra en la mano, mirando fuera de cuadro.

—Las grandes abajo. Y esa de canto, que agarre.

Y la mujer la saca, la mira, le da la vuelta, y la vuelve a poner. De canto. En el fondo. Y aprieta con las dos manos, dos veces, para comprobar que agarra.

Y se queda ahí, agachada dentro del hoyo, con las manos en la piedra, respirando fuerte, con el viento moviendo la parra detrás.

Diecinueve segundos. Los he contado después, muchas veces.

Y funde a negro.

Y ese es el final de la película.

Yo no lo sabía.

Nadie me había dicho que estaba dentro, y desde luego nadie me había dicho que estaba al final, y llevaba diez meses firmando partes de entrega con la duración útil de cada jornada sin que aquel hombre pusiera ni una vez, en ninguna casilla, que el ocho de abril había grabado diecinueve segundos que no iba a tirar.

Ciento setenta y dos personas aplaudieron en un descampado durante bastante más rato del que se aplaude por educación.

Y Ovidio Betancort, que estaba dos filas detrás, se levantó. Y como se levantó Ovidio se levantó Chana, y como se levantaron los dos se levantó el resto, y Fefa Suárez se quedó sentada en la fila de atrás, con la rebeca en el regazo, mirando una pared en la que ya no había nada.

Yurena Cabrera, a mi derecha, sin carpeta, se llevó dos dedos a la boca y no dijo nada tampoco.

Mi madre me cogió la mano y no dijo nada, que es lo más raro que ha hecho Maribel Requena en su vida.

Y yo me quedé sentada en una silla blanca del Rofe Grand Resort & Spa, en un descampado de Tinajo, mirando una pared de ocho metros en la que ya no había nada, con un programa de mano doblado en cuatro en el bolsillo de atrás y una cláusula única que yo no había redactado, no había negociado, no había leído dos veces y no habría podido comprar de ninguna manera.

Después la gente se levantó y empezó a recoger sillas sin que nadie se lo pidiera, y Rubén sacó las bandejas, y mi madre y Fefa se pusieron a repartir cajitas de sal volcánica de una boda de 2027 entre gente de Tinajo que no tenía ni idea de qué eran.

Se encendieron las luces.

Y en la última fila, de pie, detrás del proyector, un hombre con una gorra estaba mirándome a mí.