39. El ocho de abril
El ocho de abril
Bajé un fin de semana de abril sin ningún motivo.
Eso es lo que pone en la columna E de la hoja de vuelos, escrito por él: porque sí . Es la única fila de las treinta y cuatro que no tiene una razón detrás, y por eso es la que más miro.
Llegué el viernes siete a las once de la noche y el sábado a las nueve de la mañana ya estábamos los tres en la furgoneta.
Los tres, porque Fefa se subió con una silla plegable, un termo, una bolsa de plástico y una rebeca, y porque nadie le preguntó si quería venir.
—Mamá, hoy no hace falta que subas.
—Yo no he dicho que suba. He dicho que voy.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo —dijo Fefa Suárez, y se sentó delante.
Antes de La Geria paramos en el descampado, que es una cosa que hacía él siempre y que yo tardé meses en entender que era una manía y no un trámite.
Y allí estaba Nauzet, con un metro y un cuaderno, midiendo la pared.
—¡Chacho! —dijo, sin soltar el metro—. Que llegan tarde.
—Son las nueve y diez.
—Ya. Pero yo llevo aquí desde las ocho.
Nauzet Bermúdez, veintisiete años, máster en geología por La Laguna, guía del Parque Nacional de Timanfaya, se había enterado en marzo de que existía una película sobre La Geria y había llamado a Dani por su cuenta.
La pared del descampado es de su padre.
—Ocho metros veinte —dijo—. Y ahí arriba, mira, esa mancha. Eso es humedad de la base, no del muro. Con dos manos de cal en junio queda blanca.
—¿Y quién la encala?
—Yo.
—Nauzet.
—Que la encalo yo, chacho, no es nada. Son dos sábados.
En febrero, Dani había ido al ayuntamiento de Tinajo con un dosier de cuatro páginas que le revisé yo por videollamada un martes por la noche, y le habían dicho que no.
No un no de mala fe: un no de ayuntamiento. Que la partida de cultura estaba comprometida desde enero, que el proyector del centro sociocultural estaba estropeado desde 2024 y que el descampado era de un particular y ellos no autorizan nada en suelo privado.
Aquella mañana de abril, delante de la pared, entendí una cosa sobre cómo funcionan los sitios pequeños que no se aprende en Madrid.
—El proyector lo pone el instituto —dijo Nauzet.
—¿Cuál instituto?
—El de aquí. Tienen uno de los buenos, comprado con un programa europeo, que lo usan cuatro veces al año.
—¿Y te lo van a dejar?
—Ya me lo han dejado. —Se guardó el metro—. Lo he hablado con la directora.
—¿Y quién es la directora?
Nauzet se quedó parado un segundo, como si le hubieran preguntado de qué color es el cielo.
—Pues la prima de Fefa.
Fefa, que estaba a diez metros con su silla plegable ya montada y el termo en la mano, levantó la voz sin volverse:
—Mi prima Carmelita.
—Su prima Carmelita —repitió Nauzet.
Yo me quedé mirando una pared blanca de ocho metros veinte en un descampado y pensé, con una precisión que me da vergüenza, que aquello había resuelto en tres llamadas un problema para el que yo, en enero, había preparado una estructura de financiación con dos escenarios.
No dije nada. Ya había aprendido a no decir nada.
Subimos a La Geria a las once.
Se aparca abajo, en la pista, y se suben unos doscientos metros de ladera con piedra suelta. Fefa los subió en catorce minutos, parando dos veces, con Dani delante y yo detrás y nadie ofreciendo el brazo, porque ofrecerle el brazo a Fefa Suárez es una manera de que te lo retire.
La casa está peor de lo que se ve desde el mirador de Timanfaya. El tejado se hundió del todo en 2020. Queda la era, que es redonda y perfecta y está entera, y quedan cuatro hoyos de la parte de arriba con los muros medio caídos.
Fefa puso la silla en la era, se sentó, se sirvió café del termo y se quedó mirando.
Dani montó el trípode a veinte metros y no le dijo nada en toda la mañana. Ni una indicación. La grabó cuatro horas y no la dirigió una sola vez.
Yo me aburrí a los cuarenta minutos.
Eso también hay que decirlo, porque he leído libros en los que la gente contempla paisajes durante páginas y yo me aburrí a los cuarenta minutos, y me levanté, y bajé al hoyo de más abajo, que era el que tenía el muro más caído, y empecé a colocar piedras.
Sin ninguna intención. Por hacer algo con las manos.
Y a los diez minutos oí a Fefa desde la era, sin levantarse de la silla:
—Mi niña, esa no.
—¿Cuál?
—Esa que tienes en la mano.
La tenía puesta de plano, encima, bien centrada, con la cara lisa hacia arriba, porque quedaba bonita.
—Las grandes abajo —dijo Fefa—. Y esa de canto, que agarre.
La saqué. Le di la vuelta. La puse de canto, en el fondo, y apreté con las dos manos dos veces para comprobar que agarraba.
—Ya está —dijo Fefa.
Y siguió con su café.
Estuve una hora más. Puse, calculo, treinta o cuarenta piedras, y de esas Fefa me corrigió nueve, siempre desde la silla, siempre sin levantarse, siempre con dos palabras.
Cuando terminé tenía las manos hechas polvo y medio muro puesto, y me senté en el borde del hoyo con los brazos temblando, y pensé —y esto lo pensé exactamente así— que llevaba treinta y siete años ganándome la vida leyendo instrucciones y que era la primera vez que alguien me daba unas y yo no discutía.
Comimos en la era. Bocadillos, de la bolsa de plástico.
Y por la tarde, mientras Dani recogía el material, Fefa me dijo la cosa que ordena todo lo demás.
Estábamos las dos en la silla y una piedra, mirando abajo.
—¿Tú sabes lo del veintiuno? —dijo.
—No.
—Claro que no. —Se ajustó la rebeca—. En el veintiuno, cuando se murió su padre, este perdió el piso de Arrecife. Se le juntó todo: no cobraba, se le fue un cliente grande y no llegó al alquiler.
—Ya.
—Y estuvo cinco meses durmiendo en la furgoneta.
Levanté la cabeza.
—¿Cinco meses?
—De abril a septiembre. En el aparcamiento de la playa de Famara y en un descampado de Tahíche. —Fefa miraba al frente—. Yo me enteré en agosto porque me lo dijo la mujer de Ovidio.
—¿No se lo dijo él?
—Ni una palabra. Venía a cenar los viernes, se comía dos platos y se iba. Y yo le preguntaba por el piso y me decía que bien.
Me quedé sin saber qué decir, que a mí no me pasa nunca.
—Y aquí, mi niña —dijo Fefa, y se dio dos golpecitos en la rodilla, señalando la casa del pueblo, cuatro kilómetros abajo—, aquí hay un cuarto. Con su cama y su armario. Y lleva vacío desde el noventa y ocho.
—Fefa...
—Yo tenía un cuarto —dijo Fefa Suárez— y mi hijo durmió cinco meses en una furgoneta a cuatro kilómetros.
Y se calló.
Y luego, cuando yo ya creía que se había acabado, añadió lo que llevaba diez meses esperándome sin que yo lo supiera:
—La gente dice que es orgulloso y lo dice como si fuera bonito. —Se levantó de la silla y la plegó—. No es bonito. Yo no perdí dinero. Yo perdí cinco meses de servirle la cena a mi hijo.
Bajamos los doscientos metros en silencio.
Y yo iba pensando en una mujer de treinta y seis años que había recibido una desestimación por teléfono en un office, no se lo había contado a nadie durante nueve días, y había resuelto una boda cancelada llamando a veintidós proveedores en orden descendente de penalización.
Y en lo que costó eso, y a quién.
Volví a Madrid el domingo nueve a las 20:15.
En el avión abrí la hoja de vuelos, puse la fila veintitrés —Madrid–Arrecife, siete de abril, ciento noventa euros, yo— y dejé la columna E vacía, porque la rellena él.
Cuando la vi tres semanas después ponía porque sí .
En mayo terminó el montaje y me lo dijo por teléfono. En junio la vi entera en el salón de mi casa, en un portátil de trece pulgadas, con él sentado al lado sin mirar la pantalla ni una vez y mirándome la cara los setenta y dos minutos, que es lo más incómodo que me han hecho nunca.
Y en julio empecé la hoja.
Se llama LOGÍSTICA TINAJO, tiene once pestañas y es la más larga que he hecho en mi vida.
Setenta y ocho sillas. Ciento veinte personas estimadas, que se quedaron cortas.
Un proyector del IES Tinajo. Dos altavoces.
Un generador de gasolina por si el cuadro de luz fallaba.
Hielo, cuatro neveras y bebida para ciento veinte, que también se quedó corta.
Tres bandejas con sesenta y dos cajitas de sal volcánica que llevaba un año en el altillo de mi casa de Prosperidad.
Y en la pestaña once, una sola línea que no tenía nada que ver con las sillas:
Un vuelo Madrid–Arrecife, jueves a las 08:15, asiento 22C, a nombre de REQUENA MORATA / MARIBEL .
Mi madre no había cogido un avión desde 2011, y aquel billete se lo compré yo, y se lo dije antes, y estuvo dos semanas diciendo que no hacía falta.
Hacía falta.