10. Tres pisos
Tres pisos
Una tarta nupcial de tres pisos para sesenta y dos personas cuesta setecientos ochenta euros con taller incluido, pesa once kilos y se hace en dos días. Esto lo sé porque lo pregunté, y lo pregunté porque tenía que decir algo mientras cruzábamos el pasillo de servicio y no se me ocurrió nada mejor.
Fue la primera vez que vi el hotel por dentro, de verdad. Diecinueve grados menos de encanto y catorce personas trabajando. Una chica salió de la cámara frigorífica con un carro de bandejas y nos dijo «perdón, perdón» tres veces por pasar por su propio sitio de trabajo.
El jefe de pastelería se llama Rubén, tiene treinta y pocos, viene de Zaragoza y llevaba una camiseta de un grupo de música debajo de la chaquetilla.
Nos esperaba con una mesa de acero preparada: tres bizcochos ya montados y refrigerados, tres tamaños, y cuencos con crema, con almíbar, con fresas cortadas.
—¿Los novios?
—Es una situación un poco especial —dijo Perdomo.
—Sí, me han dicho algo. —Rubén se limpió las manos en el trapo del hombro—. A mí me han dicho «taller de tarta nupcial, dos personas, cinco y cuarto». Y yo tengo aquí una tarta nupcial de tres pisos, dos personas y son las cinco y cuarto. Con eso me apaño.
Me cayó bien inmediatamente y eso, en aquel momento de mi vida, era un fenómeno de una rareza notable.
—¿Ustedes saben cuántas tartas nupciales hago yo al año? —dijo, mientras sacaba los cuencos de la cámara.
—No.
—Ciento veinte. —Puso el primer bizcocho en la mesa—. Y de esas, la gente prueba tres. La suya, la del taller y la del sábado. Las otras ciento diecisiete se las comen los invitados a las dos de la mañana con dos copas encima y no se acuerda nadie.
—¿Y eso le molesta?
—Eso me da la vida —dijo Rubén—. Yo lo que no quiero es que se acuerden. Si se acuerdan de la tarta es que la boda ha sido un desastre.
El taller consiste en lo siguiente: los novios no hacen la tarta. Eso hay que decirlo. La tarta la hace Rubén a las seis de la mañana. Lo que hacen los novios es rellenar, apilar y cubrir bajo supervisión, para que después, en el vídeo, se pueda decir que la hicieron ellos.
—Empezamos por el de abajo. Tú el almíbar, tú la crema.
—¿Yo cuál? —dije.
—La crema. —Rubén me puso la manga pastelera en la mano y me colocó los dedos—. Desde el centro hacia fuera, sin llegar al borde, que luego rebosa al apilar. Presión constante. La gente aprieta al principio y afloja al final y sale una espiral que parece una escayola.
Presión constante. Desde el centro hacia fuera. Sin llegar al borde.
Fue, sin ninguna duda, lo mejor que hice en toda la semana. Una espiral perfecta, de dos centímetros y medio de altura constante, con la última vuelta cerrada sin cortar el hilo.
Rubén se inclinó a mirarla.
—Chacho —dijo, que en Zaragoza no se dice, y que en catorce meses aquí ya se le había pegado—. ¿Tú has hecho esto antes?
—No.
—Pues qué mala noticia para mí.
Perdomo, que llevaba diez minutos grabando desde el otro lado de la mesa de acero, dijo desde detrás de la cámara:
—Es que ella hace las cosas por dentro de las líneas.
No era un chiste. O sí lo era, pero no del tipo que se contesta.
Apilamos los tres pisos. El de en medio pesa más de lo que parece y hay que cogerlo con las dos manos y una espátula, y ahí, al colocarlo, me temblaron los brazos y él soltó la cámara sobre la mesa y me sujetó la base con las dos manos, por debajo, un segundo y medio, sin tocarme, con los pulgares a un centímetro de los míos.
—Ya —dijo, y retiró las manos, y volvió a coger la cámara.
—Ya —dije yo.
Rubén, que estaba enfrente y tiene ojos, no dijo absolutamente nada, y creo que en ese momento decidí que era un buen hombre.
La cubrimos de blanco. Salió bien. Salió, para ser honesta, muy bien: tres pisos, canto liso, la línea de unión invisible.
Y entonces Rubén sacó una caja pequeña del armario alto.
—Y ahora la figura.
—No.
—Es que va incluida.
—La figura no.
—Señora, es que la figura va en la línea diez.
Ahí me di cuenta de que la gente de este hotel es toda igual, que se han contagiado unos de otros y que la carpeta de Yurena Cabrera es un virus.
La figura eran dos muñecos de porcelana de nueve centímetros. Ella con vestido, él con chaqué, los dos con la misma cara vacía de todos los muñecos de tarta del mundo occidental.
—¿Esta figura la elegí yo? —dije.
Rubén miró la caja.
—Aquí pone «figura estándar Álamo».
—Entonces no la elegí yo.
—Entonces la eligió Vanesa —dijo Rubén, y en la manera de decir «Vanesa» había catorce meses de historia laboral que no me correspondía a mí conocer.
Rubén la puso encima. Los tres nos quedamos mirándola.
—Se puede quitar —dijo Perdomo.
—Va incluida —dije yo.
—Nora.
Fue la primera vez que me llamó por mi nombre. Lo dijo sin darse cuenta, o dándose cuenta perfectamente, y siguió como si no hubiera pasado nada, que es lo que hacen las personas hábiles.
—Va incluida —repetí—. Déjela.
—Es que en el vídeo va a salir.
—Pues que salga. —Me sequé las manos en el trapo de Rubén, que no era mi trapo—. Es lo que pagué. Seiscientos euros de detalles para sesenta y dos personas que no vienen, y una pareja de porcelana. No voy a empezar ahora a quitar de la tarta las partes que me molestan.
Se hizo un silencio en el que se oyó una batidora industrial en la cocina de al lado.
—Vale —dijo Perdomo, y grabó la figura durante once segundos.
Le hicimos una foto los tres. Rubén la cortó por la mitad y nos dio un plato a cada uno del recorte del segundo piso, de pie, en la mesa de acero, con tenedores de plástico, y estaba muy buena: no dulce de tarta de boda, sino ácida, con la fresa a la vista.
—Es que la de boda normal es un ladrillo —dijo Rubén—. Yo la hago con menos azúcar y luego los novios se quejan porque no sabe a lo que ellos se esperan.
—¿Y qué se esperan?
—A la de su madre. —Recogió el cuchillo—. Todo el mundo espera la de su madre.
Escuché el audio de mi madre a las siete y diez, sentada en el borde de la cama, con el pelo todavía oliendo a azúcar.
Duraba tres minutos y once segundos. Empezaba con la palabra «hija» y a partir de ahí entraba en materia: la tía Charo, el vestido, el vestido otra vez, si allí me daban de comer bien, y luego, al final, en los últimos veinte segundos, con esa voz que ella pone cuando ha esperado a que se le acabe el audio para decir lo que iba a decir desde el principio.
Lo escuché dos veces.
La segunda no lo procesé. Solo lo escuché.
Hay una cosa que hace mi madre y que ella no sabe que hace, y es que cuando va a decir algo que le da miedo, primero dice que no llama para molestar.
Lo dice al principio y lo repite al final, y entre las dos veces mete todo lo demás, como quien envuelve una cosa frágil en papel de periódico por los dos lados.
Aquella noche el papel de periódico era el vestido, la tía Charo y el bufé.
Y dentro iba esto: que él había llamado al fijo de mis padres. Al fijo. Un teléfono que existe para las llamadas del banco y para mi tía de Guadalajara. Un hombre de treinta y ocho años buscando el número de una casa en la que ya no le van a coger.
No contesté al audio. Escribí «gracias, mamá» y luego lo borré y escribí «mañana os llamo» y eso sí lo mandé, y todavía hoy me parece un buen resumen de aquella semana.
Bajé al bufé a las ocho y cuarto, que es la peor hora, cuando ya han pasado las familias y quedan las bandejas medio vacías y ese vapor de las cubetas. Cené sola en una mesa de dos junto a la cristalera, con un plato de pescado y una copa de vino que ya no era de nadie.
Cogí de todo, porque ya lo tenía pagado.
A las nueve menos veinte, al volver, había un sobre por debajo de la puerta de la Suite Nupcial Timanfaya.