Todo incluido, menos tú
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1. La ejecución
La ejecución
Cancelé mi boda en orden descendente de penalización.
La última fila la escribí sin datos porque no hay porcentaje que describa a Maribel Requena, y porque a las diez y doce de la mañana todavía me quedaba una hora de valentía y quería administrarla bien.
A la floristería le costó once minutos entenderme. La señora Nogal tiene una voz de las que se ponen para dar pésames, cálida, con un temblorcito profesional, y la usó conmigo desde el segundo dos.
—Hija, esto lo hablamos con calma. Que las parejas se pelean y luego se arreglan y las flores siguen ahí.
—No es una pelea.
—Las novias os ponéis muy nerviosas. Yo he tenido una que canceló un jueves y el sábado me llamaba llorando para que le pusiera los centros igual.
—No voy a llamarla llorando el sábado.
—Eso dicen todas.
—Señora Nogal, trabajo en el ramo del riesgo. Si le digo que la probabilidad es cero es que he hecho el cálculo.
Hubo un silencio en el que la oí buscar el argumento siguiente y no encontrarlo, y luego pasó a modo comercial, que es un modo mucho más honesto y con el que nos entendimos en cuarenta segundos.
Se quedó con el sesenta por ciento. Cuando colgué anoté 740 € en la casilla verde y me quedé mirando el verde un rato.
Es un color con una capacidad de consuelo desproporcionada para lo que significa.
Diseño seguros de cancelación de eventos.
Es un trabajo que la gente encuentra deprimente en las bodas y fascinante en los aviones.
Lo que hago, en concreto, es escribir la parte del contrato que dice cuándo la compañía paga y cuándo no; es decir, escribo la línea exacta por la que a una persona se le cae el mundo y nadie le devuelve nada.
Llevo nueve años haciéndolo. Se me da bien.
En Atlántica Previsión hay un producto que se llama Nupcial Serena y que es mío de la primera coma a la última.
Yo tenía contratado el Nupcial Serena. Lo firmé en octubre, con descuento de empleada, delante de Rebeca, que me dijo «qué fuerte, la del anuncio», y nos reímos.
Lo firmé en veinte segundos y sin leerlo. Es lo único que he firmado sin leer en toda mi vida adulta, y fue lo que yo misma había escrito.
A las once llamé a mi madre.
—¿Estás bien? —dijo, en vez de hola.
—Sí.
—¿Ha sido él?
—Ha sido una domiciliación bancaria.
Y ahí sí me dejó hablar, porque a mi madre las cosas raras la desarman más que las tristes.
Once días antes, revisando extractos para el gestor —el gestor los quería del primer trimestre, yo bajé el año entero porque bajar el año entero es más rápido que decidir—, apareció una domiciliación de trescientos ochenta y cinco euros a nombre de una administración de fincas de Lavapiés.
Todos los meses. Catorce meses seguidos.
Exactamente los catorce meses que llevábamos viviendo juntos.
No era otra mujer. Ojalá hubiera sido otra mujer; para eso hay protocolo, hay amigas, hay un género entero de canciones.
Era su estudio. El estudio en el que vivía antes de venirse a casa y que no había dejado nunca, con la luz dada, con el contador andando, con las llaves en el cajón de las bridas.
Se lo pregunté esa misma noche, con el extracto abierto en la mesa de la cocina como quien pone un plato. Él lo miró tres segundos y contestó lo peor que podía contestar, que fue la verdad.
—Por si acaso.
Y luego, porque el silencio se le hizo largo:
—No significa nada, Nora. Es un colchón.
Yo llevo nueve años poniéndole nombre a eso. Se llama cobertura. Se llama tener el riesgo repartido. Se llama, si quieres ser desagradable y a mí a veces me apetece, no estar del todo dentro.
Él tenía una póliza contra mí. Yo, contra él, no tenía nada, porque no se me había ocurrido que hiciera falta, y esa es la parte que no le he contado a nadie: no me dolió el estudio.
Me dolió el descubrimiento profesional. Se me cayó encima la evidencia de que la persona que le pone letra pequeña a las desgracias ajenas se había casado —iba a casarse— sin leerse nada.
A mi madre le conté la mitad.
—Trescientos ochenta y cinco euros —repitió—. ¿Al mes?
—Al mes.
—Nora, hija, eso son... —oí el clic de la calculadora del móvil, porque mi madre calcula en voz alta desde 1994— cinco mil trescientos noventa euros.
—Cinco mil trescientos noventa.
—Es un coche.
—Es un coche pequeño.
—Es un coche —dijo, y en esa palabra cabía todo lo que ella no iba a decirme aquella mañana, que fue mucho y se lo agradezco.
Después vino la conversación de los doce mil euros, que la aparcamos, y la conversación de qué se le dice a la gente, que la resolví yo esa tarde en veinte minutos.
Al Tomador lo llamo el Tomador. En mi ramo, el tomador es quien contrata la póliza y paga la prima; el asegurado es quien recibe la protección.
No siempre son la misma persona. A mí me pareció, cuando lo pensé por primera vez a las tres de la mañana, una definición muy elegante de los catorce meses, y desde entonces no he necesitado usar su nombre.
Funciona. Tiene la ventaja de que no se puede pronunciar con la voz rota.
El grupo lo abrí a las seis de la tarde, cuando ya había avisado a los veintidós.
Se llamaba BODA NORA Y ■■■■ y tenía sesenta y dos miembros.
Lo del recuadro negro es mío. La primera noche puse encima del nombre una tira de cinta aislante en la pantalla del móvil, con unas tijeras de cocina, a la una y media de la madrugada, como una lunática con criterio.
Duró dos días y me dejó pegajoso el cristal.
Después le cambié el nombre al contacto y ya está, pero el recuadro se me quedó en la cabeza y ahora, cuando abro el grupo, lo que leo es eso: BODA NORA Y ■■■■ .
Sesenta y dos personas invitadas a un acto tachado.
Escribí el mensaje en el bloc de notas primero, que es lo que hago con los siniestros complicados.
Cuatro líneas. Sin adjetivos, sin la palabra «lamento», sin la palabra «juntos».
La boda del sábado 14 no se celebrará. No hace falta hacer nada, ni devolver nada, ni escribirme. Gracias por la ilusión. Nora.
Lo copié, lo pegué, lo mandé.
Tardaron once segundos. Sesenta y dos personas descubriendo a la vez que la aplicación tiene emoticonos para casi todo menos para esto: corazones rotos, manos rezando, un ramo de flores que alguien mandó por error y borró a los cuatro segundos, y ocho o nueve «¿estás bien?
» que en realidad querían decir «cuéntame».
Mi prima Sonia puso: «Yo tengo los vuelos, ¿qué hago con los vuelos?».
Mi tío Rafa, que a las seis de la tarde ya no está operativo, puso un aplauso. Sigo sin saber a qué.
Y una compañera del máster, con la que no hablo desde 2019 y a la que había invitado por un ataque de generosidad en diciembre, escribió: «¡¡¡Ay!!! ¿Y el hotel se puede cambiar de fecha?».
Y una tía segunda de Guadalajara, que no sé quién la invitó, escribió: «Nora cariño, el vestido guárdalo. Nunca se sabe».
El vestido. Se me había olvidado el vestido, y por eso he tardado tanto en mencionarlo: porque a mí las cosas se me olvidan por orden de coste y el vestido era el único artículo que no estaba en la hoja.
Lo tenía en casa de mi madre, en una funda, colgado del marco de una puerta que ya no se puede cerrar desde noviembre.
El Tomador llamó cuatro veces aquel día.
La primera a las 9:31, once minutos después de la llamada a Bodas Álamo, lo cual dice bastante bien de la velocidad con la que Vanesa gestionaba la información.
No lo cogí. Dejó dos mensajes de voz que no he escuchado y que no he borrado, y esa contradicción es lo único de aquel martes que no puedo defender con una tabla.
Silencié el grupo. No lo abandoné, y esto me parece importante decirlo porque más tarde se convirtió en un problema: no abandoné el grupo.
Un grupo se abandona cuando lloras o cuando estás por encima, y yo aquel martes no estaba en ninguno de los dos sitios.
Estaba en la cocina, con la hoja abierta, revisando que las veintidós filas tuvieran su color.
Veinte verdes. Dos rojas.
A las once y cuarto de la noche me puse el pijama, me lavé la cara, me metí en la cama de la que él se había llevado su lado con una eficiencia que todavía admiro, y dormí siete horas y veinte minutos, que es mi media.
Al día siguiente presenté el parte a mi propia compañía. Eso es lo que tarda una mujer razonable en hacer una tontería: un día.