Todo en su lugar (menos tú) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Mi primer instinto —el instinto de una mujer que no entrenaba hace siete días y que estaba sobreviviendo a base de overoles prestados, camisas de arborista talla S y ropa reciclada— fue decirle que sí.

Porque, aunque no estaba de acuerdo con lo que Richard planeaba hacer, le tenía cariño.

Es guapo, tiene su lado sentimental y es amable conmigo hasta por mensaje de texto.

Además, un gimnasio premium boutique sonaba a toallas de eucalipto perfectamente enrolladas, y, honestamente, cualquier actividad que no implicara lavar contenedores de gatitos sonaba a vacaciones.

Así que le escribí:

—No puedo hoy. Tengo la lavandería convertida en UCI neonatal, y a June, Jess y Leo trabajando en el segundo piso. Además, tengo que contestar a tres clientas de Austin.

Le di a enviar. Puse el teléfono boca abajo y me fui a preparar café, que es exactamente lo que hago cuando no sé si en el fondo quiero que me convenzan.

A las 8:00 a. m. ya estaba sentada en la mesa de la cocina con mi laptop abierta en mi cuenta personal de Instagram; no en la de Everything In Place , sino en la real, esa donde subo los «antes y después» de los clósets sin filtros y con manchas.

Tenía treinta mensajes sin leer. Y no eran simples notificaciones.

Eran mensajes de gente real que me debía dinero, a la que le debía dinero o que quería darme dinero.

Tres eran de clientas de Austin: Maya, ¿estás libre la semana del 15 de septiembre? Necesito despensa completa, mi esposo volvió a vaciar Costco.

Uno era de mi primo en Dallas: ¿Ya pensaste lo de los 95k? Deadline el viernes. Te guardé la oficina con ventana, te va a encantar.

Dos de mis amigas: ¿Dónde te metiste? Desapareciste del chat de grupo. ¿Estás bien?

Y uno de una clienta a la que había rechazado el mes pasado por decirle que su clóset no necesitaba organización sino un exorcismo; ahora me quería de vuelta porque el exorcista que contrató no le organizó la ropa por colores. Yo se lo advertí.

Empecé a contestarles usando la plantilla profesional que Priya me había obligado a redactar para no sonar desesperada: ¡Hola!

En este momento estoy en Savannah realizando un trabajo patrimonial histórico.

Mi calendario de septiembre está un poco apretado, pero lo reviso y te contesto el jueves con una propuesta. Gracias por tu paciencia.

Copiar. Pegar. Enviar. Etiqueta mental: RESPUESTAS / AUTOMÁTICAS / NO MENTIR / PERO NO CONTAR TODO .

Jess bajó a la cocina pasadas las ocho, todavía en pijama. Llevaba una libreta de campo asomando por el bolsillo trasero y traía unos panecillos.

—¿Qué tenemos para hoy? —preguntó, evaluando mi laptop abierta y mi cara de contadora en crisis.

—Estoy atrasadísima. Tengo lo de la gata, los planos, Eleanor y a...

—Nos tienes a nosotros —me interrumpió Jess—.

A Leo y a mí. Estamos comprometidos a ayudarte con el segundo piso.

De verdad. Y no hablo del tipo de compromiso de tus clientas de Austin, que dicen estar súper comprometidas y luego te cancelan porque encontraron a una chica en TikTok que les organiza la vida en cajas de zapatos.

Me quedé mirando la pantalla del microondas, que siempre parpadea en las 12:00 porque nadie se ha dignado a programarlo.

Llevaba siete días en Savannah, pero solo había cotizado tres.

Como cobro tarifa diaria, cada día extra significaba que mi propia ganancia se estaba devorando a sí misma.

Saqué el Post-it amarillo, ese de los números que jamás le mostraría a Priya: 7 días x tarifa - bencina $120 - remolque $250 - comida gato $47 - tazas en The Coffee Fox - multa $175 = -$1,200. En rojo.

Jess se sentó a mi lado y me arrancó el Post-it de las manos.

—Desde el punto de vista del tiempo, aceptar este trabajo no fue una buena idea —admití en voz alta por primera vez, sin tapujos ni etiquetas. Me dolió escucharlo.

Jess no dijo nada. Solo sirvió café en mi taza que decía WORLD'S OKAYEST ORGANIZER y luego en otra que le había sacado a June, que decía WORLD'S OKAYEST ARBORIST ASSISTANT . Las tazas hermanas.

En ese instante, Theo pasó por la ventana de la cocina cargando su regadera.

Llevaba la misma camisa caqui de trabajo con el T.

Walker bordado en el bolsillo. Me miró a través del cristal, vio la mesa llena de papeles y mi Post-it en números rojos, y levantó la regadera a modo de sombrero. Un reverencial saludo de arborista.

Y, sin querer etiquetarlo, pensé que tal vez esta era la vía rápida hacia ese amor que nunca logré encontrar organizando despensas en Austin. No me refiero al amor de película, sino al amor de alguien que riega los árboles a las seis de la mañana a pesar de tener la mano vendada.

Cerré la laptop de golpe.

—Ok —le dije a Jess—. Cambio de planes. Leo, June y tú se encargarán de hacer el inventario del segundo piso hoy.

Empiecen por los clósets del dormitorio principal.

Ya saben cómo trabajo: contenedores transparentes, etiquetas con mi rotuladora y fotos con escala.

No boten nada que parezcan las perlas de Eleanor, ni cartas viejas, ni luces de Navidad, aunque sean de 1987 y parpadeen raro.

Jess sonrió. Esa típica sonrisa suya que pone cuando sabe algo que yo no, y se lo guarda para no herir mi ego de jefa.

—Te refieres a Richard y a Theo.

—Me refiero a la casa, al árbol, a Richard y a Theo. Este supuesto triángulo amoroso en realidad es un cuadrado. Un cuadrado con un roble gigante atravesado en el medio. Es un absoluto desastre geométrico.

—Yo me encargo —dijo Jess, poniéndose de pie—. Leo, June y yo tenemos el segundo piso bajo control. Tú ve a resolver tu triángulo, tu cuadrado, o lo que sea que necesites etiquetar hoy.

Con ese frente cubierto, cambié de opinión. A las 9:00 a. m. le envié un mensaje a Richard: Ok. ¿Dónde queda el gimnasio? Mándame la ubicación. Pero solo iré a una clase. Tengo gatitos en la UCI.

Gimnasio boutique . 9:45 a. m. Savannah apenas amanecía envuelta en neblina.

Por dentro, el lugar era todo paredes negro mate y un neón rosado que proclamaba SWEAT IS LUXURY en letras cursivas, como si transpirar fuera el equivalente a llevar un bolso de diseñador.

Las toallas de eucalipto estaban enrolladas a la perfección, gruesas como burritos, apiladas como si estuviéramos en un hotel de cinco estrellas.

Vendían batidos de 14 dólares con nombres como Glow costaba $38 dólares por el día, pero él ya la había pagado antes de que yo pudiera abrir la boca. Me guió hasta la recepción.

—Chase, mi entrenador, puede hacerte una evaluación gratis de movimiento funcional. Si decides quedarte más tiempo, te consigo una membresía. Un amigo mío es el dueño de la cadena allá en Charleston.

Y otra vez afloró mi primer instinto: decir que sí a todo. Evaluación gratis, membresía gratis, entrenador con dientes perfectos que me diagnosticaría un core débil. Era la salida fácil. Siempre digo que sí a lo gratis, aunque a la larga termine pagando un precio.

—Vivo en Austin —le recordé—. No me sirve una membresía en Savannah. Además, no voy a estar aquí más de... en realidad, no sé cuánto tiempo más voy a estar.

—Lo sé —respondió, pero esta vez se lo vio genuinamente decepcionado, no con esa decepción prefabricada de vendedor. Se secó la frente con una toalla inmaculada que olía a eucalipto puro—. Siempre repites lo mismo.

—Porque es la verdad. Vivo y trabajo en Austin. O, bueno, vivía. Ahora mi vida transcurre entre Austin y una lavandería llena de cuatro gatitos y un conejo que, por ahora, se llaman todos Raíz.

Tomamos la clase. Fue una tortura. Burpees , pesas rusas de 8 kilos que se sentían como de 80, y un instructor con micrófono que no paraba de gritar: «¡Vamos, Savannah, suda tu historia!

». Emily Brooks, la fisioterapeuta de Eleanor, estaba en la primera fila.

Llevaba un conjunto deportivo verde oliva, la coleta pegada a la nuca por la transpiración real, y al verme se rio en silencio.

—Aquí nadie suda de verdad —me articuló exagerando los labios—. Todos vienen para que los vean sudar.

Duré cuarenta minutos antes de rendirme.

Me dejé caer en un banco de madera negra, me tapé la cara con la toalla de eucalipto y me quedé jadeando como si hubiera corrido un maratón.

Cuando la clase terminó, Richard se acercó.

Se veía impecable; ni siquiera estaba empapado, solo tenía una fina línea de sudor en la frente que, de hecho, le sentaba bastante bien.

—¿Viste? No estuvo nada mal —dijo, ofreciéndome uno de esos batidos verdes de $14.

—Estuvo... ok —admití con honestidad—. Simplemente no es lo mío. Prefiero caminar al aire libre, entre árboles que no me gritan «vamos, Savannah».

Se sentó a mi lado, tan cerca que nuestras rodillas se rozaron.

—Quiero mostrarte algo después. Es sobre la casa. Traje los números.

Dieron las 12:00 p. m. y todavía no había llamada de Karen Doyle desde el ayuntamiento. No hubo aprobación fácil. Habría sido demasiado bueno para ser verdad, y en esta casa las cosas nunca son fáciles.