Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

(Desde siempre)

C uando las orquídeas florecen, emanan una explosión de belleza inexplicable, de fragancias exquisitas, tonalidades de colores infinitos…

El mundo parece hacer una pausa para mirarlas.

No es solo su belleza. Es la forma en la que existen. Como si supieran exactamente quiénes son, como si no necesitaran nada más que ser para llenar el espacio de sentido. Una presencia que no pide atención… pero la recibe.

Ella era como una orquídea.

Y yo… el clima perfecto para hacerla florecer.

—

Sueño con ella desde que tengo memoria.

Tenía apenas siete años cuando fui consciente de su imagen con absoluta claridad. Antes de eso ya estaba ahí, pero fue en ese momento cuando dejó de ser una sensación difusa y se convirtió en alguien.

A esa edad, el mundo todavía es un lugar en donde todo es posible. Los cuentos no son fantasía, son promesas; y los sueños, extensiones de la vida que aún no entendemos. No sabía quién era ella, ni de dónde venía, ni por qué aparecía en mis noches con una claridad que ningún otro recuerdo tenía.

Pero sabía algo.

Sabía que era importante.

En mis sueños siempre estábamos en el mismo lugar. Una banca de madera perfectamente tallada, con una textura viva, como si aún respirara dentro de ella la historia del árbol que fue.

A nuestro alrededor, un jardín inmenso, desbordado de flores que parecían haberse puesto de acuerdo para existir en su punto más perfecto. Colores intensos, aromas suaves, vida en cada rincón.

Frente a nosotras, un lago.

Tranquilo.

Profundo.

Espejo del cielo.

El viento lo tocaba apenas, dibujando pequeñas ondas que desaparecían tan rápido como nacían, como pensamientos que no logran quedarse.

Ese mismo viento rozaba nuestras mejillas con una delicadeza que hacía imposible no cerrar los ojos por un segundo… solo para sentir.

Nunca hablábamos.

No hacía falta.

Había algo en su mirada que decía todo. Sus ojos, ligeramente rasgados, sostenían una profundidad que me resultaba imposible de explicar.

No eran solo bonitos… eran familiares. Como si los hubiera visto antes. Como si pertenecieran a un lugar dentro de mí que aún no descubría.

Su boca, suave, rosada, siempre sostenía una sonrisa leve. No era una sonrisa completa, era una promesa de ella.

Y su piel… su piel tenía esa cualidad extraña de reflejar la luz, como si el sol la eligiera primero a ella antes que a cualquier otra cosa.

Como una orquídea al amanecer.

Yo solo podía mirarla.

Y cuando su mano encontraba la mía, el mundo dejaba de existir.

Durante mucho tiempo creí que era un sueño bonito. Una extensión de los cuentos que mi padre me leía por las noches.

Pensé que quizá era una princesa, una de esas que vivían en castillos lejanos, esperando ser encontradas.

Me gustaba imaginar que me estaba invitando a su mundo, que ese jardín era suyo, que ese lugar existía en algún punto escondido del universo.

Pero había algo que no encajaba.

No se sentía como un cuento.

Se sentía… real.

A los once años, algo cambió.

Una mañana, mientras jugaba en el jardín de mi casa, la vi.

Una orquídea.

Creciendo en uno de los árboles, como si hubiera decidido aparecer ahí sin pedir permiso.

Era diferente a todo lo que había visto antes. Tres flores apenas abiertas, de un amarillo vibrante con líneas rosadas dibujando caminos imperfectos en su centro.

Me acerqué sin pensar.

Y cuando estuve lo suficientemente cerca para verla de verdad… lo entendí.

Sentí lo mismo que sentía en mis sueños.

Esa calma inexplicable. Esa felicidad suave que no necesita razón. Ese silencio interno en donde todo está bien.

Fue la primera vez que algo en el mundo real me hizo pensar en ella.

Ahí empezó todo.

Con el tiempo dejé de creer que era una princesa.

Empecé a sentirla como algo más… necesario.

Como el agua para las flores.

Como el aire para respirar.

Como si mi vida, de alguna forma que no lograba explicar, estuviera conectada a la suya.

Un día, viendo a mis padres abrazarse en la sala, riendo como si el tiempo no existiera, algo dentro de mí se movió con fuerza.

Quería eso.

Pero no con cualquiera.

Con ella.

La urgencia me recorrió el cuerpo como un impulso imposible de detener.

Corrí hacia ellos sin pensarlo, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salir primero.

—Mamá, papá… estoy enamorada —dije.

Se miraron entre ellos, sorprendidos.

—¿De quién, amor? —preguntó mi madre, con una sonrisa que intentaba entender.

Respiré profundo.

—De una mujer… pero solo la veo en mis sueños.

El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios que había conocido.

Mi madre se acercó a mí, tomó mi rostro entre sus manos con suavidad y dijo:

—Ammar, es normal imaginar cosas a tu edad. Pero los sueños… son solo sueños.

Algo en mí se rompió en ese instante.

No porque me corrigiera, al final solo era una niña de 11 años.

Sino porque no me entendió.

No era un juego.

No era imaginación.

No era una amiga invisible.

Era… amor.

Lloré como si me hubieran quitado algo que nunca tuve en las manos, pero que siempre había sentido mío. Me tiré al suelo sin poder controlar el aire que entraba y salía de mi cuerpo.

Sentía que, si ella no existía, entonces yo tampoco sabía cómo existir sin ella.

Mi madre, preocupada, intentó calmarme.

—Escucha… si esa mujer existe, algún día la vas a encontrar. Como yo encontré a tu padre.

Y entonces…

Todo volvió.

La esperanza.

Desde ese día, dejé de buscar respuestas.

Y empecé a esperar.

Crecí con la certeza de que en algún lugar del mundo, ella también existía.

Y que, de alguna forma, nuestras vidas ya estaban escritas para encontrarse.

Mientras tanto, cada noche seguía regresando a ese jardín.

A esa banca.

A ese lago.

A ella.

Porque hay amores que no empiezan en esta vida.

Y el mío… yo ya lo había estado viviendo desde siempre.

Hay amores que no llegan

como esperabas.

Pero llegan por una razón.