Toda la vida es ahora Capítulo 56 Lily
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Capítulo 56 Lily

Me senté en el pequeño banco de nuestro portal rodeado de cristales; mi cuerpo descansaba en la comodidad del cojín.

El aire fresco del otoño me provocó un ligero escalofrío.

La manta de punto que había comprado en la tienda de segunda mano de Myrtle Avenue me envolvía la cintura y los nudos dorados de sus hilos caían justo por debajo de mis rodillas para dejar la planta de mis pies expuesta a la brisa.

Alargué la mano hacia la taza que reposaba sobre la mesa de centro hecha de roble; el aroma del té de jazmín me atraía hacia ella.

Al ver mi mano extendida, mi marido se levantó del sillón de orejas en el que estaba leyendo el periódico.

—No debes esforzarte demasiado —dijo y me pasó la taza de cerámica—. Ahora es el momento de tomártelo con calma.

Calma.

Eso es lo que él siempre había traído a mi vida, siempre había tratado con cuidado los contornos de mi corazón y ahora también los de mi cuerpo. Era una lección que por fin estaba aprendiendo por mí misma, este aprendizaje de la ternura.

—Tu madre dijo que vendrá el próximo mes para ayudarnos —comentó y levantó una esquina de la manta para deslizarse debajo de ella; su cuerpo cálido se acurrucó a mi lado—. ¿Estás lista?

—Más lista que nunca —le aseguré y esbocé una pequeña sonrisa.

Mi madre y yo habíamos hablado todos los días desde que la llamamos para darle la noticia. Podía oírla llorar bajito al otro lado de la línea mientras llamaba a mi padre al salón. «Una nueva página», susurró, rompiendo el silencio con su voz débil.

Era, lo admitía, un nuevo capítulo.

Para ella y para todos nosotros.

Acomodé mi cuerpo cuando mi marido se acercó y sus pies buscaron los míos. La redondez de mi vientre se asomaba por debajo de la manta.

Chris me rodeó los hombros con los brazos.

Habían pasado muchas cosas en los años posteriores a nuestro reencuentro.

Mucha vida.

Muchas pérdidas.

Y, a pesar de eso, mucho amor.

Hay días en los que todavía me maravilla cómo se desarrollaron los eventos, la locura que supuso.

Sin embargo, él se convirtió en mi estrella polar, la calma en medio del mar embravecido de la duda.

Quizás no era el amor de cuento de hadas, con fosos a cruzar y villanos que derrotar, pero era el amor con el que siempre había soñado, sueños más grandes de lo que jamás me había atrevido a imaginar.

Era un amor que aportaba ligereza en medio de la densidad, que se mantenía firme y completo frente a los embates devastadores de un final imprevisto.

Chris me trajo alegría y me dio tiempo, tiempo para que sanaran los cuerpos y se repararan las almas. Él me percibe como la mujer en la que me he convertido, no solo como la chica que fui una vez.

Y decide elegirme siempre.

Su valentía es constante y coherente.

Aun así, cuando me siento junto al fuego, a menudo pienso en ella. ¿Qué diría de todo esto? ¿Qué pensaría de que encontráramos consuelo el uno en el otro, de que esta amistad se convirtiera en romántica, en infinita?

«El amor es libertad», casi puedo oírla decir, tumbada en la alfombra blanca y sucia de nuestra residencia universitaria. «El amor es una elección».

Y su amor, por encima de todo, era regenerador.

Ella fue la semilla que despertó el amor en todas sus formas: una hermandad nacida del destino, un romance nacido de la paciencia, una familia reunida y rescatada.

El suyo es el amor del que espero hablarle algún día a mi hija, cuando esté lista para escucharlo.

Se lo contaré desde el principio.

Le diré que vale la pena encontrar el amor y luchar por él, si se tiene el valor suficiente para reescribir un nuevo final.

Si eres tan fuerte como para sobrevivir a él.

Le contaré una historia de amor y libertad, un cuento de serenidad y paz.

Le contaré cómo un alma puede encontrar descanso en otra, cómo puede volver a encontrar un hogar.

Rezaré para que emprenda un viaje en busca de sus propias respuestas; para que se ame a sí misma por completo, para que se ponga siempre por delante.

Por encima de todo, rezo para que encuentre a alguien que la ame con los ojos bien abiertos.