13. Cena
Cena
Alex sesteaba en el asiento del copiloto mientras conducíamos hacia la casa de Cindy.
El año pasado, la vivienda había quedado diezmada por un cíclope enviado por Darius.
Pero los Cruzados pagaban bien, sin mencionar a Heiligeslicht.
Cindy era una purificadora muy solicitada y tenía más que suficiente ahorrado para reconstruir y reformar su antigua casa hasta que quedó mejor que nueva.
—No sé por qué él puede ir sentado delante —exclamó Treth, sonando petulante. Alex roncó en respuesta.
—Es un gato. Los gatos siempre tienen preferencia. Y, de todos modos, tú ni siquiera necesitas sentarte —respondí, observando a Treth por el espejo retrovisor. Estaba sentado en el asiento trasero, cruzando los brazos como un niño pequeño enfadado.
—He pasado años sin cuerpo. ¡Ahora que puedo sentarme, quiero hacerlo!
—Bueno, Alex también quiere sentarse. Y quiere sentarse delante. ¿A que sí, pequeño?
Alex me miró y maulló. Era casi como si me entendiera.
La casa de Cindy estaba bastante alejada del Cuartel General de los Cruzados.
A una distancia prudencial. Ayudaba a establecer una barrera entre el trabajo y el descanso.
Brett y yo no sentimos que eso fuera necesario para nuestro primer apartamento, pero ambos sabíamos que, en el futuro, querríamos la obligatoria casa en las afueras.
Guy y Cindy eran mayores que nosotros dos, aun siendo Brett mayor que yo.
Se merecían tener una vida adulta con césped.
Giré para entrar en la calle de Cindy, experimentando una ligera y agradable sensación de déjà vu. Había vivido allí durante un tiempo. Y, a pesar de todo lo ocurrido, había pasado momentos felices.
El nuevo hogar de Cindy se parecía mucho al antiguo.
Pero sabía que, al vivir Guy allí ahora, habría dispositivos de seguridad ocultos por todo el edificio.
Dudaba que un cíclope pudiera aplastarla tan fácilmente ahora.
Y definitivamente le daría un susto a cualquier vampiro.
Posiblemente, uno eléctrico literalmente.
La furgoneta negra de Brett, blasonada con el logotipo de los Cruzados, estaba aparcada fuera.
En su lugar de siempre. Eso también me produjo una sensación de sentimentalismo.
Y entusiasmo. Había visto a Brett hoy mismo, pero parecía que hubiera pasado una eternidad.
¡La gente podría decir que estaba enamorada!
La gente cursi, se entiende. Pero yo soy dura. Dura como el cuero de un trol. Tal vez.
No pasó mucho tiempo desde que abrí la puerta de mi coche hasta que Alex trepó sobre mí y salió disparado hacia la puerta principal de Cindy.
—Pequeño monstruo excitado —comentó Treth. Seguía resentido por haber tenido que sentarse atrás.
Me reuní con mi gato ante la puerta y toqué el timbre.
—¿Quién es? —preguntó una voz cantarina a través del interfono.
—Soy yo, Duer. Déjame entrar.
—¡No conozco a nadie que se llame Maddy! ¡Largo de aquí! —respondió el pixie.
—No he dicho mi nombre.
Hubo una pausa. Y entonces se abrió la puerta. Alex entró corriendo, para ser recibido por un coro de saludos de los pixies, que revoloteaban por la casa cargando con toda clase de baratijas y comida. Parecía que estaban celebrando su propia fiesta.
—Hola, Duer —sonreí. Mi amigo pixie me miró con una fingida expresión de irritación, pero brilló con un oro radiante justo antes de abalanzarse sobre mí y abrazarme el pecho. Le di unas palmaditas en la espalda.
—Yo también te he echado de menos, pequeñajo.
—¡Eh! ¿A quién llamas pequeño? —Hinchó las mejillas—. La gigante eres tú. Yo tengo un tamaño normal.
Me reí y entré, justo cuando Cindy asomaba por la esquina, vestida con un delantal que tenía el dibujo de un panda en el frente. El panda llevaba el mismo delantal, creando un bucle infinito.
Mi amiga resplandecía. Una expresión muy bienvenida comparada con la que había tenido durante los últimos días.
—¡Kat! —exclamó, y nos abrazamos.
Se fijó en la bolsa que llevaba en la mano.
—¿Vino? No debías. ¿Blanco y tinto? ¡Oh, y chocolate con menta!
Parecía que me había perdonado por desobedecer sus órdenes.
Alex ronroneaba a todo pulmón mientras rodaba por el suelo. Una bandada de pixies jugueteaba sobre su pelaje y con sus patas.
—¡Hacía tiempo que no lo veía con los pixies! Parece que todos se llevan bien —comenté.
—Sí —respondió Duer, revoloteando junto a mi oreja—. Es nuestro gato de guerra. Parte de la kinth.
—¿Qué?
Duer me ignoró y se unió a Brivvy, y cogidos de la mano, se sumaron al juego con Alex.
Miré a Cindy buscando una explicación. Ella se encogió de hombros.
Los pixies eran un misterio que no valía la pena contemplar. Siempre que se llevaran bien con mi gato, me bastaba.
Cindy me condujo al salón, lleno de muebles nuevos y una estantería reabastecida, donde Brett estaba sentado con Themba y Guy viendo Fútbol Mágico.
Era igual que el fútbol del pre-Cataclismo, pero todos los jugadores tenían algún tipo de magia no letal que podían usar para mejorar su juego.
Yo no le veía la gracia. Los magos telequinéticos dominaban el campo en todo momento.
Perdí el interés por el partido de inmediato.
En cambio, noté que esta era la primera vez en mucho tiempo que veía a los tres hombres sin su equipo táctico.
Guy vestía una camiseta informal y vaqueros.
Themba parecía estar en pijama. Y Brett, mi querido Brett, llevaba una camisa de vestir blanca y pantalones de traje negros.
¡Ay, mi corazón! Debería pedirle que se vista formal más a menudo.
Brett se giró al notar mi presencia y su sonrisa brilló. Le devolví la sonrisa mientras se levantaba para recibirme con un abrazo y un beso. Luego saludé a Guy y a Themba con sendos abrazos.
—¿Cómo ha ido la caza? —pregunté.
—¿Cuál de ellas? —preguntó Brett.
—Themba nos ha acompañado contra unos necrófagos —aclaró Guy, señalando a su primo.
—¡Eso es genial! ¿Estás listo para unirte a los Cruzados?
Themba sonrió, solo un poco, pero recuperó su mirada de los mil metros. Tenía demonios. O, más exactamente, vampiros. Le llevaría mucho tiempo recuperarse. Pero cada pequeño paso era positivo.
Cindy se aclaró la garganta.
—Señor Mgebe, cariño. Necesito algo de ayuda para poner la mesa.
—¡Nosotros podemos ayudar! —me ofrecí.
—¡No, no! —insistió Cindy—. Sois invitados. La cena estará lista en breve. ¡Relajaos! Las Grietas saben que lo necesitáis.
Guy se levantó para seguir a Cindy, pero vaciló, mirando hacia su primo y hacia Brett. Brett asintió con la cabeza.
Debe de ser duro para Guy. Y para Cindy. Debería ver si hay alguna forma en la que pueda ayudar.
Me senté en el sofá junto a Brett, frente al partido. Escocia acababa de marcar un gol contra Escandinavia. Me pregunté si Thor estaría mirando. Sospechaba que el fútbol podía ser demasiado aburrido para él.
Themba no decía palabra. Tenía los ojos clavados en la pantalla, pero dudaba que estuviera prestando atención.
Brett me pasó el brazo por los hombros. Apenas me di cuenta. Parecía que estaba mirando, pero tenía otra cosa en la cabeza.
La figura dorada. ¿Quién era? ¿Qué era?
Pranish dijo que no era nada de qué preocuparse. Pero preocuparme era mi trabajo.
—Estás tensa —dijo Brett, frunciendo el ceño—. ¿Qué pasa?
Suspiré y me dejé acurrucar contra su hombro.
—Lo siento. Es que... he visto algo antes de irme. Pranish dice que probablemente no sea nada.
—Pranish no siempre tiene razón. ¿Qué era?
—Probablemente algún residuo de ilusión o de magia de purificación. Solo una figura dorada junto al CG. Ha volado hacia el callejón y luego ha desaparecido.
—¿Él... —Brett señaló al asiento vacío, donde Treth estaba ahora sentado de forma invisible— lo ha visto?
Asentí. —Desde lejos. Y Candace también.
Brett se rascó la barbilla pensativo.
—Pranish dice que la magia dorada rara vez es motivo de preocupación —insistí—. Probablemente solo sea un fae.
—Los fae no siempre son inofensivos. Excluyendo a los presentes.
—¡Eh! ¡Podría arrancarte los miembros uno a uno! —chilló un pixie en respuesta.
Ignoramos al pequeño fae y finalmente decidió marcharse volando para unirse a su kinth y a su banquete. Esperaba que Alex se lo estuviera pasando bien con ellos.
Finalmente, Brett levantó la vista.
—Estaré atento —dijo—. Puede que no sea nada, pero siempre es más seguro presuponer que es algo.
Era el Cuerpo el que hablaba. Brett hacía tiempo que había aceptado las partes más duras de su participación en el Cuerpo de Exterminio, pero seguía viviendo dentro de él. Solo esperaba que no le estuviera consumiendo por dentro.
Sonreí agradecida, ocultando mi preocupación, y le besé. Justo entonces oí gritar a Cindy.
—¡La cena está servida!
Brett y yo nos levantamos y caminé hacia el comedor, deteniéndome solo al darme cuenta de que Brett seguía de pie junto a Themba, que aún no se había movido.
Ninguno de los dos hablaba. Sin movimiento. Pero podía adivinar la conversación tácita.
—¿Vienes a sentarte con nosotros? —preguntaba Brett, simbolizado por su postura abierta, dando espacio a Themba para levantarse y pasar a su lado.
—No —respondería Themba. Simplemente.
—Significaría mucho para Cindy —continuaría entonces Brett—. Y para tu primo.
Themba haría una pausa. Y entonces...
Se levantó, aturdido. Brett le dio una palmadita en la espalda y todos nos dirigimos al comedor.
Justo al cruzar el umbral del salón, nos recibió de inmediato el delicioso olor del curry.
El aroma era tan embriagador que podía sentir manos de dibujos animados agarrándome y llevándome de la nariz hasta el comedor.
Cindy y Guy estaban detrás de su mesa de comedor antigua, recién comprada. Y sobre ella había una olla de curry de cordero que aún burbujeaba y olía de maravilla.
—¡Venid, venid, sentaos! —Cindy señaló los asientos alrededor de la mesa.
—¡Huele increíble, Cins! —exclamé mientras me sentaba junto a Brett. Themba se sentó a la cabecera de la mesa.
Guy señaló una botella de vino blanco. Sonreí y le acerqué mi copa. ¡Al fin y al cabo, esta noche era para soltarse! No recordaba la última vez que me había emborrachado de verdad.
Cindy nos sirvió la comida a todos, pero seguía sin sentarse.
—¡Empezad, por favor! —insistió.
Sin querer desairar a la anfitriona, empecé a comer y me recibió de inmediato una explosión de sabor. Era suave. Nada picante. En su punto justo. Una comida reconfortante y sustanciosa.
—¡Está delicioso!
—¡No sabía que supieras cocinar, Cins! —afirmó Brett, casi incrédulo.
—¡Cindy es una chef increíble! —respondió Guy, con voz animada—. ¡Tendrías que probar su bistec!
Brett hizo una mueca. —A ti te gusta el bistec quemado como el carbón.
—Necesito que le saquen al diablo cocinándolo. Y ni una gota de sangre. No soy ningún vampiro.
Themba asintió conforme. Tenía una opinión similar.
Brett se rió y tomó otro bocado.
—Pero chicos —continué—. ¿Por qué no os sentáis?
Me di cuenta de que Cindy se estaba ruborizando. Guy se acercó a ella y le tomó la mano. Compartieron una mirada larga y tierna. Eso pareció darle a ella la fuerza que necesitaba.
—Kat, Brett... Themba... Guy y yo tenemos un anuncio que hacer.
Brett levantó la vista de su plato. Su mano apretó más el vaso de cerveza. Tensión.
Cindy cambió el peso de un pie a otro, con timidez. Un nivel de timidez que nunca le había visto a la Paladín-Purificadora. La mano de Guy apretó la de ella.
—Nos vamos a casar —dijo él, en su tono profesional habitual, pero su sonrisa lo decía todo.
Prácticamente chillé de emoción, levantándome tan rápido que por poco tiro la silla. Fui a abrazar a mis amigos, soltando mis felicitaciones a borbotones.
Cindy me enseñó el anillo. Era una alianza de plata. ¡Práctica y bonita!
Estaba tan emocionada que tardé un poco en darme cuenta de que Brett seguía sentado. Tenía los ojos humedecidos. Pero sonreía. Y lo conocía lo suficiente para saber que la sonrisa era genuina.
Levantó su vaso.
—¡Un brindis! —anunció—. ¡Por la mejor purificadora del mundo y por mi hermano!
Yo también levanté mi copa.
—Estoy tan feliz por vosotros. ¡Por los dos! —susurré, antes de dar el trago de rigor.
Finalmente, Cindy y Guy se unieron a nosotros en la mesa y nos sentamos a disfrutar de la comida, charlando sobre cómo Guy le había propuesto matrimonio mirando al mar e incluso le había pedido permiso a los camaradas de Cindy en Heiligeslicht, lo más parecido a unos padres que ella tenía. Anticuado e inmensamente dulce.
Brett seguía conmovido. Le apreté la mano y él sonrió a través de las lágrimas. Incluso Themba tomó la palabra para felicitar a la pareja.
—No estoy seguro de cuál de los dos no se merece al otro —dijo, con un deje del antiguo ingenio que debió de tener antes de su trauma.
—Entonces, ¿vas a ser la señora Mgebe o el señor Giles? —pregunté.
—Ambos —respondió Cindy, mirando a Guy.
Él se encogió de hombros. —No puedo ser quien elimine el apellido Giles. Tiene poder.
—Pero yo también quería su apellido —dijo Cindy—. Así que, lo mejor de ambos mundos.
—Cindy Giles-Mgebe. Guy Giles-Mgebe. —Probé ambos nombres en voz alta. Funcionaban.
—¡Otro brindis! —anunció Brett, levantando su vaso de cerveza ahora vacío—. ¡Por los Giles-Mgebe!
Guy se levantó para traerle más cerveza a Brett. Después de todo, traía mala suerte brindar con el vaso vacío. Yo me serví un poco más de vino en la mía.
Justo entonces sentí y oí una vibración en mi bolsillo. Una llamada.
Brett la oyó. Fue un zumbido fuerte.
—Sea lo que sea, los demás pueden encargarse —explicó Brett, con una sonrisa que se volvió tensa por un momento. No quería que nada arruinara esta noche.
Metí la mano en el bolsillo y, sin mirar la pantalla, cancelé la llamada. Nada iba a arruinar el atardecer de Cindy y Guy.
Eso fue lo que pensé. Antes de que el teléfono volviera a sonar, seguido de los móviles de todos los demás. Incluso el teléfono fijo sonó. Todo al unísono, soltando una cacofonía de vibraciones y tonos de llamada entremezclados.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Una Alerta General de los Cruzados ya era bastante mala. Pero eso solo activaría los teléfonos móviles. No el fijo...
Guy dejó de sonreír. Dejó con cuidado la botella de cerveza que acababa de coger y respondió a su móvil. Todos los demás dejaron de sonar a la vez.
Se llevó el teléfono a la oreja y no dijo nada.
Alguien habló al otro lado. Él me tendió el teléfono.
Tentativamente, mientras un Brett enfadado observaba, acepté el teléfono.
—Kat Drummond —dijo una voz como ácido frío en mi oído.
El miedo y la rabia lucharon en mi corazón. Había oído esta voz antes. Esta mañana. Pero tenía que estar segura...
—¿Quién es?
—Soy tu ajuste de cuentas, Kat Drummond. El nuevo señor de Hope City. Aquel que conquistará vuestro mundo. Soy el Necroseñor. Y tengo a tus amigos...