Tierra Maldita (Serie Kat Drummond 13) 10. Mortalidad
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10. Mortalidad

Mortalidad

La ventaja de delegar la guerra en la policía y en mis dos lugartenientes era que podía centrarme en otros asuntos importantes.

Como relajarme. Durante unos segundos, claro.

No creo que haya llegado a relajarme de verdad últimamente.

Estoy segura de que a mis personajes de los juegos en línea a los que solía jugar les han salido telarañas.

Hace tiempo que desistí de intentar estar al día con cualquier serie de televisión.

Pero retrasar el inevitable conflicto con el Señor Necro me dio un respiro para centrarme en otras cosas.

Como el caso del gólem. Y, aunque estaba decidida a destruir a ese nuevo señor de la guerra, no podía permitir que hubiera gólems correteando por mi ciudad.

Además, los rabinos habían prometido una recompensa generosa.

Brett y Hammond recibieron noticias de un demonio menor cercano en la Ciudad Vieja mientras salíamos de la Policía de Gardens. No estaba de humor para asar diablillos, así que me despedí de ellos y regresé por mi cuenta al CG.

No había descanso para los malvados, sin embargo, ni para quienes los mataban. Pues, en cuanto llegué de vuelta a el CG, una nerviosa Jane Phoenix me recibió en la puerta.

—Kat… hay un hombre en tu despacho. Dice que os conocéis.

Suspiré. —¿Ha dado algún nombre?

—Danny Black. Pero sospecho que es un alias. ¿No debería haberle dejado entrar? Se ha mostrado tajante en que le esperabas.

—No le esperaba. Pero no importa mucho. Iré a verle ahora mismo.

Despaché a Jane con un gesto y suspiré.

—Me pregunto quién podrá ser —comentó Treth.

—Espero que sea el ladrón de gólems buscando hacer un trato. Me ahorraría mucho tiempo de rastreo.

Subí las escaleras hacia mi despacho. El zumbido de las obras amortiguaba el eco de mis botas en los peldaños.

Los Cruzados estaban creciendo. Lo que significaba que necesitábamos más espacio.

Ya habíamos comprado el edificio de al lado.

Las obras servían para conectar ambos inmuebles.

Pronto tendríamos más espacio para oficinas, un lugar para los arsenales y quizá incluso un cuartel para nuestros agentes que no tuvieran casa propia.

Habíamos dejado que algunos durmieran en la sala común, pero aquel no era lugar para un Cruzado.

Finalmente, llegué a mi humilde despachito, situado en una esquina del CG. Me preparé mentalmente para quienquiera que estuviese dentro y abrí la puerta.

—Ah, Drummond —me saludó Thor con su voz atronadora. Su blanca sonrisa brillaba a través de su barba de fuego.

—¿Danny Black? —pregunté, suspirando con alivio y un poco de sorpresa. Para ser un invitado no anunciado, me esperaba a alguien mucho peor que al dios del trueno.

Thor se rio. —No quería asustar a tu recepcionista. Pero sospecho que sabía quién era yo.

—Y entonces decidió darme la sorpresa ella misma. Típico.

Me di la vuelta para colgar el abrigo en el gancho y luego me dirigí a mi escritorio.

Thor alargó la mano hacia mi abrigo, mirándome solo para pedir mi consentimiento. Asentí.

Mi abrigo ronroneó satisfecho ante la atención.

—¿Está vivo? —preguntó.

Asentí. —En cierto modo. El alma de la salamandra aún reside en su interior…

No era exactamente una mentira. Pero era más bien como si el alma de la salamandra estuviera dentro de mí.

—Magnífico. Mi compañero ya me habló de un abrigo así. Era de Hope City.

—¿Beowulf? Conrad me ha hablado de él. Al parecer, lo fichaste tú.

Thor sonrió con sorna.

—Barry insistió en que lo llamáramos así. Pero todos lo llamábamos Cicatriz Blanca. No luchaba contra los troles tan bien como su homónimo. Se hizo una cicatriz enorme en el pecho.

—¿Llamabais? ¿Acaso está…?

—Muerto, sí. —Thor bajó la mirada. Soltó el abrigo y se sentó—. Muchos de mis camaradas han caído. Antes no habría llorado sus muertes con tanta amargura. Sabía que esperaban en el Valhalla. Pero… ya no estoy tan seguro de eso.

—No me digas que el dios ha perdido la fe —intenté bromear, pero Thor no sonrió.

—No es cuestión de fe. He festejado y bebido en el Valhalla con las almas de los hombres y mujeres con los que luché codo con codo.

Nunca se habían ido del todo. Mi padre brindaba en sus nombres y ellos seguían vivos, pese a sus muertes.

Pero todos servían a un propósito allí. No podían morir de verdad todavía, pues se estaban preparando para la batalla final.

Para el Ragnarök. Pero… el Ragnarök ya ha ocurrido.

Y el Valhalla ha sido reducido a cenizas.

—Espera… ¿qué? ¿Ha ocurrido el Ragnarök?

Aquello fue un impacto. Los dioses nórdicos en la Tierra no habían dicho mucho sobre su mundo natal. Todo lo que sabíamos sobre el Ragnarök eran los mitos que conocíamos antes del Cataclismo. La batalla para poner fin a todas las batallas. Donde el Lobo devoraría el mundo.

Y Thor afirmaba que aquello ya había pasado.

—Pero si ya ha ocurrido… —continué—. ¿Por qué estás aquí?

—Debía perecer en el Ragnarök, junto a mi padre. Con mis hermanos y hermanas. Pero uno de mis camaradas tenía otros planes.

Thor miró por la ventana, como si estuviera visualizando aquel día fatídico.

—Antes de que pudiéramos enfrentarnos a Surtr y a sus huestes infernales, mi hermano de batalla nos traicionó.

Mi padre y yo nos vimos atrapados en una grieta creada por Loki y fuimos enviados a Midgard.

Aquí. Pero las cosas habían cambiado desde la última vez que viajamos por vuestro mundo.

Intentamos regresar, pero el Vórtice había desestabilizado los Reinos.

No pudimos abrir ninguna grieta. Estábamos atrapados.

Y… creo que ya sabes el resto. Unimos a nuestro pueblo.

Y ahora, estamos al borde del precipicio…

Se detuvo y se hizo el silencio.

Me di cuenta de que, a pesar de su porte orgulloso y su risa despreocupada, sus ojos estaban profundamente tristes. Demasiado tristes para un hombre con una barba tan fogosa.

—Tú… dijiste que estabas perdiendo tu inmortalidad —dije finalmente. Era un tema delicado. Pero tenía que saberlo. No todos los días moría un dios.

—Tal vez —dijo él—. Las manzanas de Idunn nos mantenían jóvenes.

Eternos. Incluso sin ellas, somos longevos.

Pero ha pasado mucho tiempo desde que mi padre y yo comimos las manzanas.

Incluso ahora, el blanco de su barba parece más producto de la edad que de la sabiduría.

Y mi poder ha disminuido. No estoy seguro de si podría desterrar a Fafnir de nuevo…

—Tonterías —repliqué—. ¡Eres el mejor cazador de monstruos de la Tierra! No necesitas manzanas para seguir dando guerra.

—¿Cómo lidias tú con la mortalidad? —preguntó Thor de repente, pillándome por sorpresa.

—Eh, ¿a qué te refieres?

—Eres una mortal. A pesar de toda tu habilidad y tus poderes. Algún día morirás. Por la espada o en tu cama. Y el Valhalla no te esperará. Al menos, no un Valhalla que yo conozca. ¿Cómo lidias con eso?

—No pienso en ello —respondí simplemente—. No tiene sentido esperar a la muerte. Mi vida podría terminar en cualquier segundo. Contemplar la inevitabilidad de la muerte no cambia nada.

Thor reflexionó sobre mis palabras y sentí que Treth me observaba. Él conocía mis puntos de vista sobre la muerte. Mi propia muerte.

Y sabía que desde Ithalen, yo había estado dispuesta a morir. Si es que no lo había hecho ya. ¿Quizá no podía morir simplemente porque ya había muerto?

—Ayer te vi curar a los moribundos —respondió Thor de repente—. Me conmovió.

—Solo cumplo con mi deber.

Treth asintió, aprobando mis palabras.

—¿Y cuál es tu deber? —insistió Thor.

—Haces muchas preguntas filosóficas y difíciles para tu dominio, dios del trueno. ¿No deberías ser despreocupado e irascible?

Thor se rio y sus ojos sonrieron. Con sinceridad.

—Ah, sí. Mi padre me ha dicho que mi humor ha empeorado. Él parece estar llevando esto mejor que yo. Probablemente debido a su sabiduría. Pero yo no tengo su previsión. Tengo que deambular por los grandes misterios de la vida haciendo preguntas.

—No puedo expresar mi deber con palabras tan sencillas —respondí, satisfecha con la respuesta de Thor—.

Mato a los monstruos que dañan a los inocentes.

Salvo a las personas que no merecen sufrir.

Hago lo correcto porque es lo correcto. Si nos ponemos académicos, hay mucho que diseccionar aquí.

Pero me parece que un código moral simple suele ser mejor que uno complejo.

Hay mucho menos margen para justificar el mal.

—¿Sencillo? Sí. Estoy de acuerdo. —Thor asintió con aprecio—. Yo también quiero salvar a la gente. Proteger a mi pueblo. Un deber sencillo. Un código sencillo. Y por eso te necesito.

Suspiré. Sabía que esto llegaría.

—Lo que pides no es tan sencillo. Mi lugar está aquí. Y no estoy segura de que yo pueda hacer nada que vosotros no podáis en el 6.º Convento…

—Sé lo del Ejército del Recipiente.

Vaya, eso sí es una sorpresa.

—Mi padre ha visto tu hueste —dijo él—. Y la ha comparado con las huestes del Valhalla. Las huestes que abandonamos cuando Loki nos envió aquí. Mi padre está convencido de que este ejército puede romper el velo en el 6.º Convento y destruir su proyecto.

—¿Y qué proyecto es ese? —pregunté, pasando por alto el hecho de que Odín parecía tener un conocimiento íntimo de mis poderes secretos. Bueno, era el dios de la sabiduría, después de todo. Quizá incluso más sabio que Atenea.

—El Ragnarök ha consumido Asgard y los otros reinos —continuó Thor—.

Pero Midgard se ha salvado. No por accidente.

Pues el Vórtice fue creado. De alguna manera.

No estamos seguros de por quién. Pero sabemos que ahora protege la Tierra, a la vez que convierte vuestro mundo en un punto de entrada para todos los Reinos.

Pero, como coste por este acceso a todos los reinos y al Entremedio, la Tierra está en constante cambio.

Ninguna grieta puede mantenerse en este mundo.

El Cónclave quiere cambiar esto. Quieren estabilizar las Grietas de la Tierra y controlar el Vórtice.