Capítulo 59
Nahia giró sobre sí misma y observó la gran plaza en la que estaban.
Las baldosas de roca reflejaban la luz de las estrellas.
Cada una llevaba incrustadas piedras preciosas que emitían pequeños brillos cristalinos.
Reconoció aquel suelo. Una muralla enorme cerraba la plaza por sus cuatro lados.
En cada uno se abría un gran arco sin puertas.
En el centro, tres círculos de plata tallados en la roca rodeaban una fuente grande.
No había dragones ni guardias. No había nada. Todo estaba en silencio.
Miró al norte. Allí se alzaba un arco. Tras él se extendían los Jardines de la Esperanza Baldía. Más allá quedaban la academia y las mazmorras de las que acababan de escapar. Estaban en la Plaza de la Neutralidad. Seguían en Cael-Utrum, el reino neutral.
—Este lugar lo conocemos —Logan miró a su alrededor con los ojos muy abiertos.
«Siempre me ha gustado esta plaza y está cerca de la academia» les envió Eki.
Garran-Zilar-Denbo estiró el largo cuello y observó las cuatro puertas. «Buena elección. Cerca pero lo bastante lejos para tener tiempo de escapar».
Desde el norte llegaban rugidos de alarma.
Nahia vio que Eki ya no era traslúcido. Tampoco tenía la esfera a su alrededor.
—¿El portal se ha cerrado?
Eki agachó la cabeza.
«Eso me temo».
«Lo has hecho increíble, joven dragón plateado. No te sientas mal por los que han quedado atrás. Lo eligieron ellos para proteger nuestra retirada» le envió Garran-Zilar-Denbo.
Nahia recorrió con la mirada a la docena de dragones que habían logrado escapar con ellos. Buscó unas escamas rojas enormes. Solo encontró las de un raudo rojo mucho más pequeño. Al menos un raudo había salido con ellos.
—¿Lehen-Gorri-On? Se quedó, ¿verdad?
«Se quedó a luchar hasta el final para que pudiéramos escapar. Era un valiente. Su sacrificio no será olvidado» aseguró Garran-Zilar-Denbo.
Los dragones de la facción bajaron la cabeza en señal de respeto. Nahia apretó los labios. Aquel dragón escéptico le había salvado la vida.
—Entonces hemos perdido la diadema dorada —comentó Logan.
Uno de los dragones se adelantó hasta Egil. Era Askar-Gorri-Berri, el raudo rojo. Bajó la cabeza hasta la altura del humano y abrió la garra izquierda. Dentro llevaba una bolsa.
«Lehen-Gorri-On me la dio antes de quedarse atrás. Me dijo que se la entregara al estratega».
Egil cogió la bolsa y sacó la diadema. El dorado destelló a la luz de las estrellas.
«Mejor si guardas eso. Es una bendición y una maldición al mismo tiempo» le pidió Garran-Zilar-Denbo.
Egil la metió de vuelta en la bolsa y se la guardó en el cinturón.
—Un objeto muy valioso que me alegro de no perder —Egil dio dos palmaditas a la bolsa.
Aroa movía la cola de un lado a otro sin parar. «¿Qué hacemos ahora?».
Nahia miró a Egil, que observaba el lugar con las manos a la espalda.
—Ahora escapamos de este mundo —respondió Egil sin alterarse.
«¿Cómo vamos a escapar de este mundo?» preguntó Eki.
—Muy sencillo. Tomaremos el portal. El Guardia de la Puerta os dejará pasar. Sois dragones.
Eki ladeó la cabeza. «Ese portal nos llevará al reino del rey dragón rojo».
—En efecto. Y de allí iremos a Tremia, que vosotros llamáis Drameia.
—Nosotros ya hemos hecho ese recorrido antes. No tuvimos problemas —Logan miró hacia el sur y asintió despacio.
Aroa sacudió las alas.
«Eso fue antes de una fuga masiva de dragones de Drakoros».
—Por eso mismo hay que darse prisa —Egil sonrió y señaló al sur.
Garran-Zilar-Denbo entornó los ojos.
«¿Funcionará?».
—Por supuesto. Va a ser fascinante.
—Hay un pequeño detalle que no has tenido en cuenta, Egil. No podemos pasar por Jinetes de Dragón vistiendo estos harapos de presidiarios. Nos descubrirán —Nahia se miró la ropa sucia y rota.
—¿Quién dice que no lo he tenido? —Egil apuntó con la barbilla hacia el norte.
Una docena de Tergnomus se acercaban a la carrera portando sacos. Llegaron hasta ellos jadeando.
—Con los mejores deseos de nuestro líder —el primero dejó su saco a los pies de Nahia.
Los demás soltaron los suyos y todos salieron corriendo hacia el este.
Nahia abrió el saco. Dentro estaba el peto de su armadura de jinete.
—¿Ipotxon?
—¿Quién si no? —Egil le guiñó un ojo.
Nahia y Logan se pusieron las armaduras con rapidez. Luego ayudaron a Egil a ponerse la suya. Para sorpresa de Nahia le quedaba perfecta, como si se la hubieran hecho a medida. Seguro que era así.
—Solo te falta tu lanza dorada.
—Pronto, muy pronto —le prometió él y sus ojos brillaron.
Los rugidos de alarma crecieron y sonaron más cerca.
«Hay que marchar ya» les urgió Garran-Zilar-Denbo.
—Iremos en dos grupos. Los dragones pasaréis primero y abriréis el portal. Los raudos con jinetes iremos después. Entraremos directos —explicó Egil.
«De acuerdo» Garran-Zilar-Denbo inclinó la cabeza.
Egil, Nahia y Logan montaron en los dragones raudos.
—¡A Tremia! —exclamó Egil señalando hacia el sur.
Todos echaron a volar.