79
Salgo del pasillo de servicio de las taquillas arrastrando los pasos, empapada de arriba abajo por el agua de los aspersores de incendios que empieza a remitir.
Tengo el pómulo izquierdo hinchado, el labio roto con sabor a hierro y la chaqueta reflectante de reparto destrozada por los roces de la huida, pero las piernas me aguantan en pie.
Ya no hay dolor. Solo una inmensa sensación de vacío militar y redención.
Me mezclo entre la masa de cientos de pasajeros evacuados que los Mossos d'Esquadra guían hacia las salidas exteriores del vestíbulo, ahora totalmente iluminado por los grandes paneles de la estación que han recuperado la energía eléctrica.
Nadie repara en mí. Soy solo una repartidora nocturna más, herida y sucia por el caos circulatorio de una noche de madrugada que Barcelona olvidará en cuanto abran los primeros comercios del Ensanche.
Cruzo las puertas correderas de cristal y salgo a la inmensidad de la plaza de los Países Catalanes.
Me detengo un momento junto a las techadas metálicas, alzando el rostro hacia el cielo del este.
Por detrás de las siluetas oscuras de las naves del Poblenou y las torres de la Vila Olímpica, despunta el primer rayo de sol real de la mañana, tiñendo las nubes de un tono dorado que disipa las sombras del apagón.
El aire de la mañana huele a mar y a asfalto limpio.
Un zumbido largo hace vibrar el bolsillo de mi chaleco de reparto. Saco el teléfono móvil blindado de Quim que logré conservar tras el combate en la fundición. La pantalla táctil se enciende con una nitidez brutal, mostrando la cobertura al máximo.
No aparece ningún número. Solo una llamada entrante desde un identificador oculto.
Respiro hondo un instante antes de deslizar el dedo sobre la pantalla.
—¿Mía?
La voz de Marc llega por primera vez limpia, sin interferencias, sin disparos de fondo ni respiraciones entrecortadas. Solo su voz.
—Aquí estoy.
Se hace un breve silencio al otro lado de la línea.
—Ya era hora de poder hablar sin que alguien intentara matarte.
—Supongo que ahora viene la parte en la que me explicas en qué demonios me has metido esta noche.
—Sí. —Vuelve a guardar silencio unos segundos. —Te has ganado conocer la verdad.
Apoyo la espalda contra una de las columnas metálicas de la plaza. De repente me pesa más el cansancio que la sangre.
—Me encantará escucharte, y esta vez sin prisas.
—¿Recuerdas al hombre del Hotel W?
—¿El que me entregó el maletín? ¿Cómo olvidarlo?
—Sí. Llevaba años trabajando para Barcino... y los últimos meses trabajando contra ellos. Fue él quien consiguió sacar el maletín de la corporación.
Hace una pausa antes de continuar.
—Debía llevarlo hasta el compartimento blindado de Sants. Era el único lugar donde el repetidor podía quedar completamente aislado. Pero lo descubrieron antes de llegar. Lo encontraron en el Hotel W y ya sabes cómo terminó aquello.
Bajo la mirada un instante. La sangre seca del pómulo tira de la piel.
—Cuando llegué, ya estaba muriéndose.
—Lo sé. Alcanzó a llamarme. Apenas tuve unos minutos para improvisarlo todo. El maletín no podía quedarse allí y yo no podía salir de la central sin perder el único acceso que aún conservábamos a la red. Necesitaba a alguien que pudiera cruzar Barcelona sin levantar sospechas.
—Y elegiste un repartidor.
—Elegí al primero que podía llegar al hotel antes que los hombres de Barcino.
No responde con orgullo. Lo dice casi como una confesión.
—No sabía quién eras.
Levanto la vista.
—¿Qué?
—No conocía tu nombre. Ni tu pasado. Solo vi un perfil disponible, una moto y el tiempo que tardarías en llegar.
—Mientras cruzabas Barcelona empecé a revisar tu historial. Necesitaba saber a quién había puesto al otro lado de esa entrega. Fue entonces cuando encontré tu expediente. Y cuanto más leía, menos sentido tenía.
—¿Qué tenía de raro?
—Todo. El informe decía una cosa y tu hoja de servicio otra. Las condecoraciones no encajaban con las conclusiones del expediente. Parecía más un trabajo para apartarte que una investigación disciplinaria.
Aprieto el teléfono contra la oreja.
—No hacía falta que me lo dijeras. Lo supe desde el primer día.
—La diferencia es que yo sí podía seguir tirando del hilo.
Espero.
—Y el hilo terminaba siempre en el mismo sitio.
—Barcino.
—Sí.
El silencio vuelve a colarse entre los dos.
—Lo que descubrí es que Barcino llevaba años infiltrándose en la gestión de las infraestructuras críticas de Barcelona.
No hablamos de una empresa. Hablamos de un consorcio de compañías tecnológicas y de seguridad que iba absorbiendo contratos, sistemas y centros de control hasta que todo dependiera de ellos.
Frunzo el ceño.
—¿Todo?
—Transporte. Energía. Comunicaciones. Logística. Puertos. Poco a poco. Sin hacer ruido.
—¿Y el apagón?
—La fase final. Una crisis creada por ellos mismos para justificar que todo ese control pasara definitivamente a sus manos. No querían destruir Barcelona. Querían que, cuando la ciudad volviera a ponerse en pie, solo pudiera hacerlo utilizando su infraestructura.
—¿Y yo qué tengo que ver con todo eso?
—Eso mismo me pregunté yo.
Guarda silencio un instante.
—Seguí tirando del hilo hasta llegar a la operación de la AP-7.
Noto cómo se me endurece la mandíbula.
—Aquella misión nunca fue un simple despliegue de la UME. Aquella operación ya respondía a intereses de Barcino. Tú apareciste en el lugar y en el momento equivocados.
—No entendí nada de lo que estaba pasando.
—Precisamente. Nunca supieron qué habías llegado a ver ni qué podías recordar con el tiempo. Y no estaban dispuestos a correr ese riesgo.
Cierro los ojos.
—Por eso me abrieron el expediente...
—Sí. No necesitaban hacerte desaparecer. Les bastaba con conseguir que nadie volviera a creerte. Fabricaron una investigación disciplinaria, te expulsaron de la UME y dejaron enterrado todo lo demás bajo un expediente impecablemente redactado.
El silencio pesa unos segundos.
—Cinco años después, sin saberlo ninguno de los dos, terminé llamando precisamente a la única persona a la que ellos ya habían intentado borrar una vez.
Cierro los ojos un instante.
Cinco años creyendo que todo había empezado aquella noche en la AP-7. Cinco años pensando que el expediente era el final de mi historia. Y resulta que solo había sido el primer movimiento de una partida que otros llevaban demasiado tiempo jugando.
—Supongo que al final tuvieron el peor de los resultados posibles.
—¿Cuál?
No puedo evitar esbozar una sonrisa cansada.
—Que sigo aquí.
—Ya está, Mía. Se acabó.
Miro el sol asomar por encima de los edificios.
—¿Y ahora qué?
Al otro lado de la línea se hace un silencio corto.
—Ahora me toca salir del agujero donde llevo metido demasiado tiempo.
No puedo evitar sonreír.
—Después de la noche que hemos pasado juntos creo que ya va siendo hora de que nos conozcamos en persona.
Marc deja escapar una risa cansada, la primera que le escucho.
—Con una condición.
—¿Cuál?
—La próxima entrega la haces sin tiros de por medio.
—Trato hecho.
—Por cierto.
—¿Qué?
—La tarifa del reparto.
Miro al cielo, sonriendo.
—No te preocupes. Ya me debes una cerveza.
Marc suelta una risa.
—Digamos que he redondeado un poco más que eso — dice entre risas —. Descansa un poco.
—Inténtalo tú también.
La línea queda en silencio.
Guardo el teléfono en el bolsillo del chaleco de reparto.
Me ajusto los hombros de la chaqueta húmeda y echo a andar despacio por la explanada de Sants, cojeando, pero con la cabeza alta.
Por primera vez en cinco años no siento que esté huyendo de nada.
Me pierdo entre la multitud de ciudadanos que empieza su jornada bajo la luz limpia del sol de Barcelona
FIN