Tiempo Límite 78
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Aguanto la respiración en mitad del despacho a oscuras, con los dedos clavados en el borde de la mesa, esperando el colapso masivo de la tracción eléctrica de los trenes en los túneles de la madrugada. Esperando el desastre ferroviario que iba a incendiar Barcelona.

Un segundo. Dos segundos. Tres segundos.

No ocurre nada. El mapa de flujos de tráfico de la red ferroviaria del AVE parpadea en la pantalla secundaria y, de golpe, las líneas de datos vuelven a teñirse de un verde limpio, estable y en regla. El ataque se ha detenido de forma fulminante.

Al quedar aislado magnéticamente dentro del cubículo de plomo y plomo de la taquilla blindada, la onda de choque digital del software militar de Barcino no ha encontrado repetidores ni antenas exteriores donde inyectar el virus informático.

La señal destructiva se ha ahogado en el vacío absoluto de la Jaula de Faraday, forzando la rutina de autodestrucción segura del código informático en mitad del metal. El virus ha muerto.

Frente a mí, las treinta pantallas gigantes del Centro de Gestión de la Movilidad parpadean al unísono con un chasquido eléctrico sordo.

Las luces de la calle Mallorca, las farolas del Ensanche y los rótulos luminosos de la Estación de Sants regresan a la vida con una fuerza brutal, iluminando el mapa de Barcelona barrio a barrio en un efecto dominó de energía recuperada.

Lo hemos logrado. Hemos salvado la ciudad.

¡BUM!

A lo lejos, a través de los altavoces perimetrales de la estación, escucho el eco de las puertas correderas de cristal de Sants siendo abatidas.

Un fuerte contingente de los Mossos d'Esquadra y las fuerzas de seguridad del Estado irrumpen en el andén 7 con las armas largas preparadas, alertados por las alarmas analógicas de inundación que activé desde mi mesa.

Veo en mi monitor operativo cómo reducen y tiran contra el suelo de cemento a los mercenarios tácticos supervivientes del Proyecto Barcino.

La cúpula de la corporación tecnológica acaba de quedarse sin hilos en el asfalto.