TIEMPO EXTRA 21 EL PROTOCOLO DEL ALBA #2
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21 EL PROTOCOLO DEL ALBA #2

—El sistema es simple —explicó Mark, ajustándose el cronómetro al cuello. —Basculación, recepción orientada y golpeo al cuadrante iluminado. Quiero ver quién lee el espacio antes de que el monitor marque la transición.

Josh Barrett fue el primero en probar, lanzando un balón que se estrelló tres centímetros fuera de la zona verde y provocando que Lewis gritara “¡traición al carril derecho!” desde el banco de recuperación.

Me acerqué a la encimera auxiliar donde el utillero había dejado los petos y las cintas de muñeca.

Al lado de la caja de las botas de Sam, vi un par de guantes térmicos oficiales de la FA.

Eran pequeños, compactos, y en el reverso de la muñeca llevaban un número veintiséis dibujado con rotulador plateado torcido.

Price.

Se los había dejado anoche en mi suite cuando el desastre de las persianas automáticas nos obligó a planificar una salida de emergencia por la zona de proveedores.

Los cogí antes de que mi cabeza decidiera si era una imprudencia logística.

Me los metí en el bolsillo lateral de la sudadera, sintiendo el peso del látex y la tela como una acusación con el dorsal de otro hombre.

Me coloqué en la fila justo detrás de Ollie.

El chándal le quedaba impecable, y el aroma a lavanda y linimento de vestuario me dio de lleno en la cara, obligándome a regular las revoluciones antes de que Ben Carter, que estaba de pie junto al monitor de rendimiento, decidiera que mi cara merecía un análisis de intenciones.

—Price —dije, bajando la voz al grano mínimo que usaba cuando las cámaras no estaban autorizadas. —Creo que te falta algo para el ejercicio de agarre.

Ollie no se giró del todo. Mantuvo los hombros fijos, pero vi el tiro exacto de su mandíbula endurecerse bajo el foco de la pantalla táctica.

—Tengo las vendas puestas, Whitmore. No necesito tus recomendaciones de capitán.

—Hablo de material técnico —saqué los guantes del bolsillo, dejando ver el número veintiséis de plata justo en el ángulo ciego de la mesa de Mark.

Los agité entre los dedos con una delgadeza canalla.

—El que lo encuentra se lo queda, Pricey.

Los encontré cerca del sofá. Parecían huérfanos de un lateral con tendencias analíticas.

Un rubor repentino, rápido e incandescente, le tiñó la línea del cuello hasta perderse bajo la sudadera azul. Perdió el control del perfil medio segundo, lo justo para que yo apuntara otra victoria en mi balance privado.

—Son del entrenamiento de la mañana —siseó, arrebatándomelos con un tirón rápido que casi pareció una falta técnica en el área. —Se me cayeron en el pasillo.

—El pasillo de la cuarta planta tiene moqueta gruesa y un sensor de movimiento muy estricto, Ollie. Sería rarísimo que hubieran caminado solos hasta mi mesa de noche.

—¿Qué tenéis ahí, material para chantajear al míster? —preguntó Lewis, metiendo la cabeza entre nuestros hombros con la sutilidad de un central veterano en un córner.

Ollie se guardó los guantes en la mochila con una parsimonia que pretendía ser indiferencia pura.

—Material de descarte —respondió, y su voz recuperó la frialdad de archivador metálico que tanto me ponía en guardia. —El capitán insiste en hacer tutorías de intendencia que nadie ha solicitado.

—Siempre ha sido muy de la intendencia y el orden corporativo —se mofó Josh, acercándose con el monitor de puntuaciones en la mano. —Si te descuidas, te revisa el corte de las uñas para ver si cumples la normativa de la Premier.

—Solo cuido los activos de la federación, Barrett —respondí, dándole un golpe suave en la nuca a Josh para rebajar la presión del ambiente. —Brooks, te toca la diana de tres cuartos. A ver si esa rosca tuya funciona con software institucional.

El grupo se tragó la micro-tensión de inmediato, convirtiendo el peligro en la comedia ruidosa del vestuario inglés. Lewis falló el primer impacto por dos metros, logrando que Dan Keane aplaudiera desde el banco con una solemnidad fúnebre que nos hizo reír a todos.

Me quedé un paso atrás, observando a Ollie colocarse frente al simulador de velocidad.

Su primer paso fue en diagonal corta, el peso bajo, el cuerpo orientado exactamente hacia la luz verde que parpadeó en la pantalla táctica.

Golpeó de primeras con la zurda, un impacto seco, plano, impecable, que encajó en el centro del cuadrante de precisión.

Un diez perfecto.

—Mierda con el chico nuevo —murmuró Sam Bennett, anotando la cifra en la pizarra magnética de Mark. —Este no viene a hacer bulto en la lista.

Ollie regresó a la fila sin mirar a la grada, sin buscar la aprobación de los fotógrafos de la FA que esperaban al otro lado de la mampara de cristal.

Pasó tan cerca de mí que su hombro rozó el mío, un contacto mínimo, camuflado de normalidad performativa entre dos jugadores que compartían el pasillo interior.

—Medio segundo más, Whitmore —murmuró, lo suficientemente bajo para que el zumbido de las pantallas se tragara sus palabras. —He mirado el objetivo antes de que tú pudieras enfocar la cámara.

Sonreí, sintiendo que el aire de la sala C se volvía peligrosamente adictivo.

—El VAR de la intendencia sigue revisando los guantes, Pricey —le respondí de perfil, sin romper el bloque de capitán delante de Mark Ellison. —Mañana volvemos al rondo y no quiero que uses el número veintiséis como excusa si te gano la espalda.

Ollie apretó los labios, y por primera vez en todo el día, vi la pequeña fisura en su fortaleza de hielo; el tic de su párpado me confirmó que la transacción de la noche anterior se le había quedado grabada en el carril izquierdo, exactamente igual que a mí.

—A jugar, Whitmore —dijo.

—A jugar, Price.

Mark Ellison dio dos palmadas firmes, dando por terminada la primera tanda de basculación.

El grupo se movió hacia el Coffee Corner para la descompresión física, ruidosos, seguros, ajenos al hecho de que entre el chándal azul de la FA y un par de guantes térmicos con el dorsal plateado, la banda izquierda de Inglaterra acababa de volverse completamente ilegal.