TIEMPO EXTRA 12 ZONA DE FLASHES
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12 ZONA DE FLASHES

Hay una clase de evento que no es una fiesta, pero lleva suficiente iluminación para arruinarte la noche.

La FA lo llamaba recepción informal de recuperación.

Eso, traducido al idioma normal, significaba que habíamos metido a jugadores, patrocinadores, familiares acreditados, dos cámaras internas, una mesa de comida demasiado sana y varias personas con móviles peligrosamente cerca de un mismo salón del hotel, con la esperanza de que nadie hiciera algo que amaneciera en portada.

Yo llevaba veinte minutos sonriendo. Veinte minutos exactos de capitán de Inglaterra: mano en hombro, risa medida, comentario agradecido sobre el apoyo de los sponsors, foto con familia de patrocinador, otra foto, otra sonrisa, otra frase que no decía absolutamente nada y, aun así, podía convertirse en titular.

A mi izquierda, Sophie Clarke vigilaba la sala como si pudiera ver los pensamientos obscenos antes de que ocurrieran. A mi derecha, Ben Carter hablaba con un directivo de la FA con la cara de quien prefiere estar haciéndose una colonoscopia con música de Lewis Brooks.

Y al fondo, junto a la mesa de bebidas, estaba Ollie Price.

Camisa azul oscura. Mangas remangadas. Vaso de agua en la mano. Espalda recta, ojos trabajando. No parecía socializar. Parecía analizar rutas de evacuación, calidad del suelo y probabilidad de que un adolescente con acreditación familiar intentara sacarse un selfie a traición.

Dios.

Qué hombre más insoportable. Y qué ganas de cruzar la sala.

—Jamie, cariño.

Me giré antes de que el instinto hiciera algo idiota.

Poppy Caldwell apareció con un vestido blanco, una cámara frontal ya preparada y una sonrisa de esas que se encienden antes de tocar el interruptor.

Influencer, presentadora ocasional, favorita de los tabloides cuando necesitaban una mujer guapa cerca de un futbolista para fabricar química con tres emojis.

Detrás de ella, un fotógrafo de un sponsor fingía fotografiar canapés. Mal. Muy mal.

—Poppy —dije con mi voz de campaña publicitaria—. Me alegro de verte.

Mentira. Me alegraría verla en otra sala. O en Canadá. Canadá era grande. Podía caber allí.

—Solo quería una foto rápida contigo. Nada serio. La gente está obsesionada con la idea de que vengas a mi directo esta semana.

—Mi agenda la lleva Sophie.

Sophie levantó la mirada desde cinco metros, como un animal al que acababan de pronunciar su nombre en un bosque oscuro.

—Perfecto —dijo Poppy—. Entonces se lo pido a ella después. Una foto ahora. Para mis stories. Prometo portarme bien.

Ahí estaba el anzuelo. Foto inocente. Brazo suyo en mi pecho. Algún comentario nocturno. Al día siguiente: “Jamie Whitmore, cada vez más cerca de Poppy Caldwell”. La maquinaria contenta. La máscara alimentada. Todo el mundo creyendo saber exactamente qué clase de hombre era yo.

Una semana antes habría aceptado. Sonrisa, cintura no tocada del todo, distancia medible, salida limpia. Fácil.

Miré otra vez al fondo. Ollie estaba observando la escena. No con celos. Nada tan sencillo. Con interés. Como si estuviera esperando ver qué versión de mí iba a presentarse. Y, por primera vez en demasiado tiempo, me dio asco obedecer al personaje.

—No puedo —dije.

Poppy parpadeó.

El fotógrafo bajó medio centímetro la cámara.

—¿Perdón?

—Protocolo de Lottie —improvisé—. Después del partido no puedo acercarme a luces de aro. Me alteran el equilibrio electrolítico.

Ben tosió detrás de mí. No lo miré, porque verlo morir por dentro habría sido una distracción.

Poppy soltó una risa, esperando que yo aclarara que era una broma.

No aclaré nada.

—¿Las luces de aro?

—Terribles. Una epidemia moderna. La Federación Internacional de Fútbol no habla de ello porque hay intereses.

—Jamie.

Sophie apareció a mi lado con la velocidad de una ejecución administrativa.

—Poppy, qué alegría. Jamie tiene que hidratarse y hacer una ronda con el equipo médico. Te apunto para contenido aprobado mañana.

Poppy sostuvo la sonrisa. Profesional. Ofendida, pero profesional.

—Claro. Mañana.

Cuando se fue, Sophie me clavó un dedo en el antebrazo.

—Equilibrio electrolítico.

—Sonaba médico.

—Sonaba como si un niño de ocho años hubiera falsificado una baja de gimnasia.

—Pero sin foto.

—Eso sí.

Ben pasó por detrás con dos platos.

—Por si alguien pregunta, he oído a Lottie decir que las luces de aro también causan idiotez, pero solo en delanteros.

—Qué bonito verte comprometido con la ciencia —dije.

—Estoy comprometido con que no me toque declarar ante Sophie.

Sophie señaló hacia la mesa de bebidas.

—Ve. Y no conviertas el trayecto en un musical.

No era una orden. Era una amenaza con pendientes discretos.

Crucé la sala con un vaso de agua como coartada.

Me detuvieron tres veces. Un sponsor quería hablar de liderazgo.

Una niña quería que firmara su camiseta.

A ella sí le sonreí de verdad. Luego un asesor de comunicación me preguntó si podía grabar un saludo rápido para una campaña interna. Le dije que después y seguí andando.

Ollie no se movió cuando llegué.

—¿Equilibrio electrolítico? —preguntó.

—Un problema gravísimo.

—¿Te lo diagnosticaron antes o después de inventarlo?

—Durante. Fue muy intenso.

Miró el vaso que llevaba yo y luego el suyo.

—Has recorrido veinte metros para beber agua junto a otro hombre que bebe agua. Los tabloides van a necesitar refuerzos.

Me apoyé de lado en la mesa, con cuidado de no invadirle el espacio.

—Pensé que estabas atrapado.

—Estoy junto a la salida de servicio, detrás de una columna y con visión del pasillo. Técnicamente soy el menos atrapado de la sala.

—Claro. Mi error. Estás acechando al catering.

—Hay brochetas de pollo con menos humedad que el césped de ayer. Alguien debe vigilarlas.

Reí, bajo. Sin espectáculo. El tipo de risa que no se me escapaba a menudo en salas con cámaras.

Ollie lo notó. Por supuesto.

—No tienes que quedarte aquí —dijo.

La frase no era amable. Era una prueba.

Miré hacia donde Poppy hablaba ya con otro jugador suplente que parecía encantado de ser convertido en contenido. Luego hacia el fotógrafo, que había perdido interés en mí de momento. Luego a Sophie, que seguía controlando ángulos.

—Ya sé que no tengo que hacerlo.

Ollie giró el vaso entre los dedos.

—Entonces ¿por qué?

La pregunta era simple. La respuesta, no.

Porque me gustaba cómo me miraba cuando no compraba mi mierda.

Porque Poppy era segura para la marca y mortal para el estómago.

Porque si seguía alimentando cada mentira delante de él, tarde o temprano Ollie decidiría que yo no era peligro ni refugio: solo ruido caro.

Porque quería que viera la distancia. No podía decir nada de eso.

—Las brochetas me preocupan —dije—. La mala carne puede hundir un vestuario.

—Nos pueden dar gastroenteritis.

—Gracias. Sabía que podía contar con tu sentido común.

Un flash rebotó contra el cristal del fondo. Ollie no se sobresaltó, pero su cuerpo cambió: hombros más quietos, mandíbula cerrada, mirada al suelo un segundo.

Me puse un poco más de lado, no delante de él. Nunca delante. Solo lo suficiente para cortar el ángulo desde la esquina del salón, donde un familiar acreditado intentaba grabar panorámica.

—No te muevas —murmuré—. Si te apartas ahora, parecerá que hay algo.

—¿Y si te apartas tú?

—Entonces parecerá que Poppy me ha roto el corazón y estoy buscando consuelo en proteínas secas.

La comisura de su boca cedió. Pequeña. Rápida. Mía durante medio segundo. Joder.

El salón entero podía arder.

—Eres ridículo —dijo.

—Lo sé. Es parte del paquete premium.

—Creía que el paquete premium incluía fotos con presentadoras.

Me lo merecía. Punto limpio a la escuadra.

—Antes sí.

Ollie dejó de mirar las brochetas. No dijo nada. Ese silencio tuvo más filo que cualquier pregunta. Me pasé el pulgar por el borde del vaso. Al otro lado de la sala, Lewis se estaba metiendo tres canapés en la boca mientras Dan lo observaba como quien contempla la caída moral de una nación.

—No todo lo que parece cómodo lo es —dije.

Ollie tardó en responder.

—La comodidad suele ser una trampa bastante bien tapizada.

Ahí estaba otra rendija. No sobre mí. Sobre él. Sobre alguien que le había enseñado a desconfiar de las superficies suaves.

Antes de que pudiera meter la pata, apareció George Bailey con cara de urgencia.

—Whitmore. Sophie dice que si sigues desaparecido, va a emitir un comunicado diciendo que te has ido a meditar sobre tus abdominales.

—Mis abdominales merecen privacidad.

—Nadie en esta sala ha pedido saber más.

George se marchó con una botella de agua y una dignidad que seguramente pertenecía a su mujer.

Ollie bajó la mirada para esconder otra sonrisa. Esta vez no fue tan rápido.

—Tu equipo te respeta muchísimo.

—Es la maldición de ser querido por idiotas.

Sophie apareció en la entrada del pasillo, hablando con seguridad. Movió dos dedos hacia mí. Tiempo acabado.

Yo asentí, pero no me fui enseguida.

—Price.

—Whitmore.

—Hay una terraza cerrada al final de ese pasillo. Seguridad la usa para llamadas. Sin cámaras internas. Aire decente. Si la sala se pone demasiado...

No terminé.

No dije “te llevo”. No dije “te saco”. No dije nada que sonara a rescate. Ollie me miró con una atención nueva. Más estrecha. Menos defensiva.

—¿Me estás dando información o instrucciones?

—Información.

—Bien.

—También hay una mesa con fruta. Mala fruta, pero fruta.

—Qué lujo. Una ruta de escape con plátanos tristes.

—No vendo milagros, Price. Solo logística emocional de baja calidad.

Esta vez sí sonrió. No una grieta. Una sonrisa real, pequeña y peligrosa, como una puerta que se abre un dedo.

Sophie volvió a hacer el gesto. Si no iba, vendría a buscarme y usaría mi cadáver como ejemplo de gestión de crisis.

Me separé de la mesa.

—No dejes que Lewis se acerque a las brochetas. Si cae uno, caeremos todos.

—Haré lo que pueda por Inglaterra.

Volví al centro del salón. A la luz. A las manos extendidas. A la sonrisa que conocía cada cámara mejor que a mí mismo.

Pero cuando el asesor de comunicación me colocó junto a un sponsor y alguien insinuó que Poppy buscaba otra oportunidad para la foto, encontré a Ollie al fondo, todavía en su sitio, mirando hacia el pasillo de la terraza cerrada.

No se fue.

Tampoco apartó la vista cuando me descubrió mirándolo.

Y durante un segundo, en una sala llena de teléfonos, marcas, flashes y mentiras útiles, sentí algo mucho más peligroso que deseo. Sentí que alguien había visto la puerta por la que intentaba salir del personaje.

Y quizá, solo quizá, no pensaba cerrarla.