11 MEDIA HORA SIN CÁMARAS
El cuerpo siempre pasa factura. La mañana después del partido, descubrí que tenía músculos en sitios absurdos: debajo de las costillas, detrás de las rodillas, en esa zona exacta entre el orgullo y el muslo izquierdo.
Lottie Shaw lo llamó “respuesta normal a carga competitiva”. Yo lo llamé “intento de asesinato”.
—No dramatices —dijo, colocando una bolsa de hielo sobre mi cuádriceps.
—Estoy documentando pruebas.
—Ayer hiciste una cobertura de cuarenta metros en el minuto ochenta y tantos como si te persiguiera Hacienda.
—Me perseguía un extremo.
—El extremo pesaba diez kilos menos que tú y tenía cara de estar medio muerto de cansancio.
Sophie, sentada en el brazo del sofá de la sala privada de recuperación, levantó la vista de su móvil.
—La prensa lo ha convertido en “el despeje que cambió el ambiente de Inglaterra”. Enhorabuena, Price. Ya eres un héroe nacional.
La sala estaba en la planta baja del hotel, detrás de una puerta sin cartel y de un pasillo donde no entraba nadie sin acreditación verde.
Dos camillas, un sofá demasiado bajo, una nevera con bebidas isotónicas, cables de compresión, una televisión sin sonido y una mesa con comida que alguien había decidido llamar “tentempié de recuperación” para evitar admitir que eran carbohidratos con marketing.
Maya Hale entró con una bandeja cubierta con papel de aluminio y una niña hablando detrás de ella a todo volumen, aunque la niña se quedó fuera con Nathan.
—Elsie quiere saber si todos los hombres con hielo están lesionados —anunció Maya—. He dicho que algunos venís así de fábrica.
—Diagnóstico sólido —dijo Lottie.
Maya dejó la bandeja en la mesa y me miró con una sonrisa franca, de esas que no pedían nada.
—Tú debes de ser Ollie.
—Depende de quién pregunte.
—Alguien que ha oído a Jamie pronunciar tu apellido con el tono que usa cuando finge que algo no le importa.
Sophie cerró los ojos un segundo.
—Maya.
—¿Qué? He dicho apellido. Ni siquiera he añadido música de violines.
Lottie levantó una mano enguantada.
—Antes de que esto se convierta en una conversación de chismes, Price necesita diez minutos de hielo, seis de movilidad y comida real. En ese orden.
—He traído pastel de plátano —dijo Maya—. Tiene nueces. Eso cuenta como salud.
—No.
—Entonces no mires mientras lo corto.
Me dieron una porción en un plato de cartón. Lottie protestó con la boca llena dos minutos después. Sophie hizo una foto del pastel, no de mí, y la envió a alguien con el pulgar rápido.
—¿Tom? —pregunté.
—No. A tu agente. Le he dicho que estás vivo, alimentado y sin permiso para dar entrevistas.
—Qué imagen pública tan emocionante.
—La alternativa era “Price camina como un hombre que ha discutido con un camión”.
Maya se acomodó en la alfombra, apoyada contra el sofá, como si las salas de recuperación de hoteles blindados fueran un entorno natural.
Tenía esa facilidad de las personas acostumbradas a crear casa en sitios que no lo eran.
Me incomodó un poco. No por ella. Por lo rápido que el cuerpo detectaba refugio cuando uno llevaba demasiado tiempo negándose a necesitarlo.
—Jamie dice que odias los focos —comentó.
Me concentré en el plato.
—Jamie dice muchas cosas…
—Sí. La mayoría para evitar decir la correcta.
—Bueno, esta vez sí la ha dicho.
Sophie soltó una risa baja. Lottie me levantó el pie con una delicadeza que no impidió que viera estrellas.
—No te tenses —ordenó.
—Estoy en una sala con tres mujeres analizando al capitán de Inglaterra y una de ellas me está arrancando la pierna.
—Te estoy estirando el gemelo.
—Versiones de la misma historia.
Maya partió otro trozo de pastel.
—No vamos a analizarlo. Sería injusto. Yo tengo demasiada información privilegiada y Sophie demasiados expedientes de prensa.
—Y yo he visto su escáner de tobillo —dijo Lottie—. La intimidad termina ahí.
Me atraganté con una miga.
Sophie me tendió agua sin hacer comentario. Eso era lo que hacía bien: dejar que el cuidado pareciera logística.
En la televisión muda, una tertulia deportiva repetía mi despeje desde tres ángulos. Debajo, un rótulo preguntaba si Inglaterra había encontrado “su solución zurda”. Apagué la pantalla con el mando.
—Odio esa frase —dije.
—¿Solución zurda? —preguntó Maya.
—Hace que parezca una herramienta de cocina.
—Peor sería “nuevo Reed” —dijo Sophie—. Lo intentaron esta mañana. Corté dos titulares antes del desayuno.
Lottie me soltó la pierna y cambió la bolsa de hielo.
—Tu no eres una sustitución. Lo que tienes que hacer es dormir esta noche o mañana te retiro del gimnasio.
Era autoridad médica. O quizás peor. Maya me miró por encima del vaso.
—Jamie también odia cuando lo convierten en cosa. Golden boy, soltero de oro, capitán milagro. Lo usa, claro. A veces demasiado. Pero lo odia.
No respondí. La información me colocó en un sitio incómodo. Cerca de las cosas que ya había visto: Jamie esperando medio segundo más en el campo, Jamie dando una respuesta en prensa para dejarme espacio, Jamie escribiendo mensajes como si la broma pudiera tocar una puerta sin llamar.
—Lo lleva bien —dije.
Maya ladeó la cabeza.
—Lo interpreta bien.
Sophie dejó el móvil boca abajo.
—Hay una diferencia.
La frase quedó en la sala, limpia, sin empujar. Nadie me pidió que la recogiera. Eso hizo más difícil ignorarla.
—Con Elsie no interpreta —añadió Maya—. Con ella es inútil. Ella le pide que sea un dragón en una obra del colegio y él aparece con alas de cartón aunque haya paparazzi en la esquina. Una vez llegó a cenar con purpurina verde en la oreja porque no se la quitó bien.
Me imaginé a Jamie Whitmore, campaña de relojes, sonrisa de estadio, con purpurina verde brillando por un flash.
La imagen fue peligrosa.
—No sabía eso.
—Casi nadie lo sabe —dijo Maya—. Es de las pocas cosas que aún consigue mantener fuera del escaparate.
Sophie me miró un instante. No como amiga que sabe mi secreto. Como profesional que sabe qué pesa una vida dividida en zonas públicas y privadas.
—Hay personas que usan su exposición como fachada, para tener su espacio privado —dijo.
Volví al pastel porque era una excusa digna para no hablar.
—¿Esto es una intervención?
—Si lo fuera, habría traido palomitas —dijo Lottie.
—Y yo habría traído vino —añadió Maya.
—Y yo no habría autorizado vino en sala de recuperación.
—Por eso nadie invita a fisios a las buenas fiestas.
Lottie cogió otro trozo de pastel con la dignidad de una mujer traicionando sus propios protocolos.
—No te confundas, Price. Que alguien tenga un lado tierno no lo convierte en seguro.
Ahí estaba. La frase útil. La que no llevaba azúcar.
—No he dicho que me parezca seguro.
—Bueno, es que tampoco has preguntado por nadie más —dijo Sophie.
El silencio posterior fue tan específico que hasta la nevera pareció bajar el volumen.
Podría haber negado. Tenía frases preparadas: capitán, coordinación, vestuario, prensa, liderazgo. Todas ciertas. Ninguna completa.
—Necesito saber cómo se mueve la gente con poder —dije al final.
Maya no sonrió.
—Él tiene poder, sí. También tiene un historial bastante largo de usarlo para distraer a todo el mundo de lo que no quiere enseñar.
Eso no respondía a la pregunta. O quizá sí. Lottie ajustó el temporizador.
—Tres minutos más. Luego caminas hasta la puerta y vuelves. Sin heroicidades, sin cara de mártir, sin ofrecerte a correr para demostrar hombría nacional.
Mi móvil vibró sobre la mesa.
JAMIE WHITMORE: Bailey dice que tu despeje ya tiene club de fans. Estoy preparando medidas de contención.
Sophie vio el nombre antes de que yo bloqueara la pantalla. Su ceja subió apenas. Maya fingió un interés intenso por el papel de aluminio del pastel. Lottie, bendita fuera su crueldad, me hizo levantarme justo en ese momento.
—Camina.
—Estoy herido.
—Ni que hubieras estado en la guerra .
Di tres pasos hacia la puerta. El muslo protestó. Mi orgullo protestó más. En la pantalla del móvil, otro mensaje apareció.
JAMIE WHITMORE: Si alguien intenta llamarte “solución zurda”, he dado permiso al equipo para que finjan que no lo han oído.
Me detuve. No sonreí. Maya, por desgracia, tenía ojos.
—Jamie cuando está siendo cuidadoso es insoportable —dijo.
—Mas o menos como siempre —respondí.
Antes de que Lottie pudiera ordenar otra caminata, la puerta se abrió y el propio problema apareció con cuatro botellas de agua bajo el brazo y una acreditación torcida colgándole del cuello.
—Me dijeron que aquí repartían pastel y opiniones sobre mí.
Nadie se movió.
Jamie me miró a mí, luego al hielo, luego a mi plato vacío. No dijo “¿estás bien?”. Fue más inteligente que eso.
—Price —dijo—. El rótulo de la tele es terrible.
—Ya la he apagado.
—Excelente. Primera decisión táctica impecable del día.
Maya le lanzó una servilleta arrugada.
—Tú no entras a una sala con pastel y empiezas criticando la televisión.
Jamie atrapó la servilleta contra el pecho como si le hubieran disparado.
—Vengo con agua.
Dejó las botellas sobre la mesa, cogió un trozo de pastel y se sentó en el suelo, junto a Maya, como si ese rincón de hotel fuera una cocina a la que tuviera derecho a volver.
Yo seguí de pie porque Lottie me había ordenado caminar.
También porque sentarme cerca habría sido admitir demasiado.
Jamie mordió el pastel y cerró los ojos.
—Maya, si Inglaterra gana algo este verano, será por esto.
—Creí que sería por tu liderazgo —dije.
Abrió un ojo.
—Mi confianza aumenta mil veces después de comer un poco de plátano.
—Me voy a comportar como una adulta y no voy a decir ninguna de las diez frases soeces que se han ocurrido para replicar a esa frase, Jamie— dijo Sophie mientras miraba su reloj. — Diez minutos. Después todos volvéis a ser profesionales.
Nadie discutió.
Durante diez minutos, el Mundial seguía al otro lado de la puerta, con cámaras, titulares, entrenamientos, vuelos y hombres esperando convertirnos en símbolos útiles.
Pero dentro había pastel, hielo derritiéndose, Sophie vigilando el pasillo, Lottie fingiendo que no se estaba relajando, Maya hablando de Elsie y Jamie sentado en el suelo con una botella de agua entre las rodillas. Yo no sabía si Jamie era peligro o refugio.
Solo supe que, por primera vez, quería quedarme el tiempo suficiente para averiguarlo.