TIEMPO EXTRA 3 SIN RASTROS
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Hay un hombre dormido encima de mi brazo izquierdo.

Lo cual, en términos médicos, es preocupante, porque mi brazo izquierdo ha dejado de existir hace unos veinte minutos y soy bastante dependiente de él para cosas menores como conducir, firmar camisetas y levantar trofeos imaginarios frente al espejo cuando nadie mira.

También hay una marca roja en mi clavícula. Eso es peor. El brazo se puede recuperar con circulación. La marca, no. La marca tiene vocación de titular.

La suite del hotel está demasiado iluminada para ser una habitación que anoche juré haber dejado en penumbra.

Las cortinas automáticas, traidoras profesionales, se han abierto lo suficiente para que Londres entre en franjas grises sobre la alfombra, sobre la camisa tirada junto al sofá, sobre mis vaqueros en el respaldo de una butaca y sobre Benji Rowe, que duerme boca abajo con media cara hundida en mi almohada.

Benji tiene veintisiete años, barba de dos días, espalda ancha, una risa fácil y una total incapacidad para entender que quedarse hasta mediodía no es romántico.

Es evidencia.

Mi móvil vibra en la mesilla.

No una vez. Muchas. En la cadencia exacta de una crisis menor.

Alargo la mano libre, fallo, casi tiro un vaso de agua y por fin consigo cogerlo.

BEN CARTER:Dime que estás despierto.

BEN CARTER:No, espera. Dime que estás solo.

BEN CARTER:En realidad no me lo digas. No quiero saberlo.

BEN CARTER:Estoy subiendo.

Miro la puerta. Miro a Benji. Miro la marca en mi clavícula.

—Fantástico —susurro.

Benji se mueve y aprieta más mi brazo contra su pecho.

—¿Ya es por la mañana?

Su voz sale ronca, cálida, demasiado humana para esta hora y esta situación.

—Técnicamente sí.

—¿Técnicamente?

—Son las once y doce.

Abre un ojo.

—Eso es mañana.

—Para civiles, quizá.

—Jamie.

Mi nombre en su boca no suena mal. Ese es el problema. No suena a peligro, ni a cámara, ni a lectura de contrato. Suena a alguien que estuvo aquí y quiere seguir estando. Un desastre logístico con pestañas bonitas.

Me incorporo con cuidado y recupero el brazo. Una descarga eléctrica me baja hasta los dedos.

—Tengo que irme en una hora.

—A la concentración.

—A una reunión previa. Luego concentración.

—Capitán de Inglaterra —dice, sonriendo contra la almohada—. Muy serio todo.

—Soy tremendamente serio.

—Anoche intentaste convencer al conductor de que “Sweet Caroline” debería ser himno oficial de la FA.

—Una propuesta sólida.

—Y luego dijiste que los himnos serían mejores si tuvieran coreografía.

—Necesitan innovación.

Benji se ríe y se estira. La sábana cae lo suficiente para que mi cerebro recuerde varias cosas agradables y mi sistema nervioso recuerde varias cosas prohibidas, entre ellas: hay cámaras en el vestíbulo, staff de hotel en el pasillo, un tabloide que lleva tres semanas insinuando que estoy saliendo con una presentadora de Fórmula 1 porque compartimos ascensor en un evento de relojes, y Ben Carter subiendo.

Me levanto de la cama.

—Necesitas vestirte.

Benji se apoya en los codos.

—Qué romántico.

—Soy conocido por mi poesía.

—Pensé que podíamos desayunar.

—Tengo desayuno.

—No hablo de una barrita de proteínas y café bebido de pie mientras finges que no tienes prisa.

—Eso es desayuno de alto rendimiento.

—Hablo de sentarnos. Hablar. Repetir esto cuando vuelvas de salvar el país.

Ahí está. No matrimonio. No mudanza. No “preséntame a tus padres” ni “súbeme a Instagram”. Solo desayunar. Repetir. Darle a la noche una mínima continuidad.

Mi cuerpo, traidor absoluto, piensa: sí. Mi cabeza, que cobra más que mi cuerpo por arruinar cosas, piensa: pasillo, ascensor, cámaras, móvil, limpieza, registro, rostros, horarios.

—Benji —digo, y ya odio cómo suena mi voz. Demasiado suave. Demasiado usada.

Él deja de sonreír.

—No.

—No he dicho nada.

—Vas a hacer eso.

—¿Qué eso?

—Poner cara de hombre encantador que lamenta profundamente ser un desastre.

Me llevo una mano al pecho.

—Tengo más de una cara.

—No en estas situaciones.

Eso escuece porque es verdad y porque me la ha dicho un hombre que no debería conocerme lo suficiente para acertar. Busco mi camiseta. Encuentro primero el cinturón. Luego un calcetín. Luego mi móvil vuelve a vibrar.

BEN CARTER:Puerta en treinta segundos. Si hay alguien desnudo, cúbrelo. Por favor, aprende de 2022.

—Mierda.

Benji se sienta.

—¿Quién es?

—Ben.

—¿Tu Ben?

—No tengo un Ben.

—Todo el mundo sabe que tienes un Ben.

—Eso suena como si lo hubiera comprado.

—No lo compraste. Lo adoptaste con vuestro trauma futbolístico compartido.

La llamada a la puerta llega antes de que pueda contestar. Tres golpes secos. Código de Ben: estoy entrando si no hay sangre, fuego o un representante legal.

—¡Un segundo! —grito.

Benji no se mueve lo bastante rápido.

Yo hago lo lógico: recojo su camiseta del suelo, se la tiro a la cara, tropiezo con mi propio zapato, recupero la camisa de la butaca y me la pongo sin abotonar.

Luego corro al baño, veo la marca de la clavícula en el espejo y suelto una palabra que habría decepcionado a mi madre si nuestra relación incluyera decepciones nuevas.

La tapo con el cuello de la camisa. No funciona.

Me abrocho dos botones. Peor. Parezco un hombre que ha hecho algo que intenta no parecer que ha hecho.

Ben entra usando su tarjeta secundaria, porque la confianza entre amigos en fútbol profesional consiste básicamente en violar la privacidad con comida.

Lleva una bolsa de papel, dos cafés y expresión de central veterano que ha visto demasiadas cosas en túneles estrechos.

Se detiene al ver a Benji, que ya lleva vaqueros y camiseta, aunque descalzo y con el pelo gritando anoche en cuatro idiomas.

—Buenos días —dice Ben.

—Hola —dice Benji.

Yo levanto un dedo.

—Antes de que digas nada…

—No iba a decir nada.

—Tu cara dice que quiere un informe completo.

—Mi cara es neutral.

Ben deja la bolsa sobre la mesa.

—Mi cara ha traído huevos, tostadas y café. Tu cara parece portada de suplemento dominical sobre malas decisiones.

Benji se ríe. Me traiciona en mi propia suite. Inaceptable.

—Ben Carter —dice Ben, tendiéndole la mano—. Amigo, niñera no remunerada y testigo cansado.

—Benji Rowe.

Se estrechan la mano. Ben no lo mira con juicio. Eso es lo mejor de Ben y, en ocasiones, lo más insoportable. Podría hacerme sentir menos culpable si fuese un imbécil.

—¿Quieres café para llevar? —pregunta Ben.

Benji me mira. No a Ben. A mí. Ahí está la pregunta real.

Podría decirle que sí. Podría decirle que se quede cinco minutos, que coma una tostada, que se duche, que baje conmigo por la puerta principal como si el mundo no tuviera hambre. Podría fingir que soy valiente porque sé quedarme en el campo cuando veinte mil personas gritan mi nombre.

Pero hay valentías que no se televisan. Y yo no las tengo afinadas.

—Benji tiene que irse —digo.

No lo digo mal. Eso no lo arregla.

Benji asiente una vez, se pone los zapatos y coge la chaqueta del respaldo de la silla. No monta una escena. No suplica. No me insulta. De algún modo, eso empeora todo.

—Claro —dice—. El país llama.

—No es…

—Sí. Lo sé.

Ben le ofrece uno de los cafés sin preguntar. Benji lo acepta.

—Ascensor de servicio —dice Ben—. Hay dos miembros de seguridad en planta baja que no trabajan para prensa y una salida por la zona de proveedores. Yo bajo contigo.

Lo dice como quien explica una cobertura defensiva. Simple. Humano. Sin convertirlo en favor.

Benji vuelve a mirarme.

—Suerte en el Mundial, Jamie.

Mi nombre otra vez. Más lejos ahora.

—Gracias.

La puerta se cierra detrás de ellos y la habitación se queda con un silencio caro, de esos que los hoteles venden como lujo y que en realidad son solo ausencia con alfombra.

Me siento al borde de la cama.

En la pantalla de la mesilla, el televisor en mute muestra un programa matinal.

Mi foto aparece entre dos titulares: WHITMORE LEADS ENGLAND DREAM y, debajo, en una franja amarilla, JAMIE’S MYSTERY brUNETTE?

La presentadora sonríe como si acabara de descubrir un continente.

La imagen es de anoche, saliendo del evento de sponsor junto a una mujer que trabaja para la marca y que pasó diez minutos hablándome de su marido y de su perro con alergia al pollo.

Misteriosa morena. Apago la televisión.

El mundo inventa una mujer para mí mientras un hombre sale por la puerta trasera con un café que no se ha ganado nadie.

Me río. Porque si no me río, tendría que pensar.

Ben vuelve ocho minutos después, sin Benji y sin expresión triunfal. Bien. Si hubiese vuelto satisfecho, habría tenido que tirarlo por la ventana decorativa.

—Está fuera —dice—. Sin cámaras. Sin personal curioso. Sin drama.

—Eres una bendición y una violación de privacidad.

—Multifunción.

Me lanza una camiseta limpia de la bolsa que ha traído.

—Póntela. Eso del cuello no está engañando a nadie.

Miro hacia abajo.

—¿Se ve?

—Desde Gales.

—Mierda.

—Técnicamente, desde Cardiff con prismáticos.

—Ben.

—Te he traído corrector.

—No voy a maquillarme una marca.

Ben arquea una ceja.

—Entonces explica a Mark Ellison que te peleaste con una aspiradora.

Le quito el pequeño tubo de la mano.

—No me gusta tu tono.

—A mí no me gusta tener treinta y un años y seguir organizando evacuaciones de hombres guapos antes del desayuno, pero todos servimos a la patria como podemos.

Voy al baño, me aplico corrector con la torpeza de un hombre cuya imagen pública está administrada por profesionales y cuya vida real se sostiene con cinta adhesiva. Ben aparece en el marco de la puerta y me observa como si yo fuera un juvenil intentando salir jugando entre tres delanteros.

—¿Vas a decirme que soy un desastre? —pregunto.

—No.

—Preocupante.

—Vas a la concentración hoy. El grupo está tenso por lo de Reed. Mark está de humor funerario. La prensa quiere lágrimas, épica y cualquier cosa que parezca grieta. Necesitan al capitán.

—Estoy aquí.

—Necesitan al capitán entero.

Me quedo quieto.

El corrector cubre casi todo. No el cansancio. Eso no viene en tubos.

—Estoy entero.

Ben cruza los brazos.

—Jamie.

Mi nombre en su boca no pide nada. Solo aparta el chiste.

Odio cuando hace eso.

—Fue una noche —digo.

—No estoy hablando de Benji.

—Entonces no sé de qué hablamos.

—Sí sabes.

Me miro al espejo. Sonrisa posible. Pelo manejable.

Mandíbula afeitada. Ojos un poco cansados, pero eso lo arreglan gotas.

Capitán de Inglaterra listo para aterrizar entre cámaras, firmar tres camisetas, decir que el grupo está fuerte, que Alfie es parte de la familia y que todos estamos centrados en el primer partido.

—Hablamos de fútbol —digo.

Ben suspira.

—Claro.

Salgo del baño, cojo el café y le doy un trago. Está amargo, perfecto, casi medicinal.

—¿Quién es el nuevo? —pregunto—. El de Reed.

—Oliver Price.

El nombre me suena antes de que mi cerebro lo coloque.

Zurdo. Club rival. Defensa desagradable en el buen sentido.

De esos que te hacen sentir que estás jugando contra una pared con estudios universitarios.

Me sacó de un partido en marzo sin hacer una sola entrada espectacular.

Solo aparecía donde no debía. Todo ángulo cerrado, hombro correcto, pase forzado.

—Price —digo—. El que juega como si odiara el concepto de alegría.

Ben sonríe.

—Ese.

—Buen perfil.

—¿Has visto sus clips?

—He jugado contra él.

—No es lo mismo.

Todo el mundo parece empeñado últimamente en decirme eso. Cojo el móvil y abro el correo de Mark. Hay una carpeta con vídeos. Price, Oliver: acciones defensivas. Price, Oliver. Desarrollo bajo presión, Price, Oliver: capacidad de adaptación.

—Lo miraré en el coche.

Ben me mira.

—Míralo antes.

—Exigente para alguien que ha irrumpido en mi habitación con huevos.

—Alguien tiene que impedir que te presentes ante un hombre muy inteligente con cara de anuncio y preparación de influencer.

—Mi cara de anuncio ha ganado partidos.

—Tu pie derecho ha ganado partidos. Tu cara ha vendido champú.

—También relojes.

—Enhorabuena.

Abro el primer clip.

Oliver Price aparece bajo lluvia, camiseta pegada a la espalda, cuerpo orientado medio segundo antes que todos los demás. Anticipa un pase hacia dentro, roba sin tirarse al suelo y juega de primera con la zurda.

Limpio. Frío. Molesto.

—Qué desagradable —digo.

Ben sonríe como si supiera algo.

—Te va a caer fatal.

En la pantalla, Price ni celebra. Solo señala una cobertura al lateral y retrocede a su posición como si hubiese corregido una coma. Me inclino un poco más cerca.

—Probablemente.

El móvil vibra con un recordatorio de salida. Abajo esperan coche, cámaras y un país entero necesitado de fe. Cierro el vídeo, pero la imagen de Oliver Price se queda medio segundo más en mi cabeza: mandíbula firme, ojos en el campo, cero interés en gustar.

Peligroso, pienso. Y como soy idiota, sonrío.