TIEMPO EXTRA 1 LA ÚLTIMA PLAZA #2
4%

1 LA ÚLTIMA PLAZA #2

—Nunca he dicho que lo fueras. Eres muchas cosas irritantes, pero no idiota.

—Qué alivio.

—Lo que digo es que vas a entrar en un hotel lleno de hombres que viven de mirar espacios, leer cuerpos y detectar medio paso de ventaja. Y fuera del hotel habrá gente intentando convertir cualquier cosa en historia. No les regales una.

No les regales una. La frase se queda colgada entre los dos.

Podría enfadarme. Sería lo más cómodo. Tom no tiene derecho a poner palabras alrededor de lo que ninguno de los dos nombra cuando hay paredes finas, móviles olvidados en bancos y compañeros entrando sin llamar.

Podría decirle que no necesito advertencias, que sé moverme, que llevo años sabiendo cuándo mirar al suelo, cuándo mirar al frente, cuándo reírme, cuándo hacerme el sordo.

Pero Tom no está advirtiéndome porque piense que soy débil.

Lo hace porque sabe que no lo soy y que, aun así, el mundo puede encontrar la manera de hacer daño.

—Voy a jugar al fútbol —digo al final.

—Bien.

—Eso es todo.

—Claro.

—No voy a hacer amigos nuevos, no voy a enamorarme del capitán de Inglaterra, no voy a convertirme en especial de domingo para ningún tabloide y no voy a llorar en tu hombro porque el avión tiene demasiadas escalas.

—Es vuelo directo.

—No estropees mi frase.

Tom sonríe, pero no del todo.

—Hazme un favor.

—Depende.

Se inclina hacia su bolsa, busca entre un caos de calcetines limpios, vendas sueltas y envoltorios de barrita energética, y saca una hoja doblada en cuatro. Me la ofrece.

—Para tu nueva taquilla. Si la FA permite objetos sentimentales o si no los confiscan por ser demasiado deprimentes.

La despliego.

Es una hoja de análisis de nuestro primer partido juntos, hace cuatro temporadas, cuando ambos estábamos cedidos y convencidos de que la carrera consistía en sobrevivir de sábado en sábado.

Hay flechas dibujadas en tinta azul, líneas de presión, mi nombre escrito junto a un círculo en el carril izquierdo.

En la esquina, con la letra de Tom, pone: NO PASES POR DENTRO, IDIOTA.

Debajo, mi respuesta de entonces: DEJA DE PERDERLA, POETA.

Me río antes de poder evitarlo.

—Esto es basura táctica.

—Es historia.

—Es una prueba de que ninguno de los dos debería haber llegado al fútbol profesional.

—Y sin embargo, uno de nosotros va al Mundial.

Doblo la hoja con cuidado. No perfecta. Solo lo suficiente para que quepa en el bolsillo interior de la bolsa, junto al pasaporte y el sobre con las acreditaciones preliminares.

—Gracias —digo.

Tom abre mucho los ojos.

—Perdón, ¿qué ha sido eso?

—No lo estropees.

—¿Oliver Price expresando gratitud? ¿Debería llamar a alguien?

—Llama a un terapeuta para tu primer toque.

Se levanta riendo, pero cuando llega a mi lado ya no ríe. Me abraza sin preguntar, porque Tom tiene esa clase de privilegio ganado a base de años, entradas tarde, hoteles malos, lesiones pequeñas y silencios bien colocados.

Me quedo rígido medio segundo. Después le devuelvo el abrazo.

Huele a champú barato, a césped y a casa.

No casa de verdad. No paredes, ni una cocina, ni un sitio donde uno pueda dejar de medir su postura.

Casa de vestuario: imperfecta, ruidosa, llena de hombres que no siempre saben cuidar pero que a veces lo hacen igual, con una botella de agua lanzada a tiempo o una broma lo bastante estúpida para impedir que algo se rompa.

—Vas a estar bien —dice contra mi hombro.

—Eso es estadísticamente improbable.

—Vas a estar insoportable, entonces. Es casi lo mismo.

—Más realista.

Se aparta y me da un golpe suave en la nuca.

—No dejes que te conviertan en otra cosa antes de que puedas enseñarles quién eres en el campo.

La garganta se me cierra.

No mucho. Lo suficiente para recordarme que existe.

—Qué asco das cuando eres útil —digo.

—Lo sé. Me queda fatal.

Mi móvil vibra sobre el banco.

FA TRANSPORT: Your car has arrived.

Debajo, otro mensaje de un número que no tengo guardado.

Sophie Clarke: Estoy en coordinación de llegada. Respira, Price. Y no insultes a nadie de seguridad antes de las cinco.

No respondo. Si respondo, mis dedos podrían delatar algo que mi cara aún está gestionando.

Meto el móvil en el bolsillo, cierro la bolsa y cargo la caja contra la cadera. Tom coge la otra asa sin pedir permiso.

—Puedo llevarla.

—Lo sé.

—Entonces suelta.

—No.

Caminamos hacia la salida del vestuario.

Mis botas hacen un ruido seco sobre el suelo de goma.

Cada paso parece demasiado definitivo, lo cual es ridículo.

No hay nada definitivo en el fútbol. Un contrato se rompe, una rodilla falla, un entrenador cambia de idea, un titular te persigue más que un gol.

Todo es provisional hasta que alguien decide contarlo de otra forma.

En la puerta, me giro.

Mi taquilla está vacía salvo por una marca rectangular en la madera donde estuvo la foto. El número veintiséis sigue pegado encima, torcido en una esquina.

Tom sigue mi mirada.

—Van a darte otro número.

—Probablemente.

—Uno bonito. Internacional. Dramático.

—Mientras no sea el siete.

—Whitmore no te dejaría tocarlo.

—Whitmore puede casarse con él si quiere.

—No le des ideas. Los tabloides pagarían por esa boda.

Salgo antes de sonreír.

El pasillo huele a café recalentado y lluvia.

Más allá de las puertas de cristal, un coche negro espera junto a la entrada privada.

Hay un hombre con acreditación de la FA, un paraguas abierto y esa postura de quien ya ha hecho esperar a demasiados futbolistas importantes como para impresionarse por otro.

Yo no soy importante.

Todavía no.

Quizá nunca de la forma que la gente entiende.

Pero me han llamado. Inglaterra me ha llamado. El Mundial me ha abierto una rendija por la lesión de otro hombre, y yo voy a meter el cuerpo entero por ahí antes de que alguien cambie de opinión.

Tom me acompaña hasta el coche. El conductor coge la caja. El enlace de la FA revisa mi nombre en una tablet.

—Oliver Price.

—Ollie —corrijo sin pensar.

Tom me mira.

Yo miro al enlace.

—Price está bien para la acreditación.

El hombre asiente, indiferente, y guarda la tablet.

Tom me da la bolsa. Durante un segundo, ninguno de los dos sabe qué hacer con las manos. Luego él me empuja el hombro con el suyo.

—No seas un héroe.

—Soy defensa. Es otra cosa.

—No seas un mártir, entonces.

—Eso sí puedo intentarlo.

—Y no te fíes de hombres que sonríen en anuncios.

Abro la puerta del coche.

—Especialmente si juegan por derecha.

Antes de meterme, Tom dice mi nombre. No Price. No idiota. Ollie.

Me detengo.

—Te lo has ganado —dice—. No dejes que nadie te convenza de que llegaste por accidente.

La lluvia empieza a caer fina, casi invisible, sobre el techo del coche.

Pienso en líneas defensivas, en vuelos, en ruedas de prensa, en hoteles donde las paredes oyen, en Jamie Whitmore levantando la mano al público con esa sonrisa que los fotógrafos aman porque parece verdad incluso cuando no puede serlo.

Pienso en no mirar demasiado.

Pienso en jugar.

—Nos vemos cuando vuelva —digo.

Tom mete las manos en los bolsillos.

—Más te vale. Alguien tiene que explicarme qué es una cobertura preventiva sin hacerme sentir tonto.

—Imposible.

—Buen viaje, cabrón.

—No pierdas balones por dentro.

—No te enamores del capitán.

Le cierro la puerta en la cara.

El coche arranca antes de que pueda arrepentirme de nada. Por la ventanilla, Tom levanta dos dedos en una despedida torcida. El club se queda atrás: ladrillo mojado, puertas de cristal, el vestuario que ya debe de estar llenándose con otro ruido.

Saco la hoja doblada del bolsillo solo para comprobar que sigue ahí.

NO PASES POR DENTRO, IDIOTA.

La vuelvo a guardar.

Luego miro hacia delante, donde la carretera se abre gris y limpia, y practico la única cosa que siempre me ha mantenido vivo en el fútbol.

No pensar en lo que espera.

Solo en la siguiente línea que debo cerrar.