TIEMPO EXTRA
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1 LA ÚLTIMA PLAZA
Lo primero que desaparece de un vestuario es el olor.
Lo digo porque llevo nueve minutos exactos sentado frente a mi taquilla, con una bolsa de viaje abierta entre las botas y una caja de cartón sobre las rodillas, y ya no huele del todo a mí.
Queda el desinfectante barato del club, la humedad antigua de las duchas, la goma de las suelas, el césped machacado que alguien ha arrastrado hasta el pasillo y el aftershave criminal de Lewis, que debería estar prohibido por convenio colectivo.
Pero mi hueco, el número veintiséis pegado con cinta blanca encima de la madera, está perdiendo forma.
Eso es lo peligroso de marcharse. Todo sigue ahí, pero empieza a comportarse como si uno ya no hubiese existido.
Doblo una camiseta térmica, la meto en la bolsa y vuelvo a sacarla porque está mal doblada. La aliso sobre el banco, esquina contra esquina, costuras paralelas. Una estupidez. La camiseta va a terminar arrugada antes de llegar al coche.
La doblo otra vez.
—Estás haciendo eso de psicópata —dice Tom desde la otra punta del vestuario.
No levanto la vista.
—Especifica. Hago muchas cosas de psicópata.
—Doblar ropa deportiva como si fuese evidencia en una escena del crimen.
—La ropa mal doblada altera la distribución del peso.
—La distribución del peso —repite él, con una solemnidad imbécil—. Claro. No vaya a ser que el avión a Estados Unidos se caiga porque Oliver Price metió dos calcetines en diagonal.
—Voy primero a St George’s Park.
—Y después al maldito Mundial.
Lo dice como quien menciona una enfermedad contagiosa. El Mundial. Dos sílabas y una carga de titulares suficiente para hundir un puente.
No contesto. Meto la camiseta en la bolsa. Esta vez se queda.
Tom Walker cruza el vestuario con una bota en la mano y el pelo mojado, aunque el entrenamiento terminó hace cuarenta minutos.
Es de esos hombres que pueden ducharse, cambiarse y seguir pareciendo recién sacados de una tormenta.
Lleva el pantalón de chándal a medio atar y una expresión demasiado tranquila para alguien que ha venido a despedirme.
Eso, o ha venido a robarme vendas. Con Tom nunca conviene descartar lo sentimental ni lo delictivo.
—Te has dejado esto —dice.
Me lanza un rollo de tape negro. Lo cojo al vuelo sin mirar.
—No es mío.
—Lo es. Tiene tu letra de asesino.
Miro el lateral del rollo. En rotulador plateado pone: NO USAR SI QUIERES CONSERVAR LOS TOBILLOS.
—Podría ser de cualquiera.
—Claro. El vestuario está lleno de laterales izquierdos con tendencias dictatoriales.
—Central zurdo.
—Central zurdo cuando te conviene, lateral cuando Mark Ellison se levanta creativo.
El nombre del seleccionador hace algo desagradable en el aire. Como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno.
Mark Ellison. Inglaterra. Convocatoria de emergencia.
Alfie Reed fuera por lesión. Mi nombre entrando en una lista que ya estaba cerrada, mi teléfono vibrando a las seis y doce de la mañana, mi agente repitiendo “es real” tres veces porque debí de preguntarlo sin darme cuenta.
La FA mandando horarios, enlaces, protocolos, formularios médicos, cláusulas de confidencialidad, instrucciones de equipaje, vacunas revisadas, rutas de acceso al hotel, política de dispositivos, disponibilidad para prensa.
Disponibilidad para prensa.
Como si la prensa esperase a que uno estuviera disponible.
—No ha firmado nada todavía —digo.
—¿Quién?
—Ellison. No me ha dicho si voy como central, lateral o cono de entrenamiento glorificado.
Tom se deja caer en el banco de enfrente. La madera protesta bajo su peso.
—Te ha llamado porque te necesita.
—Ha llamado porque Reed tiene el isquio hecho puré y porque los otros dos zurdos están medio rotos o medio inútiles.
—Eso es casi poesía viniendo de ti.
—Es análisis de plantilla.
—Es miedo con botas caras.
Aprieto la cremallera de un bolsillo lateral con demasiada fuerza. Se atasca.
Tom no sonríe. Ese es el problema. Si sonriese, podría mandarlo a la mierda y seguir embalando mis cosas con dignidad moderada.
Pero Tom tiene una manera concreta de ponerse serio: la mandíbula baja un milímetro, los hombros se relajan, la voz pierde la capa de idiota profesional.
Cuando hace eso, ya no es mi compañero de equipo.
Es mi amigo. Y eso complica cualquier retirada limpia.
—No empieces —le digo.
—Ni siquiera he terminado de sentarme.
—Te conozco.
—Sí. Por eso sé que estás a tres segundos de convertir una convocatoria mundialista en una auditoría de riesgos.
Miro mi taquilla casi vacía. Quedan dos pares de espinilleras, una botella reutilizable con el escudo del club medio borrado, una foto vieja pegada con imán y una lista de ejercicios de movilidad que Lottie, nuestra antigua fisio, me amenazó con perseguirme hasta la muerte si dejaba de hacer.
La foto no la miro demasiado. Tom y yo después de un partido de enero, lluvia horizontal, los dos cubiertos de barro, mi ceja abierta, su brazo alrededor de mi cuello en una llave que el fotógrafo del club decidió llamar abrazo.
Ganamos uno a cero. Yo despejé una en la línea.
Tom falló un penalti y luego dio una asistencia sin querer porque le rebotó en la rodilla.
El fútbol es un deporte cruel. A veces premia la estupidez.
—Estoy bien —digo.
Tom resopla.
—Price, una vez te rompiste dos dedos del pie y dijiste que estabas bien porque el dolor era “localizado y por tanto irrelevante”.
—Lo era.
—No sabes estar bien. Sabes estar disponible.
Eso sí me llega.
No porque sea profundo. Tom tiene momentos de lucidez accidental, como los goles de rebote. Me llega porque es exacto.
Disponible. Para jugar por la izquierda si hace falta.
Para cerrar por dentro si el lateral sube.
Para no quejarme si me cambian de posición.
Para no mirar donde no debo. Para no tardar demasiado en la ducha.
Para reírme medio segundo después de un chiste que no me hace gracia.
Para no reaccionar cuando alguien dice ciertas palabras en cierto tono.
Para ser útil, correcto, opaco. El tipo de jugador que un entrenador puede mover por la pizarra sin preguntarse qué lleva dentro.
Eso no se dice en voz alta. Menos aún en un vestuario.
Así que cierro la caja.
—Me han llamado porque soy zurdo.
—Te han llamado porque eres muy bueno.
—Hay una diferencia entre ser bueno y ser conveniente.
—Y ahí está. —Tom señala mi cara con la bota—. El gesto de “voy a sabotear mi propia alegría antes de que alguien la toque”.
—No tengo ese gesto.
—Lo tienes desde los diecisiete.
—A los diecisiete tenía acné.
—Y el mismo carácter de archivador metálico.
Le quito la bota de la mano y la tiro dentro de su taquilla. Cae con un golpe seco.
—Ordena tu espacio antes de criticar el mío.
—Mi espacio es orgánico.
—Tu espacio viola tres protocolos sanitarios.
—Vas a echarme de menos.
No contesto a tiempo.
Ese es mi error.
Tom lo nota, por supuesto, porque los amigos seguros son una molestia evolutiva. Se inclina hacia atrás, cruza los brazos y me estudia con descaro.
—Ah —dice—. Lo sabía.
—No sabes nada.
—Vas a echarme de menos muchísimo.
—Voy a echar de menos tener a alguien peor que yo en los rondos. Subía la moral del grupo.
—Mentira. Soy arte en movimiento.
—Eres una pérdida en zona tres esperando suceder.
—Pero con carisma.
—Eso dicen todos los jugadores que no saben perfilarse.
Tom se ríe y el sonido rebota en las taquillas vacías.
Durante un segundo, el vestuario vuelve a ser normal.
No hay llamada de la FA. No hay vuelo. No hay Mundial repartido entre Estados Unidos, México y Canadá como una trampa logística con estadios llenos, fan zones, cámaras, ruedas de prensa y millones de personas opinando sobre tobillos ajenos.
No hay mi nombre en una lista junto al de James Whitmore.
Jamie Whitmore, si uno lee tabloides.
James, si uno escucha a comentaristas que quieren parecer serios.
Capitán de Inglaterra. Extremo derecho. Golden boy.
Dientes perfectos, pelo perfecto, caos calibrado para cámaras, anuncios de relojes, campañas de bebidas energéticas, portadas con trajes que cuestan más que mi primer coche.
La prensa lo llama el soltero más deseado del fútbol inglés cada tres semanas, normalmente al lado de una foto borrosa con alguna modelo, presentadora o heredera de apellido compuesto.
Yo lo llamo problema táctico.
También lo he llamado otras cosas en partidos de liga, ninguna apta para emisión.
—Hablando de carisma —dice Tom, demasiado casual—. Tenemos que repasar una norma.
—No.
—Ni siquiera sabes cuál es.
—Sí lo sé.
—No acostarte con compañeros.
—No iba a—
—Y antes de que empieces con esa cara de Excel, incluye compañeros temporales, compañeros internacionales, capitanes, extremos derechos, futbolistas con campañas de perfume y cualquier persona que tenga más de tres millones de seguidores y menos instinto de conservación que un zorro en la M25.
Dejo una espinillera encima de la caja.
—No voy a acostarme con Jamie Whitmore.
El nombre suena peor en mi boca que en la tele.
Tom me mira con atención. Demasiada.
—No he dicho Jamie Whitmore.
—Has dicho extremo derecho y campaña de perfume.
—Hay varios.
—No con tres millones de seguidores y menos instinto de conservación.
—Entonces lo tienes estudiado.
—He jugado contra él.
—Ajá.
—Es fútbol profesional, Tom. Uno estudia rivales.
—Yo estudio rivales y nunca sé cuántos anuncios de colonias tienen.
—Porque tú apenas sabes leer.
Se lleva una mano al pecho.
—Eso ha sido innecesariamente cruel.
—Es necesario que lo sepas.
Tom baja la voz.
—Escúchame, Ollie.
Ahí está otra vez. La seriedad. La bota al suelo. La línea defensiva cerrándose.
Me obligo a mirarlo.
—Whitmore no es solo un compañero —dice—. Es el capitán. Es la cara del equipo. Es la persona a la que los fotógrafos buscan cuando baja del autobús y cuando respira demasiado cerca de alguien. Si te cae mal, perfecto. Si te cae bien, cuidado. Si te cae demasiado bien, sal corriendo.
—No me cae nada bien.
—Todavía.
—No soy idiota.