Capítulo 14
Se avecina tormenta
Volvimos a Madrid envueltas en un silencio largo, sostenido durante kilómetros.
De vez en cuando hablábamos, casi por obligación, sobre el siguiente paso, pero enseguida las palabras se apagaban.
Claudia dormía —o fingía dormir— con la cabeza recostada contra la ventanilla, mientras yo intentaba asimilar toda la información que teníamos.
La hermana Fe se había convertido en pieza clave de la investigación.
Su empeño por conservar el espolín había dejado un rastro, y estaba convencida de que algo tan singular, un traje de valenciana de tal valor debía estar clasificado en algún archivo.
El problema era el tiempo: habían pasado más de cuarenta años desde que la hermana Fe lo entregara a su superiora.
¿Seguiría allí, olvidado en un armario, o habría sido trasladado, reutilizado, quizá incluso perdido para siempre?
El viaje podía llevarnos a una pista clara…
o a la nada más absoluta. Esa incertidumbre me corroía mientras la autopista se deslizaba bajo el coche, y el sol descendía, tiñendo de cobre el horizonte.
Claudia tarareaba bajito melodías de un tiempo ya lejano; yo, mientras tanto, buscaba la manera de decirle que su papel en esta aventura llegaba a una pausa.
No porque desconfiara de ella —al contrario, sin su ayuda habría sido imposible localizar a la hermana Fe—, pero sentía que este misterio debía afrontarlo sola: por mí, por Carmela… y ahora también por su hijo.
Ya en la ciudad, una idea me golpeó de pronto, tan obvia que me sobresaltó.
—¡Mi madre! —exclamé en voz alta.
Claudia dio un respingo, mirando alrededor como si de verdad esperara verla sentada en un banco del parque que acabábamos de cruzar.
—Claudia… ¡mi madre! —insistí—. No le he contado nada de esto. Al fin y al cabo, Carmela era su madre. Y el hijo de Carmela… ¿su medio hermano? ¿Mi tío? ¿Cómo se lo cuento? ¿Se lo cuento siquiera? Ahora mismo cree que estoy de vacaciones y que pronto estaré en Jávea…
—No le cuentes nada —sentenció con firmeza—.
Tu abuela no dejó este legado a tu madre, te lo dejó a ti.
Te confió a ti la misión, te preparó para ella.
No se lo digas hasta que todo se resuelva.
Después, si es necesario presentarle a su hermano, se lo cuentas con cuidado.
Si hay que mostrarle el espolín, se le enseña.
Pero por ahora, déjala al margen. ¿No me has dicho que está en Japón con tu padre?
Asentí en silencio.
—Pues que disfrute. Ya se enterará a su tiempo.
Claudia siempre tenía esa capacidad de hacerte reflexionar sobre todo, desde lo más trivial hasta lo más profundo. Pero si algo la definía de verdad era su intuición. Se giró hacia la ventanilla, suspirando con una mezcla de certeza y resignación.
—Marina, sé que este viaje es tuyo. Has de completarlo sola. Yo estaré ahí si me necesitas, pero me retiro, porque sé que es lo mejor. Solo te pido una cosa: déjame acompañarte hasta la Casa de la Caridad de San Vicente de Paúl. Luego… camina sola.
2.María
Querida hermana:
No sabes la alegría que siento al contarte que Albertito ha cumplido un año.
Sus padres le organizaron una fiesta tan bonita…
¡Me parecía un sueño! Había payasos, y hasta mariachis que le cantaron el cumpleaños feliz.
En el centro de la mesa, una tarta enorme cubierta de azúcar brillaba entre montones de regalos.
Ay, hermana, está precioso. ¿Recuerdas que dudabas si conservaría esos ojos azules enormes que tenía al nacer? Pues sí, los conserva, y su pelito rubio ya empieza a rizarse en las puntitas, tan suave y fino que parece seda.
Me invitaron a la fiesta, ¿puedes creerlo? Fui yo quien le hizo el traje de marinero que llevaba puesto, y Enrique se encargó de las fotos. ¡Mare meua! La casa es maravillosa, tan grande y luminosa… con un jardín enorme y una escalera blanca que rodea el recibidor a derecha e izquierda.
Del techo cuelga una lámpara inmensa, como una tarta de seis pisos invertida, hecha de cristalitos que reflejan la luz creando cientos de arcoíris.
Una alfombra turca —eso me pareció escuchar— cruzaba la sala de estar de lado a lado, y dos hermosos y suaves sofás de cuatro plazas rodeaban una mesa redonda de cristal sostenida por dos cisnes de bronce.
Nunca había visto algo así en mi vida. Aquí y allí, juguetes para Alberto: un precioso caballito de madera pintado en color caramelo, con crines del color del chocolate, esperando a que crezca un poco, y un coche a pedales igualito al del Generalísimo.
Don Manuel lo alzó en brazos para soplar las velas. Te mando la foto para que veas lo feliz y risueño que estaba… y lo bonito que me quedó su trajecito.
Puedes estar tranquila de que es muy querido. Pero ya sabes, la vida da muchas vueltas y lo que hoy es fortuna mañana puede tornarse en penuria, así que sigue guardando el vestido de su madre (que Dios la consuele en sus tribulaciones).
Sobre el vestido he sabido algo por casualidad: la hija de una clienta muy reputada compró para su niña uno muy parecido en Garín, y le costó más de 25.
000 pesetas. ¡Una fortuna! Me dijo que el dibujo se llama Valencia.
El de Beatriz —así se llama la niña— es en color negro y…
¿a qué no adivinas quién va a coser esa joya?
Sí, hermana, yo misma. Y Enrique será quien le haga las fotografías.
Y tú querrás saber cómo estoy con Enrique…
Bueno, poco a poco, nuestra relación se va asentando.
Siento que su corazón se va abriendo, que empieza a curarse.
Espero poder decirte pronto que hemos decidido casarnos.
Es un buen hombre, no te preocupes. Su negocio de fotografía va muy bien, tiene muchos clientes, y las falleras confían en él para sus retratos.
¡Ay, hermana! ¿Te imaginas? Yo, vestida de blanco, entrando al altar con un hombre tan maravilloso esperándome…
Por ahora solo quería compartir contigo toda esta felicidad. Te llevo siempre en mi corazón y en mis recuerdos.
Con todo mi cariño, María.
El metro de Madrid siempre me producía una sensación ambigua.
Por un lado, el murmullo constante de conversaciones, los frenazos metálicos y el olor a mezcla de sudor y perfumes ajenos me envolvían en una nube que no me agradaba en absoluto; por otro, me gustaba sentir cómo la ciudad latía bajo tierra, como si cada túnel fuese una arteria que nos arrastrara en su pulso.
Claudia y yo bajamos las escaleras mecánicas en Alonso Martínez, con ese aire decidido que adoptamos cuando fingimos que conocemos exactamente a dónde vamos.
Ella sostenía el bolso contra el pecho, temerosa de que en cualquier momento se lo robaran, y yo me descubrí mirando los azulejos azules de la estación, gastados por décadas de rutilantes viandantes, ajenos al trajín y el ir y venir de una ciudad que rugía sobre ellos.
Subimos rápido entre empujones y pisadas varias; pudimos sentarnos de milagro. El vagón, sin estar completamente lleno, transportaba una variopinta representación de Madrid comprimida en pequeños espacios.
El trayecto hasta Estrecho se hizo corto.
Sentadas una frente a la otra, apenas hablamos.
A nuestro alrededor, estudiantes con auriculares, una mujer mayor que aprieta una bolsa de tela contra las rodillas, dos niños que se disputan una botella de agua.
Madrid en su versión más íntima, recluida en un transporte subterráneo.
Entonces, entre el reflejo de los cristales, me pareció ver a Celia, «la amiga» de Quique.
Su cabello rojizo, de un tono que recordaba al mío, se movía con gracia mientras avanzaba en un coche contiguo; joven, delgada, con un gesto que me pareció familiar.
Su bolso, un Galliera de Louis Vuitton en damier ebène, era el mismo que había dejado sobre la encimera de la isla de la cocina el día que la conocí.
Por un instante, tuve la sensación de que nos reconocíamos, aunque pronto dejé de poder verla, se desvaneció entre la multitud y solo quedó la duda.
Cuando salimos a la superficie en Bravo Murillo, la ciudad nos recibió con otro latido: ruido de coches y el aire cargado de polvo y polución, espeso como una manta invisible. Caminamos unas calles hasta la Casa de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl.
Miré a Claudia y supe que ambas lo sentíamos: estábamos a punto de entrar en un lugar que no pertenecía del todo a este Madrid ruidoso, sino a una isla de calma, de paz.
El edificio de la Casa Provincial se alzaba discreto ante nosotras; una construcción moderna de ladrillo visto de tono salmón y ventanas regulares que miraban a la calle silenciosa.
Protegido por una sencilla verja metálica a pie de acera, apenas parecía distinto de cualquier otro bloque residencial del barrio, pero al atravesar sus puertas, Claudia y yo sentimos un cambio inmediato: el aire estaba impregnado de un aroma a detergente que me resultó familiar.
Cada paso resonaba suavemente sobre el suelo de piedra pulida.
El pasillo principal era largo y recto, con paredes blancas y puertas de madera numeradas, detrás de las cuales se adivinaban habitaciones y oficinas.
Nos guiaban en silencio, los pasos medidos de la hermana que nos acompañaba marcaban un ritmo tranquilo, casi ceremonial.
A nuestro alrededor, pequeños detalles: cuadros con estampas religiosas, plantas que intentaban asomar la cabeza por los alféizares y vitrinas con objetos antiguos, cuidadosamente colocados.
Todo parecía estar en su sitio desde hacía décadas, detenido en el tiempo para proteger la rutina de la comunidad.