Capítulo 23
Juliet decidió que despediría a Katja para cuando salió de la oficina.
Se sentía débil por el deseo, con la mente aturdida por lo que había visto, por la imagen de Katja corriéndose, sus gemidos, sus ojos temblorosos, esos muslos preciosos tensándose...
¿He dicho que son preciosos?
Sí.
Se quedó parada en mitad de la acera mientras Nueva York seguía su curso a su alrededor. Tenía las bragas tan empapadas que se le habían quedado pegadas al coño. El clítoris le latía con fuerza. Sabía que estallaría en el momento en que se tocara.
Sacó su botella de agua y se la apoyó contra la mejilla.
—Oye, guapa —le gruñó un transeúnte—. ¿Vas a quedarte ahí todo el día estorbando al personal?
Típico de Nueva York.
Juliet se dirigió a su coche, que la estaba esperando, y se subió en la parte de atrás.
Katja tiene que irse. Jake también. No pueden follar en la oficina.
El sábado cambió de opinión. Es una mina de oro. No debería permitir que unos cuantos escarceos se interpongan en el negocio.
El domingo volvió a su postura del viernes. Me está provocando. Ha adivinado que la deseo. Quiere que me rompa.
Había buscado en Google la frase en noruego y había descubierto lo que significaba.
Era para Jake.
No, era para mí.
Y así una y otra vez; para el lunes seguía indecisa.
Vio a Katja al otro lado de la sala con otra blusa color crema y una falda oscura, y a Juliet se le secó la boca.
Se encerró en su despacho y se volcó en el trabajo.
Fracasó.
No podía pensar en otra cosa que no fuera Katja corriéndose.
El demonio entró en su despacho a última hora de la tarde y cerró la puerta tras de sí.
—No tenemos ninguna reunión programada... —comenzó Juliet.
Katja se acercó a ella, agarró su silla y la alejó de detrás del escritorio.
Juliet soltó un gritito de sorpresa.
Katja se sentó a horcajadas sobre ella con elegancia, con las rodillas a cada lado de la cintura de Juliet y las manos sujetando el respaldo de su silla.
La silla se hundió bajo el peso de ambas.
Las palmas de las manos de Juliet rodearon instintivamente el culo de Katja para sostenerla.
Su culo.
La mente de Juliet implosionó.
La sensación de las nalgas firmes en sus manos. El aroma de Katja, sus labios entreabiertos tan cerca.
Si me inclino un centímetro hacia delante, nos besaremos, pensó embriagada.
El coño de Katja flotaba cerca de su vientre.
Si tiro de ella con fuerza, su sexo estará contra mí.
Podía olerlo. La excitación de Katja.
La mujer más joven tenía una sonrisa de suficiencia en los labios, pero sus ojos estaban dilatados.
¿Puede sentir lo destrozada que estoy?
Katja tenía los ojos fijos en sus labios.
Puede sentirlo.
Juliet quería inclinar la cabeza, poner la boca sobre la seda que cubría el pezón de Katja y succionar a través de la tela hasta que Katja gimiera como lo había hecho el viernes.
Quizá emita un sonido diferente.
Quería descubrir cada sonido que emitiera la rubia.
—Jules —casi gimoteó Katja.
Jules. Me ha llamado así.
Juliet no pudo evitar que se le escapara un gemido.
El azul de los ojos de Katja se convirtió en fuego. —Te deseo. Sé que tú me deseas a mí.
Juliet deseaba con todas sus fuerzas apretar las manos sobre el culo de la mujer más joven.
Cualquiera puede entrar y vernos así.
El pensamiento logró abrirse paso a través de la gelatina en que se había convertido su cerebro.
Recuperó un ápice de control. —Soy tu jefa. —Su voz sonaba entrecortada—. Estás casada con mi ex.
Katja se quedó allí sentada durante un buen rato, observándola.
Juliet se dio cuenta de que su respiración se había sincronizado con la de Katja.
—¿Cuánto tiempo vas a usarlo a él como tapadera? —dijo Katja finalmente; se levantó y salió.
Juliet no dejó de mirarle el culo hasta que se cerró la puerta.
Apoyó la cabeza en las palmas de las manos.
Nunca iba a despedirla.
Estoy jodidísima.