Capítulo 34
Al llegar, nos recibe una casona vieja de piedra y madera, erigida a las afueras de un pueblo pequeño.
Un lugar donde el aire huele a hierba mojada y la gente pasea por las calles como si la bota de La Cúpula no estuviera aplastando el cuello del resto del mundo.
Todo aquí tiene el aspecto de esas historias susurradas por los ancianos: relatos sobre la vida previa a La Gran Reestructuración, responsable de catalogar la felicidad como un algoritmo y la libertad como una amenaza para la seguridad nacional.
Aunque el corazón me martillea las costillas, la presencia de BigBad a mi espalda me transmite tranquilidad.
Me acerco al mostrador de madera oscura que preside el hall de entrada y trago saliva antes de dirigirme a la mujer concentrada en unos legajos de papel.
Tras intercambiar un saludo, pregunto por Charlotte Perrot y nos indica con una sonrisa que la encontraremos en el jardín.
Me froto las palmas una y otra vez mientras avanzamos por el corredor y, al llegar a la puerta de cristal que da al exterior, me quedo paralizada ante la estampa que se despliega frente a mí: mi madre está sentada en un banco blanco de hierro forjado, con una manta de lana cubriéndole el regazo y rodeada de una explosión de flores brillantes.
Tiene la cabeza inclinada y escribe absorta en una libreta de cuero, práctica prohibida por la Cúpula hace años por considerarla una pérdida de tiempo improductiva, pero defendida por mi madre como la única forma de mantener el alma a salvo.
Busco la mirada de BigBad por encima del hombro y me encuentro con sus ojos verdes, desprovistos de gran parte de su dureza.
Asiente y abre la puerta. Cuando estoy a un par de pasos de ella, levanta la vista, deja la libreta a un lado y me regala una de esas sonrisas añoradas durante tanto tiempo, capaces de iluminar sus facciones castigadas por la enfermedad.
Con esfuerzo se pone en pie y me envuelve en un abrazo con olor a casa, a jabón de lavanda y a un pasado que creía muerto.
Durante un instante infinito vuelvo a sentirme una niña pequeña.
Se aparta para tomarme la cara entre las manos y me estudia como solo una madre sabe hacerlo.
—Mírate, estás preciosa… ¿Cómo estás, cariño? —Escuchar su voz es otra caricia para mi alma oscura.
—Muy bien, mamá, de verdad —le aseguro, intentando disimular el nudo en mi garganta—. Lo he conseguido. Ya no tienes que preocuparte por nada más, van a darte la medicación necesaria para curarte del todo.
—Es una noticia maravillosa, hija mía —dice, al tiempo que desvía la mirada por encima de mi hombro—. ¿Y quién es ese muchacho que te acompaña?
Suelto una risa nerviosa al oírla llamarlo «muchacho».
—Él es Matt —respondo, dándome cuenta de que es la primera vez que uso su nombre real en voz alta.
Él también es consciente, porque me guiña un ojo mientras da unos pasos hacia adelante y extiende la mano con la intención de realizar un saludo formal que mi madre ignora para rodearlo con los brazos.
—Gracias —le dice al soltarlo—. Gracias por haberme traído a este sitio tan hermoso, pero, sobre todo, gracias por cuidar de mi hija cuando yo no he podido hacerlo.
Me río al verlo desarmado por una mujer de apenas un metro cincuenta. Tras unos segundos de incomodidad evidente, mamá vuelve a sentarse en el banco y con un gesto nos anima a unirnos a ella, aunque solo yo acepto la invitación.
—Voy a hablar con el personal para dejar arreglados los detalles del tratamiento y el comienzo de la medicación —anuncia él, dándonos un momento de intimidad después de tanto tiempo.
Antes de que se dé la vuelta, extiendo la mano y le doy un apretón firme, un contacto fugaz para transmitirle todo el agradecimiento imposible de expresar con palabras. Lo recibe con un leve movimiento de cabeza y luego camina hacia el interior de la casona.
Observo su espalda hasta que mi madre reclama mi atención.
—Llevaba demasiado tiempo sin verte con esa luz, Rouge.
El frío del banco traspasa la ropa cuando me acomodo junto a ella.
—Algo me dice que ese Matt es mucho más que un simple compañero de viaje.
—No digas tonterías, mamá. Solo compartimos situaciones complicadas y la confianza es una herramienta de supervivencia necesaria. —Ignoro el calor que me sube por el cuello—. Matt es… eficiente, nada más.
—Es un buen hombre, cariño. Salta a la vista por su forma de dar un paso atrás y cederte el protagonismo, sin dejar de estar pendiente de ti —insiste ella, ignorando mi torpe intento de desviar el tema.
—«Bueno» no es precisamente la palabra que yo usaría para describirlo —suelto con una media sonrisa amarga, pensando en el búnker, en las amenazas y en la sangre que mancha sus manos.
—Tal vez por eso mismo sea bueno para ti.
El mundo no es blanco o negro, por mucho que La Cúpula se empeñe en clasificarnos con sus algoritmos binarios; la vida real está hecha de una escala infinita de grises y, si has encontrado el tono idóneo que te hace sentir segura, mi consejo es aprovecharlo sin darle tantas vueltas.
—¡Mamá! Por favor, acabas de conocerlo —exclamo, aunque en el fondo tiene razón: Matt Wolfe es el único caos capaz de poner orden en mi vida.
—Solo describo la realidad: veo a una mujer radiante a pesar de tu evidente cansancio. —Me acaricia la mano con ternura—. Me hace muy feliz verte así de bien, me da la paz necesaria para afrontar el futuro.
—Lo que viene es tu recuperación. El tratamiento durará unos seis meses aquí y después ya te he conseguido una casita preciosa a unas pocas calles, con un pequeño jardín repleto de flores donde puedas seguir escribiendo y estés cerca de la clínica para las revisiones periódicas sin tener que volver a pisar el asfalto gris de la ciudad.
—Cielo, no hacía falta tanto despliegue, no quiero que tu vida se detenga por mi culpa ni seguir siendo una carga para ti. —La tristeza en sus ojos me parte el corazón.
—Nunca lo has sido. —La abrazo y escondo la cara en su cuello—. Eres mi único anclaje real y, ahora que tengo los recursos, voy a usarlos todos para garantizar tu bienestar.
Nos quedamos abrazadas un buen rato, con el canto de los pájaros como banda sonora. Al separarnos, señalo la libreta de cuero sobre el banco.
—¿Y qué estabas escribiendo con tanto ahínco antes de que llegáramos a interrumpirte?
Ella acaricia la cubierta de cuero con un gesto casi reverencial y me dedica una sonrisa enigmática que me transporta a las noches de mi infancia, cuando la realidad todavía no dolía.
—Es una historia infantil, un relato sencillo sobre una niña valiente de un pueblo humilde que debe cruzar un bosque peligroso, lleno de secretos, para llevarle una cesta a su abuelita, que vive al otro lado de los árboles y la espera con las respuestas que necesita.
Apoyo la cabeza en su hombro, cierro los ojos y me viene a la memoria aquella frase que solía decirme de pequeña.
Esa donde me contaba que, si el bosque te impide contemplar el cielo, no debes olvidar que las estrellas siguen ahí; solo tienes que encontrarlas en la oscuridad.
Ahora comprendo la verdad de sus palabras.
No solo he conseguido hallar las estrellas, sino que, aunque el bosque vuelva a ocultarlas, el miedo paralizante ha desaparecido.
Entrelazo los dedos con los de mi madre y permanezco en silencio, aceptando que ya no le temo a ninguna bestia, sino que soy yo quien se ha convertido en la criatura que sabe cómo moverse y acecha en el sendero de las sombras.