Capítulo 18
Josie
El lunes amaneció gris. Theo ya llevaba puesta la ropa de montar antes de que yo terminara de despejarme y estaba sirviendo tres tazas, con el casco sobre la encimera.
Simone, enfundada en el vestido tubo color avena, se pintaba los labios ante el espejo del recibidor, con unas hojas impresas bajo el brazo.
Salí del dormitorio con su albornoz y me detuve en mitad del apartamento ante un problema.
—Mi ropa está en el piso subarrendado —dije—. Toda. Aquí solo tengo el vestido del viernes y un albornoz que no es mío.
—La colada sigue húmeda —dijo Theo—. Lo he comprobado.
—Así que o me pongo dos veces en una semana el vestido del viernes o le saqueo el armario.
—Saquea mi armario —dijo Simone, mirando al espejo—. Ponte el gris. Te sentará mejor que a mí.
De todos modos, me llevé el café al dormitorio y volví con el vestido del viernes puesto, intentando alcanzar la cremallera a mi espalda. Theo dejó su taza y me la subió sin prisas, con las manos cálidas a través de la tela. Cuando terminó, no se apartó.
—Necesitamos una cama más grande —dijo.
—Necesitamos un apartamento más grande —dijo Simone desde el espejo.
—Tenéis tres dormitorios.
—Sí. Pero quiero un apartamento más grande. Quiero que elijamos uno juntos. —Tapó el pintalabios y se volvió—. Quiero que tu nombre figure en el contrato de alquiler.
La lavadora repiqueteaba en la otra habitación. Theo bebió café y me observó por encima del borde de la taza.
Dejé la mía sobre la isla.
—Vale.
Simone volvió a ocuparse del pintalabios. Por encima de mi cabeza, buscó a Theo en el espejo. Él le sonrió. Dejé que compartieran aquel momento.
Me pinté los labios deprisa en el hueco que me dejó frente al espejo y me puse los aros mientras volvía a por el bolso. La respuesta de mi director de tesis había llegado durante el fin de semana, una sola línea, y la recité en voz alta. —Sigue publicando y me da igual dónde te sientes.
—Me cae bien —dijo Theo con calma.
—Te caería bien cualquiera que me permitiera quedarme.
—Entonces eso incluye a medio planeta.
—Se lo he contado a Jenna —dije—. Antes que a él. Quiere conoceros a los dos. Quiere saber si sois lo bastante buenos para mí.
—¿Lo soy? —preguntó Theo.
—El jurado aún está deliberando.
Simone sonrió sin volverse. —Llamaré a mi madre el mes que viene, cuando vengan de visita por Acción de Gracias. Se lo contaré entonces.
—¿Qué les contarás?
—Que soy feliz. —Guardó las hojas impresas en el bolso—. Mi madre se gana la vida traduciendo. Ya se encargará del resto.
—¿Y la empresa?
—La empresa ya lo entenderá. No pienso ocultaros. Pero tampoco voy a dar ningún discurso. La gente se dará cuenta de ciertas cosas y llegará a la conclusión correcta. Si alguien me pregunta directamente, responderé de forma directa.
—¿Y si me preguntan a mí?
—Responde como quieras. Dejaste de ser mi becaria el día que te pedí que te quedaras.
Theo puso música mientras terminábamos de prepararnos, una canción con instrumentos de viento, demasiado estridente para un lunes.
Simone bailó un poco en calcetines frente al espejo, con los labios ya pintados y sin ninguna prisa por ponerse los tacones.
Le hice una foto con el móvil. No la publiqué en ninguna parte. Me la guardé.
Él enganchó las luces a la bicicleta junto a la puerta. Simone se calzó los tacones y cogió sus llaves del gancho. Yo cogí el juego de repuesto. En algún momento de los últimos tres días había dejado de ser el juego de repuesto.
Salieron antes que yo a la mañana gris. Miré a los dos en el rellano, discutiendo en voz baja sobre la ruta.
En junio llegué en avión con una maleta y una tesis. Aquella chica no se habría creído ni una palabra de todo esto.
Cerré la puerta tras nosotros.