Capítulo 14
Josie
Lo supe antes siquiera de sacar la llave de la puerta.
La vajilla buena estaba puesta en la mesa. Theo permanecía junto a los fogones, vigilando una olla que no necesitaba vigilancia. Simone estaba sentada en la isla de la cocina con una copa de vino que no había probado, la espalda recta y las manos entrelazadas delante de ella.
Llevaba el vestido cruzado verde bosque. El de mi primer día.
Dejé el bolso, me acerqué a la isla y me senté en el taburete frente a ella.
—Vale —dije—. ¿Qué pasa?
Simone miró a Theo. Él apagó el fuego.
—Tienes que hacerlo —dijo él con dulzura.
Ella alargó las manos sobre la encimera y cogió las mías. Las tenía frías. Volví las palmas hacia arriba y se las estreché.
Va a pedírtelo. Por fin va a pedírtelo. No la ayudes. Deja que lo diga.
—No te quiero solo para el verano —dijo—. Nunca ha sido así. Me lo repetía porque era más seguro conformarme con menos.
No me moví. Sus manos apretaron las mías.
—Quiero que te mudes aquí. Quiero que vivas en nuestro piso. Quiero presentarte a mi madre. Aplázalo, trasládate, hazlo a distancia, no lo sé. Ya encontraremos la manera. Sé lo que te cuesta. Y aun así te lo estoy pidiendo.
Inspiró, y el aire le tembló al entrar.
—Te quiero. Llevo todo este tiempo intentando mantener esto lo bastante pequeño para que quepa dentro de un verano. Pero no cabe. No quiero que te marches dentro de tres semanas. No quiero que te marches nunca. Quédate. Quédate con nosotros. Para siempre.
—Y después de agosto ya no serás mi becaria —añadió—. Serás mi colega. Esa parte sí sé cómo manejarla.
Theo se acercó y se colocó a su lado. —Lo hemos hablado. O los tres juntos o ninguno. Esa es la oferta.
En la cocina reinaba un silencio absoluto. La olla crepitaba sobre el fogón que se enfriaba.
Miré a los dos, de pie hombro con hombro al otro lado de la encimera, ofreciéndome su vida entera.
—Sí —dije.
Ella se desplomó de alivio. Theo soltó el aire que contenía. Simone empezó a rodear la isla y yo levanté una mano, porque aún había más y quería que lo oyera.
—Ya le escribí a mi tutor —dije—. Hace dos semanas. Me dijo que podía realizar a distancia los dos últimos años de investigación si tenía un buen motivo. Le dije que lo tenía. Estaba esperando a que me lo pidieras.
Simone se quedó inmóvil.
—¿... Hace dos semanas?
—Hace dos semanas.
—Llevo un mes pasándolo fatal.
—Lo sé. —Intenté decirlo con toda la delicadeza posible, aunque no pude evitar sonreír—. Te estaba dando tiempo para que me alcanzaras.
Theo rompió a reír. La carcajada le brotó del pecho y se apoderó de él. Se apoyó con todo su peso en la encimera, incapaz de contenerse.
—Seréis zorras —dijo.
Simone rodeó la isla. Me tomó la cara entre las manos y me examinó con atención, a fondo, recorriéndome el rostro con la mirada. Fuera lo que fuese lo que encontró, hizo que se le suavizaran los labios.
—Estabas esperándome.
—Te quiero. Claro que estaba esperando. —Le sonreí—. Habría esperado más. Aunque no mucho más. Tenía preparado un discurso para la semana que viene.
—¿Qué decía?
—Que me quedo. Era más corto que el tuyo.
Se echó a reír y me besó, cálida y sin rastro de vino, con las manos todavía sobre mi cara. Theo nos rodeó a cada una con un brazo desde un costado y apoyó la cabeza contra la de Simone. Los tres permanecimos abrazados junto a la isla mientras la cena se enfriaba. A nadie le importó.
—Qué suerte tenemos —murmuró él.
Me aparté lo suficiente para mirarlos. Por primera vez en toda la semana, sentía que podía respirar.
Esto es mío. Todo el resto de mi vida empieza aquí, de pie en esta cocina.
Cogí la mano de Simone y después la de él.
—Folladme —dije.