Capítulo 12
Simone
Theo nos besó a las dos en la puerta después de cenar. Un viejo amigo de la universidad estaba en la ciudad por una sola noche y él le había prometido llevarlo a un bar del centro que le gustaba. —No me esperéis despiertas —dijo. La puerta se cerró con un clic. El piso era nuestro.
Josie se había adueñado del sofá y de mi camisa de seda color avena.
Tenía el pelo mojado de la ducha, las piernas dobladas bajo el cuerpo y, en el regazo, unas hojas impresas que atacaba con un bolígrafo rojo.
En la tele emitían un concurso de repostería con el volumen bajo.
Josie tenía opiniones sobre aquel concurso.
—Se ha pasado una hora laminando esa masa. Y ella va a ganar con un bizcocho. Un bizcocho, Simone.
—Tú no has horneado nada en tu vida.
—No necesito saber hornear para tener criterio.
La observé discutir con un televisor enfundada en mi camisa, con el bolígrafo rojo de nuevo entre los dientes.
La quiero. Estoy a punto de decírselo a todas horas.
Me pilló mirándola y no dijo nada. Las hojas acabaron en el suelo. Se desabrochó dos botones de la camisa, me cogió la cabeza entre las manos y guio mi boca hasta su pecho.
Me acomodé contra ella con el pezón descansando sobre mi lengua, el latido de su corazón bajo mis labios y el programa todavía en marcha. Sus dedos se movían entre mi pelo. Durante un buen rato mantuve la lengua allí, sin hacer nada más. Ella terminó de leer las hojas por encima de mi cabeza.
Moví la lengua despacio alrededor de su pezón.
Su respiración cambió con la primera vuelta. A la tercera ya había dejado de fingir que leía. Succioné con suavidad y luego con menos suavidad. Arqueó la espalda hacia mí mientras el papel resbalaba del sofá.
Después nos besamos hasta que el programa terminó en algún lugar a nuestras espaldas.
Su boca era lenta y minuciosa; ya no quedaba vino ni dentífrico, solo ella.
Tiró de mí hasta dejarme medio encima de su cuerpo y nos perdimos en aquello.
Sus manos se deslizaron bajo mi jersey, mi muslo quedó entre los suyos y el tiempo se marchó a otra parte.
Volví a sus pechos cuando los besos se tornaron ávidos. Me metí el derecho muy dentro de la boca, hice rodar el pezón izquierdo entre los dedos, soplé sobre la punta húmeda y observé cómo se endurecía. Cerré la boca sobre el aro de su pezón.
Lo succioné despacio. Tiré del oro con la lengua y le di un suave tirón con los labios. Succioné a la vez el pezón y el aro, envolviéndolos en el calor de mi boca. Ella empezó a gemir. Sus caderas se alzaron del cojín, sus uñas se me clavaron en el hombro y sus muslos se apretaron contra la nada.
Me detuve. Dejé que el aro escapara de mi boca cuando estaba a un suspiro de hacerla añicos. Gimoteó con voz aguda ante la pérdida, mientras sus caderas seguían persiguiendo mi boca.
—Qué cabrona —dijo sin aliento.
—Luego —dije, y me encantó decirlo.
Se vengó con la boca. La mantuvo pegada a mis pechos hasta que mis muslos empezaron a deslizarse el uno contra el otro; succionaba, me rozaba con los dientes y se tomaba su tiempo. Bajó por mi vientre, se detuvo en el pliegue del muslo y se quedó allí, respirando sobre mí, hasta que la insulté.
—En paz —dijo contra mi piel.
Para entonces tenía las manos llenas de mi culo, amasándolo, separándolo, mientras sus dientes se cerraban con delicadeza sobre la curva de una nalga. Su boca fue a todas partes excepto adonde habría acabado conmigo. Las dos temblábamos un poco cuando me cogió de las manos y me levantó del sofá.
Recorrimos el pasillo besándonos. Su espalda chocó contra el marco de la puerta; se rio contra mi boca y siguió avanzando.
Se tumbó de espaldas sobre la colcha y tiró de mí para colocarme encima; mi jersey se había quedado en algún lugar del pasillo y ella tenía la camisa abierta y fuera del cuerpo.
Deslicé dos dedos dentro de ella y Josie cabalgó sobre ellos, despacio al principio, con su humedad corriéndome por los nudillos.
Los curvé y ella gimió. Apreté la base de la palma contra su clítoris y gimió más fuerte.
—Más.
Le di un tercer dedo. Lo recibió con un gemido agudo y cabalgó con más fuerza, ávida, persiguiendo mi mano más deprisa de lo que yo se la daba.
—Más, cariño.
Introduje cuatro dedos hasta los nudillos. Su coño los aferró, abrasador, apretándolos con cada descenso de sus caderas. Observé cómo se abría en torno a ellos, brillante, con los muslos bien separados. Abrió los ojos y encontró los míos.
—Dame la mano, Simone.
Me quedé inmóvil.
Quiere mi mano dentro de ella.
—No me harás daño —dijo, jadeando entre una embestida y otra—. Despacio. Yo te iré diciendo.
El lubricante estaba en la mesilla de noche.
Lo vertió ella misma, sin prisas, sobre mis dedos, mis nudillos y el dorso de mi mano, aunque su respiración era cualquier cosa menos pausada.
Me cogió la mano y la plegó, dejando el pulgar plano contra los demás dedos, mientras moldeaba mi mano con la suya.
Volví a entrar en ella con cuidado hasta los nudillos y luego más allá, un relieve cada vez, deteniéndome siempre que su respiración me lo indicaba.
—Espera. Espera. Vale. Empuja.
La parte más ancha de mi mano presionó contra la parte más ancha de ella. Respiró. Yo esperé con el corazón desbocado.
Su cuerpo tomó la decisión. Se abrió y me recibió hasta la muñeca con un gemido.
Yo no me moví y ella tampoco. Su calor se cerró alrededor de mi mano, ceñido más allá de la muñeca. Cada estremecimiento suyo me recorría el brazo. Le temblaba el vientre.
Tengo la mano dentro de la mujer que amo.
—Mírame —dijo. La miré. Tenía los ojos enormes y clavados en los míos.
—Despacio. Cierra el puño.
Curvé los dedos despacio dentro de ella. Su espalda se alzó de la colcha.
Después empezó a mecerse sobre mi puño. Mantuve la mano quieta y se lo permití: movimientos diminutos y un maullido escapando con cada exhalación.
Sus contracciones envolvían mi puño en oleadas largas, lentas, suyas.
La observé abierta en torno a mi muñeca, rosada y tensa, reluciente, y se me hizo la boca agua.
Tenía los muslos resbaladizos y apretados el uno contra el otro. Nadie me estaba tocando y, aun así, el placer crecía dentro de mí por sus sonidos, por cómo me aferraba la muñeca.
—Tienes mi mano, chérie. Te la has metido entera.
—Lo sé. Lo sé. —Su respiración llegaba entrecortada—. Balancéala. Solo los nudillos. Hacia arriba, hacia mi vientre. No tires hacia atrás.
Mecí un poco los nudillos hacia arriba, contra su pared anterior. Sus maullidos se elevaron hasta convertirse en gemidos agudos; las palabras desaparecieron.
—Así. Así. Sigue así.
Yo le estoy haciendo esto. Mi mano.
Dos veces estuvo a punto de llegar al límite, me agarró del antebrazo y me obligó a quedarme quieta para mantenerse allí, negándose a dejar que terminara.
El clítoris había sobresalido por completo sobre mi muñeca, oscuro e hinchado, palpitando al ritmo de su pulso donde yo podía verlo.
El sudor le cubría el pecho. El aro del pezón temblaba con su respiración.
La tercera vez no me detuvo.
—Simone, me corro, es demasiado, me corro, me corro, te quiero, te quiero…
Lo sollozó a voz en grito, con las palabras quebrándose. El orgasmo la atravesó en oleadas largas y lentas, su coño contrayéndose una y otra vez en torno a mi puño, aplastándome los dedos.
Podía verlo. Su vientre daba un salto sobre mi muñeca con cada contracción y yo observaba cómo el latido descendía hasta mi mano.
En la tercera, un chorro fino rebasó mis nudillos y me alcanzó el antebrazo.
Volvió a salir en la siguiente y en la posterior, sincronizado a la perfección con sus contracciones.
Mi mano produjo dentro de ella un sonido que jamás había oído.
Cada pulsación expulsaba líquido alrededor de mi puño con un ruido húmedo y obsceno, más fuerte que sus gemidos.
Oí el chapoteo del coño de Josie en torno a mi muñeca y mi clítoris palpitó a su compás.
Nadie me tocaba y estuve a punto de correrme solo por el sonido.
Sus piernas temblaron, extendidas sobre la colcha, y los dedos de sus pies se encogieron. Duró más que cualquier orgasmo que yo le hubiera dado. Sus fluidos me corrían por el antebrazo hasta el codo. Los lamí de mi piel mientras ella volvía en sí.
Había dicho que me quería. La alegría estalló en mi pecho, ardiente, tan enorme que se me escapó una risa temblorosa. Sus ojos encontraron los míos y sonrió, deshecha.
Me quiere.
Las palabras también ascendieron dentro de mí. Quería devolvérselas. Las guardé para ella.
Salir llevó tanto tiempo como entrar. Su cuerpo fue soltando mi mano un relieve cada vez, todavía contrayéndose, reacio a ceder cada uno de ellos. Cuando por fin se liberó, ella volvió a gemir en voz baja.
Tenía la mano empapada hasta la muñeca. Lamí la cara interna para saborearla. Ella me observó hacerlo, deshecha y sonriente.
—Vale —dijo al fin con voz ronca—. Vale.
Todavía estaba recuperando el aliento cuando le cogí la mano y la puse entre mis piernas. Estaba empapada hasta los muslos, tanto que se oía.
—Quiero saber qué se siente.
Se volvió hacia mí con los ojos oscurecidos.
—Cabalga primero sobre mis dedos, cariño. Enséñame.
Cabalgé sobre dos de sus dedos y luego sobre tres, girando despacio, con la base de su palma frotándome el clítoris y su boca en mis pechos mientras el placer crecía. Vertió lubricante sobre su mano sin que se lo pidiera, tomándose su tiempo y observándome mientras yo la miraba hacerlo.
Sus nudillos plegados presionaron contra mí, más anchos que cualquier cosa que hubiera recibido. Al llegar a la parte más ancha, tuve miedo.
—No apartes los ojos de mí —dijo en voz baja—. Respira, cariño. Estás recibiendo mi mano.
Respiré. El miedo desapareció. Mi cuerpo la recibió hasta la muñeca.
Me sentía más llena de lo que jamás había imaginado que permitía mi cuerpo.
—No te muevas —dije—. No te muevas.
No se movió. Los latidos de su corazón me llegaron a través de la mano, desde dentro de mí.
Nadie había llegado nunca tan dentro de mí.
Se inclinó y puso la boca sobre mi clítoris sin sacar la mano. El primer orgasmo me atravesó, profundo y veloz, sin darme tiempo siquiera a sentir cómo crecía.
—Josie… oui… je viens…
Bajé la mirada y encontré sus ojos. Lo grité mirándola y me derramé alrededor de su muñeca. Mantuvo la boca donde estaba y curvó un poco los dedos, meciendo los nudillos dentro de mí. El segundo surgió por debajo del primero, con el doble de intensidad.
—Josie… je viens… je t’aime… je t’aime…
Lo aullé, corcoveando sobre su muñeca mientras la vista se me oscurecía por los bordes.
Salió de mí en chorros que podía sentir escapar, fuertes, más allá de su mano y sobre ella.
Mis fluidos le corrían por la barbilla y la garganta.
Me acompañó durante cada oleada, bebiendo lo que le llegaba a la boca y llevando el resto sobre la piel.
Cuando abrí los ojos, estaba observándome con la boca entreabierta y una sonrisa adueñándose de su rostro.
—Te has corrido líquida sobre mi lengua y espesa por mi barbilla —dijo.
Salió de mí con cuidado, un relieve cada vez. La habitación regresó poco a poco. Estaba mareada, flotando, con un pitido en los oídos.
Me besó en la frente.
—Lo sé —dijo en voz baja. Solo eso.
Las dos hemos dicho «te quiero».
Me besó profunda y lentamente, con el sabor de ambas mezclado en el beso. A mitad del beso, reuní lo que tenía sobre la lengua y lo escupí con suavidad en su boca abierta. Nadie me lo había enseñado.
Ella tragó. Se apartó un par de centímetros y me miró.
—Ahí está —dijo en voz baja.
Después nos tumbamos frente a frente, con las narices casi rozándose, y no parábamos de sonreírnos. La cabeza me flotaba. La habitación se había vuelto borrosa en los bordes, luminosa en el centro, absurda.
—Dilo otra vez —pidió—. Cuando no te estés corriendo.
—Je t’aime.
—También en inglés. Soy una avariciosa.
—I love you, Josie. —Me salió con facilidad. Lo dije tumbada sobre la colcha, una vez recuperado el aliento. Me reí de lo fácil que había sido.
Hundió el rostro en mi cuello y se rio conmigo; las dos temblábamos de risa.
—Yo lo dije con tu puño dentro de mí —murmuró contra mi cuello—. Qué romántico.
—Lo sollozaste. Oí cada palabra. Me las quedo.
—A él también lo quiero —dijo en voz más baja—. A Theo. Eso ya lo sabes. Es diferente de lo que siento por ti, pero también es real.
—Lo sé —dije—. Él nos vio antes de que nosotras mismas nos diéramos cuenta.
La siguiente pregunta surgió dentro de mí, la que contenía septiembre. Ella resplandecía, relajada, en el centro de mi vida. No se la hice.
La lámpara se atenuó. Echó una pierna sobre la mía mientras el sudor se enfriaba. Nos pasamos el vaso de agua de una a otra hasta vaciarlo.
La puerta de entrada se abrió en algún momento después de que nos quedáramos en silencio.
Theo permaneció unos instantes en el umbral, asimilando la escena: el lubricante abierto sobre la mesilla y nosotras dos deshechas bajo la luz de la lámpara.
Besó a Josie en el hombro y luego a mí en la boca.
Dejó caer la ropa sobre la silla y se acurrucó detrás de mí sin decir una sola palabra al respecto.
Josie encontró mi mano en la oscuridad y entrelazó los dedos con los míos sobre sus costillas.
Más tarde me levanté a beber agua. Me la bebí en el umbral mientras la contemplaba dormir sobre el pecho de Theo, con el pelo extendido sobre el brazo de él y la respiración lenta.
Tengo que decirle que quiero algo más que agosto.
Dejé el vaso y regresé con ellos.