The Quarterback Sweep (The Four Quarters Collection 4) 37. Epílogo #2
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37. Epílogo #2

Me quedo en el umbral de su habitación un momento después de haberla arropado, observando cómo sube y baja su pecho. Tiene el libro de Honey apretado contra el pecho, mientras su zorro de peluche mira con anhelo desde el otro lado de la habitación.

Soy el hombre más afortunado del mundo.

Casi cierro la puerta del todo y vuelvo al salón de la suite presidencial. La que pagué porque quería que tuviéramos espacio suficiente para todos mientras seguimos a Honey durante los próximos meses.

Esa es solo una de las ventajas de estar en la NFL. Tengo mucho tiempo libre; por lo tanto, puedo pasar mucho más tiempo con Honey y Merritt.

Honey ya está en el sofá con las piernas recogidas debajo de ella cuando llego al salón. Con una copa de vino en una mano, se pone hielo en la otra mientras ve algún programa de telerrealidad.

Flexiono los dedos mientras la observo. Curioso, normalmente soy yo el que intenta bajar la hinchazón de las lesiones con hielo después de un partido duro.

—¿Cómo va la muñeca? —le pregunto mientras me hundo en el sofá a su lado. Se mueve de inmediato, poniendo su vino junto a mi cerveza en la mesa de centro. Luego se vuelve hacia mí buscando el punto de mi clavícula que ha estado usando como almohada desde que tengo uso de razón.

—Está bien —dice mientras la rodeo con el brazo—. Es solo que hoy no esperaba que hubiera tanta gente.

—¿Por qué no, Panal? —Le beso la frente—. Eres la hostia.

Ella suelta una carcajada y me da un ligero golpe en el pecho.

—Para ya.

—Solo digo la verdad. Eres la hostia, así que ya podrías aceptarlo porque llevo años diciéndotelo.

Juraría que puedo sentir cómo pone los ojos en blanco. Sin embargo, eso no le impide pasarme los dedos por el pecho.

—Olivia ha dicho que se han agotado los ejemplares en la firma —digo, acariciándole la espalda.

—Olivia también me dijo el otro día que su gato le habló mientras fregaba los platos, así que yo diría que tiende a adornar la realidad.

—No es verdad. Trescientas personas han venido a ver a mi mujer. Yo estaba allí y me sentía jodidamente orgulloso de ti.

—Gracias —murmura entre dientes, acurrucándose en mi pecho en lugar de mirarme. La conozco lo suficiente como para saber que no quiere que me centre demasiado tiempo en sus logros.

Esa es la cuestión con Honey. Es condenadamente humilde. Siempre se alegra simplemente de estar aquí en lugar de gritar a los cuatro vientos sus éxitos, y eso está bien; yo estoy encantado de gritar por ella.

—¿Estás preparado para la próxima temporada? —pregunta, cambiando de tema con poca sutileza.

—Sí —alargo la palabra—, pero solo estamos en mayo, así que aún tengo algo de tiempo antes de tener que empezar a preocuparme por eso.

Sus dedos se flexionan mientras me acaricia el pecho y yo suelto un gruñido bajo. Sabe exactamente lo que está haciendo ahora mismo. Me muevo un poco en el asiento, dejando a mi polla un poco más de espacio para crecer.

—He estado pensando —digo.

—Mhm.

—Sobre la próxima temporada.

Levanta la cabeza; el tema despierta inmediatamente su interés.

Miro hacia la ventana, sin querer establecer contacto visual al decir esto.

—Ya tengo treinta y tres años. He tenido una buena racha.

Más que buena, y como Merritt se hace mayor y tu agenda de libros está aumentando, no quiero que los viajes...

—Me encojo de hombros—. No lo sé. Quizá sea hora de empezar a pensar en lo que vendrá después.

Honey se incorpora tan rápido que la manta casi se le cae del regazo.

—No.

—Honey...

—De ninguna de las maneras.

—Solo digo que...

—Solo digo que a lo mejor después de esta temporada...

—Tienes cinco anillos de la Super Bowl, Zach. —Me señala acusadoramente—. Cinco. ¿Sabes cuántos tiene Drew McCallister?

Suspiro porque, por desgracia, lo sé. —Seis.

—Seis —repite dramáticamente—. Así que lo que estoy oyendo es que quieres retirarte a un solo anillo de batir el récord del mejor quarterback de la historia de la NFL.

—Te estoy diciendo que quiero...

—Uno —dice ella—. Necesitas uno más.

—No es tan sencillo. No se puede simplemente...

—Has ganado cinco Super Bowls con un equipo que tenía una marca de 2-12 cuando me presenté en vuestro estadio con tu camiseta.

—Ladea la cabeza—. Construiste eso desde cero.

Tú, Owen, Dax, Reese... —niega con la cabeza con incredulidad—.

Construisteis toda una dinastía de la nada, ¿y ahora quieres dejarlo a uno del récord?

—Drew sigue jugando.

—Entonces gánale antes de que consiga otro.

Me la quedo mirando un segundo.

Ella me devuelve la mirada, sin disculparse lo más mínimo.

Y ahí está.

Esa mirada.

La que me ha metido en líos desde que teníamos dieciocho años, porque de alguna manera ella consigue creer en mí más de lo que yo creo en mí mismo.

—No me vas a dejar retirarme, ¿verdad?

—Voy a apoyarte en lo que quieras —dice suavemente—. Pero te conozco, Zach Evans. Y no suenas como un hombre que quiera retirarse.

Me quedo callado.

Sus ojos se entrecierran de inmediato. —Ay, Dios mío. Me estás poniendo a prueba ahora mismo, ¿a que sí?

Doy un sorbo pausado a mi cerveza en lugar de responder.

Honey me señala. —Eso significa que sí.

—Yo no he dicho nada.

—No hace falta. —Suelta una risita por lo bajo—. Estás literalmente buscando mi permiso para ir a por otro anillo.

Intento —y no lo consigo— no sonreír.

—Increíble —murmura, quitándome la cerveza de la mano y dejándola en la mesa antes de volver a acurrucarse contra mi pecho como si ese fuera su lugar. Que lo es.

—Uno más —dice en voz baja, con las palabras amortiguadas contra mi camiseta.

—Uno más —acepto.

Le planto un beso en la coronilla y la estrecho un poco más.

Uno más....

Al menos...

Honey se queda callada un momento, con las yemas de sus dedos trazando dibujos perezosos sobre mi pecho.

Entonces dice con cuidado: —Yo también he estado pensando en algo.

—¿Ah, sí?

Se mueve y siento que levanta la cabeza para mirarme.

—Merritt acaba de cumplir cinco años —dice.

Espero.

—Lo sé. Me lo recuerda cada mañana.

Una sonrisa tira de la boca de Honey. —También sigue intentando abrocharle el cinturón a su conejo de peluche en el cochecito.

—Lo hace todos los días.

—Y ayer me dijo que el conejo se sentía solo y que necesitaba un amigo. —Honey me observa la cara de cerca ahora—. Estaba muy seria al respecto.

—Siempre está seria. Es hija tuya, Panal.

—Zach.

La miro. Ella me mira.

—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo? —pregunto.

—Estoy diciendo que Merritt ha expuesto un caso muy convincente en nombre del conejo.

Se me encoge el pecho con la misma sensación que tuve la primera vez que sostuve a Merritt en el hospital y me di cuenta de que toda mi vida se acababa de reorganizar en torno a esa personita.

—¿Quieres otro bebé? —pregunto en voz baja.

—Si tú quieres —responde igual de bajo—. Soy feliz así también. Solo que... —Sonríe un poco—. Veo lo bueno que es Harris con su hermana pequeña, y Ella es increíble con Knox; creo que quizá yo también quiero un pedacito más de nosotros correteando por aquí.

—¿Si yo quiero? —Me aparto lo suficiente para mirarla bien—. Honey. Me estás preguntando si quiero otro de esos. —Indico con la cabeza hacia el pasillo, en dirección a la habitación de Merritt.

La comisura de su boca se arquea. —¿Eso es un sí?

—Eso es un «obviamente». —Le acaricio la cara con mi mano buena tal como llevo haciendo desde aquel aparcamiento en Roma hace cinco años—. Y la pregunta más fácil que me has hecho nunca.

Se ríe bajito y es su risa de verdad, esa que le llega hasta los ojos.

—Vale —dice ella.

—Vale —digo yo.

—Entonces... —Ella me sostiene la mirada—. Tenemos una suite presidencial. —Echa un vistazo por el pasillo a la puerta de Merritt, que está casi cerrada—. Y una niña pequeña durmiendo.

La miro.

Ella levanta una ceja.

—Una Super Bowl más —digo lentamente—. Un bebé más.

—Ambicioso —dice ella.

—Te casaste con un hombre ambicioso.

—Lo hice. —Ella alarga la mano y coge la mía, que todavía le acaricia la cara, y me besa la palma de la mano. Luego me mira por encima de ella.

—Supongo que deberíamos empezar ya mismo —digo, levantándola en mis brazos.

Suelta un gritito pero no me detiene, así que la llevo hasta nuestra habitación.

—Tienes suerte de que esté obsesionada contigo.

—¿Suerte? —Sonrío—. Panal, me lo he currado mucho.

Ella se ríe. —Es verdad.

FIN