37. Epílogo
Epílogo
Honey
D iez años después
—¡Siguiente! —exclama Olivia.
Giro el bolígrafo con distracción entre los dedos mientras mis ojos se desvían hacia mis anillos.
El anillo de compromiso con forma de panal sigue brillando con la misma intensidad que el día en que Zach me pidió matrimonio.
Solo que ahora tiene una alianza a juego, perfectamente tallada, también con forma de panal.
—Oh, Dios mío. No me puedo creer que por fin te esté conociendo —dice la chica sin aliento mientras se acerca a la mesa, apretando un montón de libros de bolsillo contra el pecho. No debe de tener más de veinte años—. Releo tu serie todos los años.
No puedo evitar sonreír ante eso. Incluso después de todo este tiempo, oír a alguien decir que mis palabras se quedaron con ella lo suficiente como para releerlas no deja de resultarme surrealista.
—Bueno, me encanta oír eso. —Cojo el primer libro de su montón. Las esquinas están un poco desgastadas y se ven marcapáginas adhesivos asomando entre las páginas; la imagen me calienta el corazón. Estos libros han sido amados —. ¿A nombre de quién lo pongo?
—Elizabeth —dice rápidamente antes de soltar una risa nerviosa—. Lo siento. Intento actuar con normalidad, pero no me está funcionando.
Suelto una risita. —Lo estás haciendo muy bien, Elizabeth.
Sus mejillas se tiñen de un rosa intenso mientras quito el tapón a mi bolígrafo.
—Empecé a leer tus libros cuando tenía dieciséis años —admite mientras abro la página del título—. En realidad, mi madre me compró el primero porque decía que la historia de Cassie y Brian le recordaba a la suya y a la de mi padre.
Eso me pilla desprevenida de la mejor manera posible.
—¿Ah, sí? —pregunto, levantando la vista hacia ella.
Elizabeth asiente con entusiasmo. —Se conocieron en la universidad y pasaron por muchas cosas. Mi madre lloró en la escena en la que Cassie tiene que aprender a elegirse a sí misma en lugar de hundirse en el duelo por la pérdida de su madre.
—Esa escena fue difícil de escribir —admito en voz baja mientras vuelvo a bajar la mirada a la página—.
Creo que a veces la gente confunde la curación con renunciar a las personas que perdiste, cuando en realidad se trata de aprender a llevarlas contigo sin dejar que el duelo te trague por completo.
Elizabeth asiente de inmediato, como si comprendiera exactamente a qué me refiero.
—Mi madre dijo que la ayudó a aceptar el fallecimiento de sus padres —dice suavemente—. Subrayó la mitad del capítulo.
Parpadeo rápido y sonrío antes de que la emoción se me suba del todo a la garganta.
—Pues dile a tu madre que oficialmente ha conseguido emocionarme en una firma de libros.
Elizabeth se ríe. —Se va a volver loca cuando le diga que te he conocido. —Sus ojos se desvían de nuevo hacia el montón de libros—. Sinceramente, creo que tus historias nos han ayudado a las dos.
Termino de firmar la página del título con cuidado.
—Para Elizabeth —escribo—, gracias por dejar que estas historias crezcan contigo.
Me observa escribir el mensaje y luego vuelve a hacerlo mientras paso al siguiente libro de su montón.
—Siempre me he preguntado cómo escribes relaciones que parecen tan reales —suelta de repente—. Es como... la forma en que tus personajes luchan el uno por el otro se siente diferente a otros libros de romance.
Una sonrisa tira de mi boca antes de que pueda detenerla.
—Bueno —digo a la ligera, girando distraídamente mi anillo de bodas en el dedo—, he tenido una musa bastante buena.
Sus ojos se dirigen inmediatamente al anillo. La alianza de panal sigue captando las luces de la librería cada vez que muevo la mano.
—Ese anillo es icónico, por cierto —dice con seriedad—. La gente en internet está obsesionada con él.
Suelto una risa suave. —Mi marido está muy orgulloso de ese hecho.
—Yo también lo estaría si hubiera establecido el estándar para todos los hombres de ficción durante la última década.
Ese comentario me arranca una carcajada de verdad.
—Me aseguraré de decírselo.
—Deberías. —Duda—. Gracias por darme esperanza.
Dejo el bolígrafo con suavidad. —Gracias por leer mis libros.
—¿Podría hacerme una foto contigo? —pregunta rápidamente—. Puedes decir que no, por supuesto. Es solo que... mi madre no se va a creer que esto haya pasado de otra manera.
Sonrío de inmediato. —Claro que sí.
Toda su cara se ilumina.
—Dios mío. Vale. Gracias. —Casi se le cae el móvil intentando desbloquearlo lo bastante rápido, lo que me hace reír por lo bajo mientras me levanto de detrás de la mesa de firmas.
—Lo siento —dice Olivia mientras Elizabeth se aleja—. Siento que he fallado como tu publicista.
—¿Por qué?
—Porque la cola es más larga de lo que esperaba. Quedan por lo menos otras cuarenta personas ahí fuera.
—¿En serio? —digo, soltando un suspiro de sorpresa.
Ella asiente y yo niego con la cabeza con incredulidad. Incluso después de todo este tiempo y de tantas firmas, me sigue sorprendiendo que la gente quiera venir a apoyarme.
—Bueno, supongo que será mejor que siga firmando, entonces.
Destapo mi bolígrafo y levanto la vista hacia la siguiente persona de la fila.
No es una persona. Es un libro con piernas.
Piernas pequeñas. Con unos zapatos merceditas blancos.
Sujeta el libro con las dos manos más o menos a la altura de la barbilla, lo que significa que no puedo ver la cara que hay detrás, solo la portada —mi portada— apretada por unos puños tan pequeños que el lomo se arquea ligeramente bajo el agarre.
La fila avanza y el libro se tambalea. Sonrío, con el corazón a punto de estallar al contemplar a esta niña perfecta.
Aprieto los labios para mantener el semblante serio.
—Hola —le digo al libro.
El libro baja unos cinco centímetros. Un par de ojos familiares aparecen por encima. Los ojos de Zach, en una cara que es de algún modo totalmente propia, bajo un lazo rojo que está un poco torcido porque se lo ha puesto ella misma esta mañana y no ha dejado que nadie se lo arregle.
Me mira con mucha seriedad.
—Hola —responde la pequeña.
—¿Quieres que te firme eso, cielo? —Señalo mi libro más reciente, que tiene en la mano.
The Last Time We Jumped.
Se lo piensa un segundo, luego pone el libro sobre la mesa y lo empuja hacia delante.
Contengo las ganas de reírme ante su ternura.
—Ya está —dice con orgullo.
—Gracias. —Abro la portada, alisando la página del título—. ¿A nombre de quién lo pongo?
Observa el bolígrafo con total concentración. —A mí.
—¿Y quién eres tú?
Frunce el ceño mientras su mirada conecta con la mía. El lazo está muy torcido ahora. —Merritt.
—Ah, Merritt. Es un buen nombre —le digo.
—Lo sé —dice con la misma confianza que su padre. La niña acaba de cumplir cinco años. ¿Cómo será cuando sea adolescente?
Lo firmo y luego escribo debajo: Para Merritt. Lo mejor.
Lo deslizo de nuevo por la mesa. Ella lo vuelve a coger con ambas manos, inmediatamente, y la portada vuelve a subir frente a su cara.
—¿Has conseguido la firma, cariño? —Una mano se posa en el hombro de Merritt y ella levanta la vista hacia mi marido.
Zach espera detrás de ella con una gorra de los Carolina Catfish calada hasta los ojos, claramente con la impresión de que llevar artículos de béisbol lo hace irreconocible. No importa el hecho de que odie abiertamente ese deporte.
Él asiente hacia el libro que está en las manos de Merritt.
—Quería una copia firmada —dice con una sonrisa socarrona—. Lleva pidiéndolo desde que salimos de casa ayer.
—Aún no sabe leer eso.
—¿Estás segura? Es muy avanzada. —La sube a su cadera con un brazo y ella se queda quieta sosteniendo el libro frente a la cara de él. Zach ladea la cabeza por el lado para verme—. A mí también se me ha caído café en el mío. ¿Puedo llevarme otro?
Como si necesitara otro libro firmado por mí. Tiene todos y cada uno de los que he escrito en su despacho, bien visibles cada vez que hace alguna videollamada por Zoom.
—Por favorcito —me pide.
—Está bien.
Cojo un ejemplar de arriba, lo abro por la página del título y lo miro un segundo.
Para Zach, que me sacó del agua. Y para Merritt, que cada orilla sea la que elijas.
Firma con mi nombre. Luego, debajo, escribo algo más, cierro la tapa y se la deslizo por la mesa.
Sigo sin correr. Sigo siendo siempre tuya. H.
Él lo coge con la mano que le queda libre. Lo lee y contiene una sonrisa.
Me mira con los ojos oscurecidos. —Panal —dice en voz baja.
—Hay cola —dice Olivia, señalando a la gente que hay detrás de él—. ¿No crees que sería bonito que otras personas conocieran a tu mujer?
—No —responde él con sencillez—. Es toda mía.
—Está bien, troglodita. —Olivia lo empuja hacia delante.
—¿Puedo hacerme una foto con ella antes de irme? —pregunta él, frenando a Olivia.
—¿De verdad quieres una o solo estás ganando tiempo?
Él suelta un resoplido que es casi una risa mientras mira a Olivia con incredulidad.
—Por supuesto que quiero una foto nuestra en cada firma de libros que haga mi mujer en su vida.
Oigo a un par de mujeres de la fila soltar un «ohhh».
—Vale. Lo haremos rápido —dice Olivia, sacando su móvil.
Me levanto de la mesa, inclinándome hacia delante para estar más cerca de Zach y Merritt.
—Sonríe, cielo —dice Zach, animando a Merritt a mirar al móvil.
Click.
Olivia baja el móvil y se lo devuelve a Zach, quien a su vez se lo guarda en el bolsillo.
—Muy bien, voy a llevarme a este renacuajo a por unos nuggets de pollo. —Zach mira a la fila de gente que espera y luego vuelve a mirarme a mí—. Buena suerte, Panal. Te quiero.
—Yo también te quiero.
—Ve a firmar tus libros, Panal —dice él.
Me siento en mi silla, destapo el bolígrafo y miro la larga cola.
—Bien —dice Olivia a mis espaldas—. Vamos a conocer a tu siguiente lector.
Sigo sonriendo.
Zach
Merritt se ha quedado dormida sin rechistar, lo cual no es de extrañar, ya que me la he llevado a pasar el día de padre e hija más épico en el centro comercial mientras su madre (y también lo mejor que me ha pasado en la vida) conocía a sus lectores.
Algodón de azúcar, coches de choque y un parque de aventuras. Este centro comercial lo tenía todo, y Merritt lo ha aprovechado al máximo.