24. Capítulo 24 #3
—¿Estás bien? —pregunto, todavía demasiado aturdida para procesar del todo lo que acaba de pasar.
—¿Yo? —se lleva una mano al pecho—. Honey, estoy en la gloria. Ahora mismo me estoy imaginando la historia que el profesor Bíceps y Libros y tú les contaréis a vuestros futuros hijos. Los romances profesor/alumna están demasiado vistos últimamente, así que quizá tengáis que inventaros otra cosa.
Casi me tropiezo con mis propios pies.
—¿De qué estás hablando?
—Ay, por favor. Lo he visto todo.
—Estabas fuera del aula. No podías oírnos.
—No me ha hecho falta. Podía sentir la tensión entre vosotros dos desde el otro lado de la puerta —se abanica—. Ha sido muy fuerte, y por un momento he deseado que te cogiera las mejillas y te besara.
—Eso es pasarse un poco.
—No. Pasarse un poco sería que te enrollara las piernas en la cintura y luego tirara todos sus papeles de la mesa y te lo hiciera allí mismo.
—¡Stevie!
—¿Qué? —pregunta con una carcajada—. Ni siquiera puedo enfadarme contigo por ello porque me alegro de que al menos una de nosotras esté viviendo el sueño.
—No ha sido un encuentro romántico. Simplemente le ha gustado mi trabajo y se ha ofrecido a leer el libro que estoy escribiendo.
Deja de caminar tan bruscamente que casi le arranco el brazo.
—¿ Se ha ofrecido a leer tu libro?
Inmediatamente me arrepiento de haberlo dicho en voz alta.
—En realidad, no tengo un libro que pueda leer.
Abro la boca para discutir, pero ella me pasa por encima como una apisonadora.
—¿Y que conste? Eso pone más que si te hubiera tirado los tejos.
—Stevie.
—Lo digo en serio. ¿Un hombre que cree en tu visión artística? —suspira, soñadora—. Asquerosamente atractivo.
Niego con la cabeza, riéndome por lo bajo mientras seguimos caminando hacia el exterior.
—Entonces, aparte de rememorar tu romance intelectual prohibido durante las próximas seis horas, ¿tienes planes para esta noche? —pregunta.
—No.
—Bien. Comedor a las siete. Tengo que contarte una serie demencial que he empezado a ver. Se llama The Baseball Bachelor , ¿has oído hablar de ella?
Niego con la cabeza.
—No.
—Perfecto. Entonces te sorprenderás tanto como yo cuando te cuente quién ha aparecido —mira la hora en su móvil y gime—. Mierda. Tengo exactamente cinco minutos para cruzar el campus antes de que mi profesor de psicología empiece a cerrar las puertas con llave otra vez.
Antes de que pueda reaccionar, me da un beso teatral en la mejilla.
—Hasta luego, compi.
La veo desaparecer por la acera con una sonrisa dibujada en los labios.
Nunca pensé que volver a confiar en gente nueva fuera posible. No después de todo lo de Jenni, y de lo mal que lo pasé intentando convertirme en quien los demás querían que fuera.
Esto parece diferente, sin embargo.
Aunque no quisiera admitirlo en su momento, Zach tenía razón.
Era tan insegura que me aferré a la primera persona que me sonrió.
Esta vez, la relación se ha desarrollado a lo largo de las últimas tres semanas, y se basa en un interés mutuo por los libros y la televisión.
Es simple, fácil y, me atrevería a decir, divertido.
Miro el móvil mientras vuelvo a la residencia, sorprendida al ver un mensaje de Zach.
Lo abro y, mientras se carga el archivo adjunto, leo el mensaje que hay debajo de la foto.
Zach: Te echo de menos.
Se me oprime el estómago al instante.
Entonces la imagen se carga, y casi me choco de frente contra el aparcamiento de bicicletas.
—Joder —murmuro por lo bajo, deteniéndome en seco en medio de la acera.
Es un selfi de después de entrenar, y Zach sabe perfectamente lo que hace.
Lleva la camiseta levantada lo justo para dejar al descubierto las marcadas líneas de la parte inferior de su abdomen, con la piel húmeda brillando bajo la dura luz del gimnasio.
El sudor desaparece bajo la cinturilla de sus pantalones cortos, y mis ojos se centran inmediatamente en la gruesa vena que desciende por su abdomen.
Su pelo oscuro está húmedo y revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él entre serie y serie, y tiene los labios ligeramente entreabiertos por el esfuerzo, pero son sus ojos los que me destrozan por completo.
Concentrados.
Intensos.
No parece que estuviera mirando el móvil cuando hizo la foto. Parece que me estuviera mirando directamente a mí.
El calor florece en la parte baja de mi estómago tan rápido que es vergonzoso.
Esto es culpa mía.
En el segundo en que empecé a devolverle el coqueteo, debería haber sabido adónde llevaría esto. Zach Evans no ha conocido la moderación ni un solo día de su vida. Dale a ese hombre un ápice de ánimo, y de repente actúa como si protagonizara un vídeo de esos para calentar al personal.
Maldita sea.
Honey: Eres insufrible.
La burbuja que indica que está escribiendo aparece de inmediato.
Zach: Sigues mirándola, ¿a que sí?
Por desgracia, me conoce demasiado bien.
Honey: Te odio.
Zach: No, no me odias.
Aparece otra burbuja antes de que pueda responder.
Zach: Estás pensando en mí.
Vuelvo a mirar la foto e inmediatamente me arrepiento.
Honey: Eres un creído.
Zach: No te preocupes, Honeycomb. Yo también estoy pensando en ti.