The Quarterback Sweep (The Four Quarters Collection 4) 21. Capítulo 21
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21. Capítulo 21

Zach

M ike: Sinceridad absoluta: tenemos una invitada que llega a casa esta noche. Te informo ahora para evitar que se repita tu última... respuesta emocional.

Zach: Lo sé.

Mike: ¿Lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho? Hemos jugado a piedra, papel o tijera en el chat de grupo y he perdido yo.

Zach: Ella.

Mike: ¿Ella? ¿Te refieres a Olivia?

Zach: No. Honey.

Mike está escribiendo...

Mike: Espera, ¿habéis vuelto a hablar?

Zach: Nunca dejamos de hacerlo.

Mike: ¿Y qué significa esto para mí? ¿Han vuelto papá y mamá?

Zach: Nosotros no somos papá y mamá; esos sois Olivia y tú. En cuatro semanas aproximadamente, para ser exactos.

Mike: Por muy tierno que sea que te acuerdes del próximo nacimiento de mi hijo, sigues sin responder a mi pregunta.

Suelto una risa baja, sabiendo de sobra que no puedo ocultarle nada.

—¡Evans! —grita el Coach Masters tan fuerte que todo el vestuario se queda petrificado. Dejo de escribir y levanto lentamente la mirada hacia el entrenador, que está de pie junto a la puerta de entrada, golpeando el suelo con el pie impaciente.

—¿Sí, Coach? —digo sin inmutarme. Es un imbécil, pero el equipo no puede saber que no lo soporto.

Levanta su carpeta y atraviesa el vestuario. —Conmigo. Ahora.

El resto de la sala guarda silencio mientras guardo el móvil en la bolsa, cojo el casco y lo sigo por el túnel que lleva al estadio.

El equipo me ve marchar, y algunos susurran «suerte» cuando paso por su lado. Si algo me han enseñado los últimos días, es que al Coach le gusta soltar sermones y, por lo visto, me llevo la peor parte porque soy «su quarterback».

Aun así, mejor que me grite a mí que a otro que no pueda aguantarlo.

Mi mirada se desvía hacia Owen Wilfork, nuestro capitán defensivo, que está sentado en el banco sin mirar a nadie.

Solo conozco al tío desde hace unos días, pero es obvio que no se está tomando bien las críticas.

¿Quién lo haría? El Coach Masters lleva dos años seguidos gritándole.

Eso tiene que pasar factura a cualquiera y afectar a su rendimiento.

—¿Qué pasa, Coach? —pregunto al acercarme a él en el túnel.

Está revisando sus notas manuscritas con el ceño fruncido. —Zach —dice con calma—. Tenemos que hablar.

—Para eso estoy aquí.

—Mira, tuviste una buena sesión el martes. Tus lecturas fueron buenas y la colocación del balón fue precisa —dice, concentrado en sus notas.

—Gracias, Coach —digo asintiendo, sorprendido de oír algo positivo de la boca de ese hombre.

Sus ojos se encuentran con los míos, pétreos y fríos.

—No es un cumplido.

Sabía que me había precipitado.

—Solo estoy poniendo en contexto. —Mira de reojo hacia el vestuario y su mirada se posa en Owen. Luego me hace un gesto para que lo siga al campo—. Estás quedando bien porque tenemos la peor defensa de la liga.

Hago una mueca cuando dice eso. No es culpa de Owen. El equipo es joven y no tiene experiencia. Necesitan más tiempo. Necesitan un entrenador que se preocupe por ellos.

—Creo que...

Levanta la mano. —No te pagamos para recibir consejos de entrenamiento, Evans. Especialmente cuando no tienes ni puta idea de lo que estás hablando.

Doy un paso atrás, apretando el casco. Puede que no tenga experiencia en la NFL, pero llevé al St. Michael’s a las eliminatorias todos los años que jugué, y al campeonato nacional dos veces. Conozco este juego mejor que nada.

—Coach.

—No. Escucha. Te necesito concentrado. Cualquier otra defensa de la liga te habría estampado contra el suelo y te habría mandado de vuelta al banquillo, que es donde deberías estar. ¿Quieres que ese sea tu debut en la NFL?

—No.

—Pues entonces esfuérzate más, joder.

—Sí, Coach —digo con la mandíbula apretada.

Me señala la cara con la carpeta. —Haz que esta sesión valga la pena, o tu aventurita con tu no-novia va a ser el menor de tus problemas. —Me quedo mirando la carpeta que tengo frente a la cara antes de mirarlo directamente a los ojos.

—Sé exactamente lo que está en juego. —Aprieto más el casco—. Por eso sigo aquí.

Entorna los ojos mientras baja la carpeta. —Bien. Porque en el momento en que el fútbol deje de ser tu prioridad, te sustituirán sin pestañear.

—Entendido.

—Bien. Ahora sal ahí fuera y entrena.

Se dirige al campo, dejándome atrás mientras el resto de los jugadores van saliendo para unirse a nosotros. Aprieto los dedos sobre el casco, pero esa es toda la emoción que me permito mostrar. En mi vida me había encontrado con un entrenador tan... incompetente.

Pensaba que lo de insultar a los jugadores ya no se estilaba en la liga, pero estoy empezando a entender mejor que nunca por qué los Raptors no rinden.

Sin embargo, unos cuantos gritos no me detendrán. Voy a trabajar duro y a demostrarle a ese idiota que este equipo vale algo.

Mientras troto hacia el campo, Reese y Dax me alcanzan, flanqueándome a ambos lados.

Ninguno de los dos dice nada al principio, pero noto que me observan.

Dax finalmente me da un empujoncito con el hombro. —Solo intento averiguar si deberíamos estar planeando tu funeral o no.

—Depende —dice Reese con naturalidad desde mi otro lado—. ¿Esta vez el Coach ha amenazado tu carrera o tu vida directamente?

Suelto una pequeña risa a pesar de estar molesto. —Un poco de las dos cosas.

Dax hace una mueca. —Joder, y yo que estaba a punto de pedirte que reconocieras que te preparo el café por las mañanas y que me pasaras el balón más a menudo.

—Le paso al que esté desmarcado.

—Ya, pero yo me desmarco más.

Reese se ríe a mi otro lado.

—Ayer se te cayeron tres pases.

—Uno —rebate Dax.

—Tres.

—Reese, ¿es que estás obsesionado conmigo? ¿Por qué llevas la cuenta de mis pases?

—Porque no paras de hablar de ellos.

Llegamos a la banda mientras el resto del equipo empieza a ocupar sus posiciones.

Dax mira hacia el Coach Masters, bajando la voz. —En serio. ¿Estás bien?

—Sí.

Reese me estudia un segundo como si supiera que miento pero no quisiera ponerme en evidencia. —Te tiene muy presionado.

—Presiona a todo el mundo. —Miro hacia allá y veo que ahora le está dando a Owen la misma charla motivacional que me ha dado a mí. Solo que Owen parece no considerar siquiera la posibilidad de responder.

Dax hace una mueca. —Ya, bueno. Al menos hoy no ha hecho llorar a Owen. Eso es un progreso.

Se me tensa un poco la mandíbula, porque lo jodido es que ni siquiera sé si está bromeando.

Reese nota mi expresión de inmediato y le da un codazo a Dax en las costillas. —Qué oportuno.

—¿Qué? —dice Dax a la defensiva—. Intento aligerar el ambiente antes de que Evans se convierta en un quarterback asesino.

—No voy a asesinar a nadie.

—Vale, pero si lo hicieras —dice Dax pensativo—, creo que el Coach se lo merecería un poco.

Pongo los ojos en blanco, sin dejar de observar la interacción entre el entrenador y Owen. Owen mira al suelo, asintiendo como si todo lo que dice ese hombre fuera correcto.

—Tomo nota —digo.

—Ahí está —dice Dax, echándome el brazo por encima—. Esa es la mirada de un hombre listo para lanzarme al menos doce touchdowns hoy.

—¿Doce? —se burla Reese—. Te desmayarías después de cuatro.

—Cierto —asiente Dax con seriedad—. Pero qué forma de morir.

Un silbato suena con fuerza en el campo.

—¡Ataque! —brama el Coach Masters—. ¡Moved el culo!

Dax se endereza de inmediato. —Y ahí va mi sueño de sentirme emocionalmente realizado.

Reese niega con la cabeza, trotando ya hacia su posición. —Tú ni siquiera sabes qué significa sentirse emocionalmente realizado.

—El Coach tampoco —murmura Dax.

Suelto un bufido silencioso y me pongo el casco mientras trotamos hacia el campo.

El entrenamiento termina dos horas después con la defensa pareciendo que acaba de atravesar el infierno.

El sudor me resbala por el cuello mientras me quito el casco, respirando con dificultad mientras el silbato suena por última vez. A mi alrededor, los chicos empiezan a dirigirse hacia la banda, agotados e irritados tras otra sesión brutal.

Pero el Coach Masters no ha terminado.

—¡Wilfork! —ladra a través del campo.

Toda la defensa se detiene. Owen aminora la marcha cerca de la banda, tensando los hombros antes de girarse para mirar al entrenador.

Masters se dirige hacia él con la carpeta bajo el brazo, hablando ya antes de llegar a su altura. No puedo oír cada palabra desde aquí, pero capto lo suficiente.

—Eres demasiado lento, joder... has fallado en varias jugadas... líder inaceptable.

Igual que antes, Owen se queda ahí, aguantando. Ni siquiera intenta defenderse; se limita a mirar al frente mientras el Coach lo machaca delante de todos.

La energía cambia a nuestro alrededor. De repente, los chicos muestran mucho interés por sus guantes. Sus botas. El césped.

Nadie quiere mirar, pero todos intentan escuchar.

Dax se aclara la garganta ruidosamente a mi lado. —Muy bien —dice dando una palmada—. ¿Quién quiere tacos?

Varias cabezas se giran hacia él.

—¿Qué? —pregunta Reese con sequedad.

—Hablo en serio —dice Dax, frotándose la barriga e intentando llamar la atención. Sin duda para que se olviden de Owen—. Me muero de hambre, la moral está por los suelos y creo que todos nos merecemos unos tacos después de sobrevivir a este entrenamiento.

Eso arranca un par de risas cansadas de los jugadores cercanos.

—¿Invitas tú, Dax? —grita alguien.

—Ni hablar —dice Dax de inmediato—. Ofrezco apoyo emocional, no financiero.

Más chicos empiezan a participar después de eso, y la tensión se relaja lo justo para que la gente deje por fin de mirar a Owen.

—Nosotros entramos —me dice Reese en voz baja después de un minuto.

Asiento una vez.

Dax sigue su mirada hacia Owen, comprendiendo de inmediato que me voy a quedar esperando.

—No tardes mucho —dice—. Porque si Reese vuelve a pedir para todos, vamos a acabar comiendo pollo a la plancha y tristeza.

Reese pone los ojos en blanco. —Te lo comiste todo. —Contra mi voluntad.

Niego con la cabeza mientras ellos trotan hacia el túnel con el resto del equipo. Finjo estar ocupado revisando jugadas en uno de los iPads.

Pronto el campo se va vaciando hasta que solo quedan unos pocos entrenadores dispersos cerca de la banda.

Owen es el único jugador que queda, aún siendo reprendido por el Coach Masters.

—¿Evans? —Miro a un lado y veo acercarse al Coach Smith.

A diferencia de Masters, el Coach Smith mira a la gente cuando les habla.

—¿Vas a entrar? —pregunta.

—En un minuto. —Mi mirada vuelve hacia Owen—. Estoy esperando una cosa.

Sigue mi mirada y suspira en voz baja. —Es duro con vosotros.

—Esa es una forma de decirlo.

Le tiembla ligeramente la boca, como si quisiera decir más pero no pudiera. En lugar de eso, me da una palmada en el hombro. —Mira, el primer campamento siempre es duro. Especialmente con esta organización.

—¿Se supone que eso tiene que hacerme sentir mejor?

—Un poco.

Suelto una risa.

Asiente hacia los focos del estadio que tenemos encima. —Esta liga te devora vivo al principio. Hasta que un día te despiertas y te das cuenta de que has sobrevivido.

Aprieto un poco más el casco.

—¿Y Owen? —pregunto antes de poder evitarlo.

La expresión del Coach Smith flaquea solo un segundo.

—Es un buen jugador —dice con cautela—. A veces los buenos jugadores se olvidan de eso cuando alguien no para de decirles lo contrario.

Y el Coach Masters se pregunta por qué la defensa es descuidada.

El Coach Smith vuelve a darme una palmadita en el hombro antes de dirigirse al túnel. —Vete a asearte, Evans. Lo has hecho bien hoy.

—Gracias, Coach.

Cuando desaparece, solo quedamos en el campo Owen, el Coach Masters y yo. La postura de Owen se ha vuelto rígida y no ha apartado la vista del suelo.

Finalmente, Masters levanta las manos dramáticamente y se aleja, dejando a Owen allí solo, en la línea de las cincuenta yardas.

Owen no se mueve durante un segundo. Luego se inclina un poco hacia adelante, apoyando las manos en las caderas como si el peso de todo el maldito equipo recayera sobre su espalda.

Exhalo lentamente antes de volver al campo. Levanta la cabeza cuando me oye acercarme.

—¿Sobreviviendo? —pregunto.

Suelta una risa ronca. —Es discutible.

Me detengo a su lado, mirando los asientos vacíos del estadio. —Por lo que vale, la defensa se ha visto mejor hoy.

—¿Eso crees? —pregunta, casi divertido.

—Sí.

Suelto un bufido silencioso. —El Coach no está de acuerdo.

—El Coach también cree que gritar es lo mismo que liderar.

Eso por fin le arranca una risa de verdad.

Owen se endereza y se pasa una mano por la nuca. —Siento que a vosotros también os hayan arrastrado a esta mierda.

—¿Bromeas? —Lo miro de reojo—. Soy el quarterback. Que me griten forma parte del contrato.

—Aun así.

Me encojo de hombros. —Que sepas que no eres el único que intenta sobrevivir al campamento.

Me dedica una pequeña sonrisa.

Le doy una palmada en el hombro y lo guío hacia el túnel. Para cuando llegamos al vestuario, la mayoría de nuestros compañeros ya se han vestido.

—Ya era hora —dice Dax, sacando su bolsa de la taquilla—. Estábamos decidiendo a dónde iríamos a por los tacos.

Owen me roza el hombro al pasar junto a mi para ir a su taquilla. Miro alrededor del vestuario, observando la puerta abierta y el pasillo que hay más allá.

Los entrenadores no están aquí.

Bien.

Doy una palmada para llamar la atención de todos.

—Muy bien —digo en voz alta—. Si alguien tiene hambre, esta noche los tacos corren de mi cuenta.

El equipo prorrumpe en vítores.

—¿ Evans invita? —grita alguien.

— ¡No digas más!

— ¿Dónde?

Señalo a Dax con el pulgar. —En nuestra casa.

Se le desencaja la mandíbula y abre los ojos de par en par mientras procesa la información.

—¿En nuestra...? Espera. ¿Qué?

Me encojo de hombros. —Ningún restaurante va a ser capaz de atendernos a todos. El mejor sitio es el nuestro.

—¿ Nuestro ? —dice con intención—. Entonces, ¿ya somos oficiales, Evans?

Antes de que pueda responder, el vestuario estalla. Los chicos cogen sus bolsas, meten cosas en sus taquillas y ya hablan unos por encima de otros sobre la comida.

—¡ Me pido el sofá!

— ¿Tienes sillas suficientes?

— ¡Que alguien llame antes!

Dax me mira como si hubiera perdido la cabeza. —Sabes qué, de verdad tienes que buscarte tu propio sitio.

Reese se ríe. —Demasiado tarde. Tu salón ahora pertenece al equipo.

Dax gruñe y se aprieta la toalla alrededor de la cintura.

—Te lo juro, Evans —murmura—. Una payasada más de estas y te echo de casa.

Le doy una palmada en el hombro antes de ir a las duchas.

—No te preocupes, pagaré cualquier desperfecto —digo antes de añadir—: La próxima vez pediremos alitas.