19. Capítulo 19 #2
Ya sé por dónde va esto. —No hace falta que...
—No. —Niega con la cabeza, interrumpiéndome esta vez—. Déjame terminar, porque nunca dejas que nadie te dé las gracias ni te reconozca el mérito de nada.
Me echo un poco hacia atrás porque odio esta parte.
—Gracias, Zach. De verdad. —Tiene los ojos un poco llorosos y aparto la mirada, sabiendo que me costará contenerme si la miro—.
Has hecho mucho más de lo que tenías que hacer.
Este viaje de luna de miel, todo lo de la casa.
Sé que solo lo haces porque quieres, pero Jamie y yo hablamos mucho de ello y simplemente... queremos darte las gracias.
—Tiff —digo en voz baja—. No tienes que darme las gracias por nada de eso.
Me froto la nuca, deseando que no hubiera sacado el tema. No les doy cosas porque quiera agradecimientos. Se las doy a ella porque se merece todo después de cómo la trató su padre. Jamie resulta ser un beneficiario afortunado de la situación.
Abre la boca como si fuera a replicar, así que la interrumpo antes de que pueda hacerlo.
—Sois mi familia. Cuido de los míos. Eso es todo. Fin de la historia.
Al fondo, Ella pasa corriendo por delante de la cámara con lo que parece una toalla de playa atada a los hombros como una capa.
—Y si realmente quieres pagármelo —añado, señalando con la cabeza el caos que hay detrás de ella—, asegúrate de que me traiga uno de esos sombreros gigantes.
Tiff se ríe suavemente. —¿Un recuerdo?
—No —digo—. Un seguro. Si crece y decide que le gusta alguien más que yo, voy a necesitar pruebas de que una vez fui su tito favorito.
Tiff niega con la cabeza suavemente.
—Realmente no lo entiendes, ¿verdad? Has sido su persona favorita desde que nació. Siempre serás su preferido.
—Bueno, hay que empezar desde pequeños, ¿no? Con suerte, podré enseñarle a tu hijo algunas cosas sobre fútbol antes de que Jamie pueda hacerlo.
Tiff sonríe, bajando la vista. —Sí —dice en voz baja—. Creo que va a tener mucha suerte de tenerte cerca.
Cuando vuelve a levantar la mirada, su expresión se suaviza. —¿Cómo estás? Pareces cansado.
Suelto un bufido. —Entrenar produce ese efecto.
Esta vez ella no sonríe.
—Y dejar atrás al amor de tu vida, también.
—Probablemente.
—Zach.
Aparto la vista de la pantalla, frotándome la nuca. —Estoy bien —digo automáticamente.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Estoy bien, de verdad —respondo con sinceridad—. Me siento un poco apaleado y roto, pero tomé la decisión correcta al dejar el crucero cuando lo hice. Mi nuevo entrenador probablemente me habría quemado en la hoguera si me hubiera quedado fuera más tiempo.
—¿Y Honey? —pregunta con cautela.
—Habría estado encantada de perderme de vista —bromeo—. Necesita su espacio, y eso es lo que le voy a dar.
—Bien. —No me lleva la contraria. En su lugar, observa mi expresión durante un segundo—. Mientras seas feliz. Sinceramente, es lo único que quiero.
¿Soy feliz?
¿Cómo podría no serlo con todo lo que tengo?
—Ella lo resolverá —añade Tiff antes de que pueda entrar en mi propio bucle, analizando en exceso cada pequeña cosa que podría haber hecho de otra manera, como si fuera una jugada que estoy viendo repetida para aprender de ella.
—Sí —digo—. Lo sé.
Esa es la parte más triste para mí. La entiendo de verdad, y realmente creo que lo resolverá. Solo que esperar a que eso ocurra requiere mucha paciencia.
—¿Qué te parece este, tío Zach? —pregunta Ella, poniéndose frente a la cámara y enseñándome un sombrero para el sol de color rosa con un girasol asomando por la parte superior.
—Te queda fantástico, Ellie-Bear.
Se pasa los cuatro minutos siguientes enseñándome todos esos sombreros diferentes y describiendo el que se va a comprar en Hawái. Escucho cada palabra, divertido por todos los requisitos. Tiff va a pasar mucho tiempo buscando ese sombrero.
Cuando Tiff consigue recuperar el teléfono para despedirse, frunzo el ceño.
Ha aparecido una notificación.
Nuevo mensaje: Honeycomb
—Oh, mierda. Tengo que irme, Tiff. Honey acaba de escribirme. —Me incorporo de inmediato. He estado esperando esto jodidamente mucho tiempo.
—Tienes que poner un dólar en el bote de las palabrotas, tío Zach —grita Ella de fondo.
—Lo siento, cielo. Os quiero a las dos.
Cuelgo y abro el mensaje inmediatamente.
Honeycomb: Hoy he saltado desde un acantilado.
Me quedo mirándolo. Frunzo el ceño y ladeo la cabeza mientras vuelvo a leerlo.
Entonces suelto una carcajada, porque no tengo ni idea de qué está hablando.
Zach: ¿Ah, sí? ¿Es un eufemismo? Porque recuerdo perfectamente que la semana pasada te temblaban las rodillas ante la perspectiva de una tirolina.
Los puntos aparecen antes incluso de que haya tenido oportunidad de soltar el teléfono.
Honey: [vídeo adjunto]
Doy al play y lo primero que llena la pantalla es agua. Un azul infinito y cambiante con la luz del sol brillando sobre la superficie en destellos intensos. La cámara se inclina ligeramente y entonces aparece el acantilado.
Joder.
Quienquiera que haya grabado esto está en la base, lo que hace que la caída parezca increíblemente alta. La pared de roca se eleva más y más, escarpada e irregular, hasta que corta el cielo.
—Ni de broma, joder —murmuro en cuanto la veo.
Está de pie en la cima en un bikini verde esmeralda. El pelo le cae sobre un hombro, agitándose con el viento mientras se inclina hacia delante para mirar abajo.
Demasiado alto. Está a una distancia jodidamente excesiva para ella.
Se balancea sobre los talones y se aleja unos pasos del borde.
Bien.
Pero entonces vuelve a girarse.
Puedo oírla antes de verla moverse. Suelta una risa aguda y nerviosa, que roza el pánico. Cuando aparece de nuevo, sacude las manos como si estuviera intentando deshacerse del miedo y toma aire profundamente, elevando los hombros.
—Ho-ney. Ho-ney. Ho-ney. Ho-ney.
El cántico sube desde abajo, resonando en el acantilado, y ella avanza de nuevo poco a poco.
Se me encogen los dedos de los pies dentro de los calcetines, todo mi cuerpo se tensa, como si de alguna manera pudiera detenerla desde aquí.
No lo hagas.
Se acerca más, justo hasta el borde.
Se detiene.
Durante un segundo, se queda ahí quieta, mirando el agua.
Pero entonces lo veo.
El momento en que decide que va a hacerlo.
Cierra los ojos, yergue los hombros, toma una bocanada de aire rápida...
—y salta.
—Mierda...
Se me da un vuelco el corazón mientras cae, su cuerpo cortando el aire más rápido de lo que esperaba. Grita durante todo el descenso; el sonido es engullido por el viento y la distancia hasta que golpea limpiamente el agua.
Ha desaparecido.
Dejo de respirar, esperándola.