16. Capítulo 16
Zach
J ugueteo con el sobre que tengo en la mano, dejando que el borde afilado me pinche el dedo mientras observo a Honey dormir. Su pelo se desparrama por la almohada y su brazo busca el espacio donde yo estaba tumbado.
Va a esperar que esté allí cuando se despierte.
Eres un puto idiota.
Anoche no fue la gran reconciliación con la que he estado soñando. Hemos estado cometiendo el mismo error una y otra vez desde que intentó dejarme por primera vez. Yo he estado cometiendo el error al negarme a aceptar la realidad.
Ella no deja de apartarme y yo no dejo de aparecer. Ambos hemos tratado ese ciclo como si fuera la prueba de que un hilo invisible nos mantiene unidos cuando, en realidad, solo es la prueba de que ninguno de los dos ha querido ser el que le pusiera fin.
Honey no ha dejado de huir. Simplemente me ha estado usando como una excusa para no mirar lo que tiene delante, y yo se lo he permitido. Es más fácil seguir persiguiéndola que subirme a un avión y empezar solo la temporada más importante de mi vida.
Dejo el sobre con cuidado en la mesilla de noche, molesto porque lleva el logotipo de la compañía de cruceros. Pero era lo único que tenía a mano. Luego saco la caja del anillo de mi maleta y estudio el estuche de terciopelo azul claro antes de abrirlo.
El anillo de diamante con forma de panal sigue aquí, tan perfecto como el día que lo compré en mi primer año de carrera.
Es suyo.
Siempre ha sido suyo, y se merece tenerlo, tanto si me quiere a mí como si no.
Cierro la caja y la dejo junto a la carta.
Luego le echo un último vistazo.
Ella es la elegida. La única persona a la que he mirado y en la que he pensado: es mía.
He sido suyo desde que tenía dieciocho años. Nada ha cambiado eso. Ni el tiempo, ni la distancia, ni que se marchara.
En el fondo de mi corazón sé que, pase lo que pase, siempre seré suyo.
Su mano vuelve a moverse por las sábanas, buscándome, y no puedo hacerlo. No puedo quedarme aquí y verla, no cuando no sé cuándo la recuperaré.
Cojo mi maleta ya hecha de al lado de la silla y hago un último barrido a la habitación.
¿Teléfono? Listo.
¿Cargador? Listo.
¿Botella de agua? Listo.
¿Corazón? Ya no es mío para llevármelo.
Tomo aire, abro la puerta con el mayor sigilo que las bisagras permiten y salgo al pasillo.
Está vacío. Apenas son las seis de la mañana, lo que significa que la mayor parte del barco sigue durmiendo, y las únicas personas con las que es probable que me cruce son miembros de la tripulación que no me van a preguntar por qué arrastro una maleta por el pasillo al amanecer con la expresión de un hombre que acaba de hacer saltar por los aires su propia vida.
Me dirijo al mostrador de atención al cliente de la cubierta 3. La mujer tras el mostrador parece sorprendida de verme.
—¿Puedo ayudarle, señor?
—Sí, hablé ayer con su compañero. Voy a desembarcar antes en Nasáu, así que necesito registrar la salida.
—Por supuesto —dice ella, bajando la vista hacia su ordenador, lo que me da tiempo para pensar en Honey.
Oh, mierda, todavía está durmiendo en mi habitación.
No quiero dejarla y luego echarla de allí—.
Disculpe, solo hago yo el registro de salida porque tengo que volver al trabajo.
Mi mujer se queda, así que no necesito dejar la habitación, pero me gustaría asegurarme de que mi tarjeta de crédito cubre tanto la habitación 216 como la 217.
No quiero que se preocupe por nada mientras esté fuera.
—Desde luego que puedo ayudarle con eso, señor.
Para cuando todo está solucionado, el sol empieza a salir de verdad, tiñendo el océano de tonos rosas y dorados. Es realmente hermoso y desearía tener otro día con Honey para ver el amanecer juntos, pero tendré que vivir con la esperanza de que algún día volveremos a tenerlo.
El barco atraca en Nasáu a las ocho y soy uno de los primeros en bajar, arrastrando mi maleta por la pasarela mientras otros pasajeros probablemente acaben de despertarse para desayunar.
No miro atrás.
No puedo mirar atrás.
Porque si lo hago, daré media vuelta. Volveré a esa habitación, la despertaré y le diré que he cambiado de opinión, que no puedo irme, que lo solucionaremos juntos. Eso lo arruinaría todo.
El taxi espera en el puerto. Le doy al conductor el nombre del aeropuerto y apoyo la cabeza contra la ventanilla mientras Nasáu pasa borrosa ante mis ojos y la realidad empieza a asentarse.
Me voy. Por fin lo estoy haciendo.
Saco el móvil y le envío un mensaje a Dax, mi nuevo compañero de piso.
Zach: Estaré en Atlanta hoy, y en Rome esta noche.
Dax: ¿Qué? ¿Reese no dijo que no estarías aquí hasta dentro de una semana? Tenía planes de soltero. Empezaban con un brunch con barra libre y terminaban conmigo pidiéndole a la hija del entrenador un matrimonio de conveniencia.
Zach: Ya, bueno, no voy a detenerte. Solo no me metas en el lío.
Dax: Eso es... sospechosamente maduro. ¿Qué ha cambiado?
Zach: He cambiado yo.
Me quedo mirando el mensaje un segundo, luego bloqueo el móvil y reclino la cabeza contra el asiento.
Se va a despertar sin mí y, por primera vez en mi vida, no voy a dar media vuelta.