The Quarterback Sweep (The Four Quarters Collection 4) 15. Chapter 15 #2
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15. Chapter 15 #2

El silencio se alarga.

Debería dejarlo ahí. Ha sido una buena frase. Madura. Evolucionada. El tipo de cosas que se supone que el nuevo y mejorado Zach Evans debe decir y luego cerrarse la boca.

En lugar de eso, oigo cómo añado: —Solo hazme un favor.

—¿Qué?

—Intenta no acabar con el puto Chris Harper.

Ahí está. Esa parte de mí que nunca superaré por completo. Casi puedo oírla poner los ojos en blanco a través del panel divisorio.

—Zach.

—Hablo en serio. Con cualquier otro. Con quien sea, literalmente. Preferiría que te escaparas y te casaras con Jamie antes que con Harper.

—Zach.

El cambio en su tono de voz hace que me tense.

—Dime.

—Hay algo que debería haberte contado hace mucho tiempo. —Se detiene. Oigo cómo toma aire.

Mierda.

Es esto, ¿verdad?

Aquí es donde me dice que ya está saliendo con Chris. Que lo ha estado haciendo desde que se fue de St. Michael’s y me rompió el corazón.

Sabía que él mentía en la boda.

—Chris me besó en St. Michael’s la noche que le dije que me marchaba.

—Ah.

Voy a matarlo, y no va a ser rápido. Va a ser lento, doloroso y va a incluir meterle su palo de hockey por el...

—Durante un segundo, dejé que lo hiciera. Pensé que me haría sentir mejor.

¿Sentirse mejor? Porque yo no podía hacer eso por ella. No todavía, al menos.

—¿Lo hizo? —pregunto, intentando ocultar mi fastidio. Dudo que lo esté consiguiendo. No es culpa mía. Estoy planeando literalmente la muerte de un hombre mientras intento escuchar al amor de mi vida.

—No —dice con tristeza—. Me aparté y me fui a casa llorando porque no sentí nada con él. Nada. —Sorbe por la nariz—. Por eso te besé al día siguiente, porque necesitaba saber que todavía podía sentir algo.

No añade nada más y yo aplasto el posavasos contra la mesa.

Me está contando esto porque confía en mí... y porque Chris está a kilómetros de distancia, en algún lugar donde no puedo darle un puñetazo.

—Lo siento —dice en voz baja.

—No tienes por qué sentirlo.

—¿Entonces no estás enfadado conmigo?

—Nunca podría estar enfadado contigo, Honey.

Joder, te quiero tanto que me está devorando por dentro, pero no puedo estar enfadado porque intentaras encontrarte a ti misma.

Lo necesitas, y no quiero ser alguien a quien tengas demasiado miedo de decirle la verdad.

Quiero ser la primera persona con la que hables.

Quiero ser a quien le cuentes lo del primer capítulo que escribas y la persona de la que nunca huyas.

Hago una pausa.

—Quiero ser la primera persona a la que le digas cuándo has descubierto cómo quieres que sea tu vida; no ser la razón por la que has tardado más en descubrirlo.

El océano rompe contra el barco mientras ella asimila todo esto.

—Por eso voy a dejarte en paz —digo, sintiendo cada palabra, aunque me esté matando—. Me voy a Roma y no voy a pedirte nada antes de irme, porque te mereces la oportunidad de elegir tu propia vida primero. No puedo darte eso si estoy justo aquí, al otro lado de un panel de un metro cada mañana.

Silencio.

Lo suficientemente largo como para que duela.

—¿Zach?

—¿Dime?

—¿Y si no quiero que te vayas?

Todo se detiene excepto las olas.

No puede hablar en serio, ¿verdad?

En el segundo en que por fin reúno el valor para decirle que voy a dar un paso atrás, ¿me suelta eso ?

—Estoy muy cansada —dice en voz baja—. No de ti.

Simplemente de... todo esto. De estar a estas alturas de mi vida y seguir sin saber qué estoy haciendo.

—Exhala y oigo cómo le tiembla el aire al salir—.

Llevo en este barco una semana y media y el único momento en que mi mente se queda tranquila es cuando estás cerca.

Se me oprime el pecho.

—Lo cual es un inconveniente —añade y puedo oír una risa suave después—. Obviamente.

—Honey...

—No estoy diciendo que lo tenga todo resuelto. No es así. Sigo siendo el mismo desastre que cuando subí a este barco. Sigo sin poder escribir. Sigo sin saber qué estoy haciendo con mi vida. —Hace una pausa—. Sé que no debería pedirte esto.

Me quedo completamente inmóvil.

—¿Pedirme qué? —pregunto, aunque ya lo sé.

—No te vayas.

Las olas siguen moviéndose bajo nosotros y miro fijamente el panel divisorio como si fuera lo único que me mantiene erguido.

Ya había tomado esta decisión, pero ella está sentada a un metro de distancia detrás de un trozo de fibra de vidrio pidiéndome que no lo haga.

Joder.

—Honeycomb —digo con la voz ronca.

—Lo sé —dice rápidamente—. Lo sé, no debería haberlo dicho. Lo siento. Olvida que... —Luego, apenas por encima de un susurro—: Es que no quiero que te vayas.

¿Qué coño se supone que debo hacer ahora?

Oigo cómo se mueve al otro lado y, cuando levanto la vista, está en la barandilla, justo en el borde inclinado donde el panel baja entre nosotros.

Echo mi silla hacia atrás y me acerco a ella. Me observa a cada paso y, para cuando llego a su lado, veo lo vidriosos que tiene los ojos.

Hermosa. Es tan jodidamente hermosa.

Le acuno las mejillas y ella apoya las manos en mis brazos.

—Honey —susurro y eso es todo lo que hace falta.

Se pone de puntillas para inclinarse sobre la separación.

Me encuentro con ella a mitad de camino y mis labios chocan contra los suyos.

Dieciocho meses. He esperado dieciocho meses para que estuviera así de segura. Sube la mano para agarrar la parte delantera de mi camiseta mientras intenta atraerme hacia ella. Desgraciadamente, el maldito panel está por medio.

Suelta un sonido ahogado y roto al volver a apoyar los pies, obligándonos a separarnos. Sus labios están hinchados y brillantes y, cuando abre los ojos, toda resolución ha desaparecido por completo.

—Ven aquí —gruño, pasando los brazos por encima de la separación y apoyando las manos en su cintura.

—¿Qué estás...?

No dejo que termine la pregunta. Simplemente la levanto por encima de la barandilla, arrancándole un chillido mientras la traigo a mi lado.

—Zach... —No dejo que termine.

La beso de nuevo, tragándome sus palabras. El beso se vuelve desesperado al instante, lleno de toda mi hambre contenida. Mis manos se enredan en su pelo, inclinándole la cabeza exactamente como quiero mientras la devoro. Ella gime contra mi boca, y el sonido me llega directo a la polla.

La llevo hacia atrás hasta que su espalda choca contra la pared.

Mis manos se deslizan bajo su fina camiseta y un rugido ronco escapa de mi garganta al darme cuenta de que no lleva nada debajo.

Sus pechos están suaves y pesados en mis palmas; sus pezones ya están duros.

Los pellizco ligeramente, haciéndolos rodar entre mis dedos mientras ella jadea y se arquea contra mí.

—Joder, Honeycomb —jadeo contra sus labios, frotando mi erección contra su estómago—. Vas a acabar conmigo, te lo juro.

Sus manos están por todas partes. Tira de mi camiseta y, cuando mete la mano debajo, me clava las uñas por el pecho antes de acariciar con audacia la gruesa protuberancia de mi erección a través de los pantalones. Aprieta y suelto un juramento mientras mis caderas se sacuden ante su contacto.

—Dentro —murmuro contra su cuello—. Tenemos que entrar.

—¿Por qué? —jadea ella, con las manos ocupadas en mi cinturón—. Nadie puede vernos.

Gruño, besándola con todas mis fuerzas mientras desliza la mano dentro de mis vaqueros y agarra mi polla.

—Si te follo contra esta pared —digo contra sus labios—, todo el puto barco va a oírte gritar mi nombre.

Ella jadea, con los ojos oscurecidos. —Quizás quiero que lo oigan.

A la mierda.

La alzo y ella enrolla sus piernas alrededor de mi cintura, cruzando los tobillos a mi espalda.

La llevo adentro y cierro la puerta de una patada tras nosotros.

La habitación está oscura, iluminada solo por la luna, y en cuanto la deposito sobre la cama, me pongo encima de ella, cubriendo su cuerpo con el mío.

Arquea la espalda, frotando su centro contra mi polla a través de la ropa, desesperada por la fricción. Le subo la camiseta y me engancho a un pecho, succionando con fuerza y pasando la lengua por el pezón mientras mi mano aprieta el otro.

Sus dedos se entrelazan en mi pelo, manteniéndome ahí mientras gime por lo bajo.

—Zach —mi nombre sale entrecortado—. Por favor.

Suelto su pezón con un chasquido húmedo y miro su rostro encendido. —¿Por favor qué? —Frito mis caderas lentamente contra ella, dejando que sienta cada centímetro de lo duro que estoy—. Usa tus palabras, Honeycomb.

—Te necesito dentro de mí. —Tira de mi camiseta, intentando quitármela—. Te necesito. Ahora.

Me incorporo, me quito la camiseta de un tirón y sus manos se posan inmediatamente sobre mí, codiciosas y reverentes. Cuando sus dedos rozan el tatuaje de la abeja en mi pectoral izquierdo, se queda helada un segundo, contemplándolo.

—No sabía que tú también te habías hecho esto —susurra.

—Me lo hice después de que me dijeras que te ibas de St. Michael’s. —Sus ojos se encuentran con los míos, muy abiertos—. Eres tú —digo con voz ronca, agarrando su mano y apretándola con más fuerza contra mi pecho, justo sobre mi corazón atronador—. Siempre has sido tú.

Se le saltan las lágrimas, pero antes de que puedan caer, vuelvo a besarla.

Me tomo mi tiempo para desnudarla. Deslizo esa camiseta por su cabeza, revelando centímetro a centímetro una piel que he memorizado pero que he echado terriblemente de menos. Sus pantalones cortos y su braguita van después y, cuando finalmente está desnuda bajo mi cuerpo, simplemente la miro.

—¿Qué pasa? —pregunta, de repente cohibida.