The Quarterback Sweep (The Four Quarters Collection 4) 9. Capítulo 9
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9. Capítulo 9

Zach

S u puerta se cierra, pero no me muevo.

Lo único que hago es mirar fijamente la veta de la madera, intentando no desmoronarme.

Honey. Honey. Honey.

Me inclino hacia delante y apoyo la frente en la puerta, sintiendo la madera fría contra mi piel. Puedo oírla moverse al otro lado y tengo que contenerme para no echar la puerta abajo y convencerla de que esté conmigo.

Cierro los ojos y suelto el aire.

—Tan cerca. Tan jodidamente cerca.

Cada vez que estamos a punto de conseguirlo, algo la detiene.

Ni siquiera me importa que haya huido cuando las cosas han empezado a ponerse un poco serias.

Estoy acostumbrado a eso. Ha sido lo cerca que ha estado de ceder.

Podía sentirlo, igual que el día que vino a mi casa para decirme que se iba del St. Michael.

La única razón por la que no se quedó conmigo entonces fue porque Tiff nos pilló.

—Lo siento, Honey —le susurro a la puerta.

Es tan jodidamente difícil contenerme cuando se trata de ella.

En sentido figurado y literal.

Estoy tan jodidamente empalmado cuando estoy cerca de ella que empieza a ser incómodo.

Ella desea esto tanto como yo. Lo sé. Lo siento , pero tiene demasiado miedo para demostrarlo, lo que significa que me quedo aquí de pie en un pasillo con la frente apoyada en su puerta y una erección que es vergonzosamente leal a Honey.

Una chica. Solo una chica ha conseguido ponerme así de frustrado y cachondo al mismo tiempo.

Cuando una pareja dobla la esquina, suspiro, me ajusto los pantalones y me aparto de la puerta. Luego, camino tranquilamente hasta mi habitación de al lado y le dedico una sonrisa a la pareja cuando pasa a mi lado.

Cuando estoy en mi habitación, el silencio me consume.

Es demasiado grande y está demasiado vacía solo para mí.

Me aprieto la mano contra la entrepierna, con la esperanza de que mi polla se dé cuenta de que Honey no va a venir hoy, pero lo único que consigo es empeorar mi erección.

Estaba ahí mismo.

En mis brazos, inclinando la barbilla para poder besarme.

—Joder —gruño, yendo hacia el baño a grandes zancadas.

Necesito resetearme el cerebro antes de hacer alguna estupidez como echar la puerta abajo y enseñarle todo lo que se está perdiendo.

Me quito la ropa y la dejo sobre el mueble del lavabo del baño mientras abro la ducha y la pongo a la temperatura más fría posible.

Luego aprieto los dientes y me meto bajo el chorro.

—Mierda —mascullo mientras se me pone la piel de gallina. Respiro de forma entrecortada y jadeante varias veces para acostumbrarme a la temperatura.

Es imposible que mi erección aguante esto.

Unos segundos después, bajo la vista, molesto.

Sigue ahí.

Dura, roja y cabreada.

Ni siquiera una ducha fría ha podido acabar con la necesidad que tengo de Honey.

Te entiendo, colega.

El agua fría me golpea los hombros y mi cerebro se va inmediatamente a lugares a los que no debería.

Honey.

Honey bajo el agua fría. Honey, sin aliento y jadeando. Honey, mirándome con esos labios entreabiertos como si quisiera besarme el resto de su vida.

—Joder.

Me paso la mano por la cara, pero es inútil. Cuanto más fría está el agua, peor es.

Su pecho sube y baja con agitación, sus pezones están duros y tiene la piel cubierta de pequeños bultitos. Pequeños bultitos que podría hacer desaparecer si me dejara tocarla.

—Joder —mascullo, apoyando una mano en el azulejo.

No puedo seguir así. No puedo fingir que cada uno de mis pensamientos no está consumido por la mujer de la habitación de al lado. Le estuve comiendo el puto coño hace tres días, y ella finge que no le importa. Prácticamente todavía puedo saborearla, ¿y trata de fingir que no siente esto como yo?

Mi polla se contrae con el mero recuerdo de ella corriéndose a mi alrededor.

Está completamente dura y me duele a pesar del agua fría, y ya me he cansado de fingir que no voy a hacerlo.

Llevo medio empalmado desde que se metió entre mis brazos, y el frío no está sirviendo para una mierda más que para cabrearme.

Cambio el agua a templada, me envuelvo la polla con la mano y dejo escapar un suspiro de alivio mientras cierro los ojos.

En mi mente, no es mi mano.

Es la de Honey.

Está de rodillas frente a mí mientras el agua cae en cascada por sus hombros desnudos, y me mira con esos ojos grandes, oscuros y embriagadores. Se muerde el labio inferior antes de abrir la boca e inclinarse hacia delante como si se hubiera estado muriendo por este momento.

La sola imagen casi me pone de putas rodillas.

Sus suaves manos se apoyan en mis muslos, sus dedos se clavan mientras sus labios envuelven la cabeza de mi polla, y un gemido ronco se me desgarra en el pecho.

Esto no es una fantasía tierna. Es Honey —la chica que me ha estado volviendo loco desde el momento en que entró en mi vida— chupándomela como si cada centímetro de mí le perteneciera.

Cada centímetro de mí le pertenece . Su lengua se arremolina alrededor de la punta con caricias provocadoras y deliberadas, saboreándome, paladeándome, antes de metérmela más profundamente en esa boca perfecta.

Aprieto el puño y empiezo a masturbarme más fuerte, igualando el ritmo que ella está usando en mi cabeza.

Mi mano libre resbala en el azulejo, pero mantengo el equilibrio.

Estoy demasiado distraído con mis pensamientos como para que me importe.

En mi mente, ella se la mete más en la boca con cada movimiento de su cabeza, y sus mejillas se hunden mientras me chupa como si estuviera tratando de arrancarme un orgasmo directamente del alma.

—Joder, Honey… —gruño bajo el chorro de agua.

Puedo imaginar la forma en que sus tetas botarían ligeramente con cada movimiento, el agua cayendo por sus curvas, sus pezones duros por el calor y la excitación.

Gemiría alrededor de mi polla, la vibración recorriéndome directamente, empujándome más cerca del borde.

Se la metería hasta el fondo, su garganta trabajándome, todo el tiempo sin romper el contacto visual, desafiándome a perder el control y a correrme para ella.

Mi mano se mueve más rápido. El agua corre por mi espalda mientras la presión se acumula, apretándose en la parte baja de mi abdomen.

Con un gemido profundo y gutural que resuena en los azulejos, me corro con fuerza. Espesos grumos se derraman sobre mi puño mientras mi polla late, y las piernas casi se me doblan. Apoyo el antebrazo en la pared, respirando con dificultad mientras el agua lo limpia todo.

El alivio que siento dura poco, porque en cuanto la neblina se disipa, recuerdo el casi beso y la expresión de su cara cuando salió corriendo.

—Esta chica va a ser mi puta ruina —mascullo en voz baja.

Termino de ducharme, cierro el grifo y me quedo ahí un segundo, asimilándolo todo.

El vapor se adhiere al cristal; mi pecho todavía sube y baja con agitación.

Sigo sintiéndome como una mierda porque ninguna cantidad de duchas frías o de vergüenza autoinfligida va a cambiar el hecho de que Honey sigue en la habitación de al lado, ignorando obstinadamente lo que tiene delante de sus narices.

Me enrollo una toalla en la cintura y salgo de la ducha, pasando una mano por el espejo empañado al pasar.

Oh, sorpresa, sorpresa.

Tengo un aspecto tan de mierda como me siento por dentro.

Me lavo los dientes sobre todo porque necesito hacer algo con las manos que no sea volver a llamar a la puerta de Honey. Luego cojo un pantalón de chándal y me lo pongo bajo sobre las caderas antes de entrar descalzo en la habitación del camarote.

Dado que la ducha por fin me ha calmado un poco —y porque como piense en Honey un segundo más, voy a acabar detenido —, decido que probablemente es hora de ocuparme del resto de mi vida.

Por desgracia, el resto de mi vida viene con notificaciones por correo electrónico y contratos que no puedo evitar.

Me dejo caer en el sofá, cojo el móvil y reviso los mensajes.

Veintitrés correos sin leer.

Joder.

Tres de la oficina principal de los Rome Raptors con actualizaciones del libro de jugadas, horarios de las actividades organizadas del equipo y algo de formación de equipos en una semana que definitivamente me voy a perder ya que estoy en este crucero.

No es que me importe. Honey es más importante.

Hay un correo electrónico del entrenador Masters con el asunto Ponte en contacto cuando tengas un momento.

Oh, está cabreado. Eso en lenguaje de entrenador significa: ¿Dónde diablos estás, Evans? Trae tu culo aquí ahora mismo.

También hay dos de Dave, mi agente. Es entonces cuando sé que estoy en problemas.

Dave no entra en pánico. Le gusta más presumir de su extensa lista de clientes que preocuparse por lo que hacen día a día.

Uno de los asuntos está todo en mayúsculas.

Fantástico.

Lo abro.

Zach,

Ascent, la marca deportiva, quiere fijar las fechas para la sesión de fotos de la campaña.

No van a esperar eternamente. Les dije que a mediados de julio, pero necesito que me lo confirmes.

Además, el equipo de relaciones públicas de los Raptors quiere programar tu rueda de prensa de presentación.

Están siendo pacientes porque eres su hombre, pero no tienen ni idea de dónde estás y me están preguntando por ello.

No me hagas quedar mal. Contesta a tus mensajes.

Hago una mueca y abro el segundo. Mejor saber exactamente a qué me atengo.

Es mucho más corto.

Llámame mañana. No es una petición.

Dave ha estado conmigo en todo: el caos del draft , las negociaciones, las entrevistas, el millón de pequeñas cosas que la cagaría por completo si me dejaran sin supervisión.

Luchó por cada dólar de mi contrato de novato y de alguna manera se las arregló para hacerme sonar como un adulto responsable en las ruedas de prensa.

Lo menos que puedo hacer es devolverle la llamada.

Sigo deslizando y hago clic inmediatamente cuando veo el mensaje de Reese. Gracias a Dios que él y Dax también fueron seleccionados para los Raptors. Si no, lo estaría pasando aún peor ahora mismo.

Hola, Z,

Dax dice que puedes quedarte en su casa hasta que encuentres tu propio sitio. Es de dos habitaciones, a cinco minutos del estadio y ya está amueblado. Avísame cuando llegues y te ayudaré a mudar tus cosas.

Además, el entrenador Masters ha preguntado por ti en el entrenamiento de hoy. Te he cubierto, pero no estoy seguro de cuánto tiempo se va a creer las excusas que me estoy inventando.

Resoplo.

Al menos una persona en mi vida está comprometida a consentirme.

Debería contestarles a todos, pero todavía no estoy de humor para enfrentarme a mi realidad. Así que, en lugar de eso, bloqueo el móvil, lo tiro al cojín de al lado y apoyo la cabeza en el sofá.

Me duele la cabeza, y no es solo porque Honey no colabora.

Es todo. Todo está cambiando. Esto no es como el fútbol universitario, donde podía salirme con la mía haciendo lo que me diera la puta gana.

Esto es otro rollo, nivel profesional. Tengo contratos.

Soy el quarterback de la franquicia. El primer elegido en el draft .

Aquel por el que hicieron un intercambio para construir un equipo a mi alrededor.

Soy la puta razón por la que Dax y Reese están aquí también.

Tengo que entrar en el estadio de los Raptors en dos semanas y estar listo para liderar.

Y, sin embargo, aquí estoy, en un crucero persiguiendo a una chica que acaba de apartarse de besarme.

Podría estar en Roma ahora mismo. Debería estarlo. Necesito aprenderme el libro de jugadas y crear química con mis nuevos receptores para estar por delante de la curva cuando empiece el campamento de entrenamiento.

Cada día que estoy aquí, me quedo más atrás de mis propios estándares.

Cada día que elijo a Honey por encima del fútbol, me juego la carrera por la que he trabajado toda mi vida.

Lo sé. No soy estúpido.

Pero si no me hubiera subido a este barco, no habría estado sentado frente a ella en ese reservado esta noche ni habría visto la pequeña sonrisa en su cara cuando intenté cogerle un trozo de su tarta de chocolate.

El fútbol ha sido lo más importante en mi vida desde que tenía siete años.

Me salvó. Salvó a mi familia. Me ayudó a cuidar de Tiff y Ella cuando todo parecía desmoronarse.

Me dio un propósito cuando lo necesitaba, un futuro cuando no estaba seguro de tenerlo y una salida cuando todo parecía demasiado difícil de manejar.

El fútbol me lo dio todo, pero Honey es la razón por la que significa algo.

Es la persona que quiero a mi lado cuando las luces se apagan y el estadio se vacía.

Es en quien pienso cuando pasa algo bueno.

Aquella a la que quiero volver a casa después de las victorias y la que querría que me mantuviera entero después de las derrotas.

No estoy preparado para dejarlo ir porque el momento no le viene bien.

Esperaré. Esperaré jodidamente el tiempo que haga falta porque soy el hombre más jodidamente paciente que ha conocido jamás.

Suelto un largo suspiro, cojo el móvil de nuevo y me obligo a ser un adulto porque, mientras espero a Honey, necesito asegurarme de que tengo una vida que valga algo.

Abro mis correos electrónicos y empiezo a escribir respuestas. Son todas cortas, apenas una frase, pero he respondido y he confirmado que los llamaré a todos por la mañana.

Una vez que he terminado, tiro el móvil sobre la mesa de centro y me pongo de pie, estirando la tensión de mis hombros.

La puerta del balcón sigue entreabierta desde antes, así que salgo y respiro el aire salado mientras miro fijamente al abismo.

Cuando me apoyo en la barandilla, dirijo la mirada al tatuaje del panal de mi antebrazo. Apenas es visible con la poca luz, pero no necesito verlo para saber el compromiso que adquirí.

Sí, quizá soy un idiota por estar aquí en lugar de en Roma. Quizá me estoy jugando toda mi temporada de novato y mi posible carrera por una chica que se aparta de besarme, pero no estoy rompiendo ninguna regla, y ya me mataré a trabajar cuando llegue allí dentro de dos semanas.

Este tiempo con Honey no volverá a presentarse, y tengo que aprovechar la oportunidad para al menos intentarlo.

Vuelvo adentro, dejando la puerta del balcón abierta para poder dormirme con el sonido del océano.

Mañana, no la presionaré. Dejaré que venga a mí, porque lo hará. Sé que lo hará, y cuando lo haga, voy a hacer que le sea jodidamente difícil marcharse.