The Quarterback Sweep (The Four Quarters Collection 4)
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1. Capítulo 1
Honey
—Puedes hacerlo, Honey —me digo a mí misma, como si eso fuera a cambiar algo hoy.
No lo hará.
Me pongo los vaqueros con una mano y me peleo con la camiseta para pasármela por la cabeza con la otra mientras intento evitar por poco la esquina del escritorio de mi habitación de hotel.
—Ay.
Fallo.
Hago una mueca cuando el dolor me irradia desde el muslo por toda la pierna. Se me hunden los hombros y bajo la cabeza. Otro fracaso más que añadir a mi lista.
Fracasé al no terminar en St. Michael’s...
Fracasé al no seguir los pasos de mi padre...
Fracasé al no ser capaz de averiguar qué es lo que quiero...
Podría seguir, pero cuanto más lo pienso, peor me siento.
Dando saltos sobre un pie, pierdo el equilibrio por completo y me desplomo contra el suelo con un golpe sordo, aterrizando junto a mi maleta a medio deshacer.
—Genial —mascullo. Cuando por fin abro los ojos, me quedo mirando el techo blanco del hotel. Es un lienzo en blanco, un nuevo comienzo, algo de lo que se supone que debería estar sacando provecho. Entonces, ¿por qué me siento tan completamente perdida?
—Limítate a respirar, Honey —susurro imitando la voz de la doctora Reeves. Es un intento patético de calmarme, pero es todo lo que tengo—. Ya llegas tarde y esto solo va a empeorar las cosas.
Inspira.
Expira.
Inspira.
Expira.
Pasados unos segundos, me levanto despacio y centro toda mi energía en terminar de ponerme los vaqueros. Una vez que lo consigo, me pongo con la blusa, lo cual resulta más difícil de lo habitual porque no me dejan de temblar las manos.
— ¿En serio vas a dejarme, Honeycomb?
La pregunta que nunca respondí; las últimas palabras de mi pretendiente a prometido si yo hubiera dicho que sí.
Se han estado repitiendo en mi mente desde que subí voluntariamente al avión para venir aquí.
Por desgracia, el alcohol que utilicé para quedarme frita anoche no ha servido de nada para evitar que la pregunta me despertara esta mañana.
Me paso una mano por la cara y me miro al espejo, frunciendo el ceño al ver que las ojeras siguen ahí. Con un suspiro, cojo un par de toallitas limpiadoras y me las paso por la piel, quitándome el maquillaje que estaba demasiado agotada para lavarme anoche.
El rímel se va, pero las ojeras no.
Bueno, fantástico.
Lo siguiente es el cepillo y hago una mueca con cada tirón que me da en el pelo. Peinarme hoy va a ser divertido.
Cuando termino, doy un paso atrás y me observo en el espejo. Incluso con ropa nueva y la cara lavada, tengo un aspecto de perros. Peor que de perros.
Me siguen temblando las manos y los nervios me recorren el cuerpo. ¿Por qué? ¿Por una boda? ¿Por peinarme? ¿Por ver a gente a la que no veo desde hace meses? ¿Por verle a él ?
Por todo lo anterior.
—¿Lista? —le pregunto a mi propio reflejo, aun sabiendo la respuesta.
No. No estoy lista. Puede que nunca esté lista para ver el futuro del que me alejé por voluntad propia. Solo servirá para recordarme lo fracasada que soy, pero a estas alturas, no es que tenga otra opción.
Buz. Buz. Buz.
—Mierda.
Suena mi teléfono y sé que es Tiff.
Llego tarde y soy oficialmente la peor dama de honor que una chica podría pedir.
Me perdí la despedida de soltera. Me perdí la cena de ensayo. Me perdí la prueba del vestido. Me he perdido cada una de las partes de los preparativos de esta boda y, por algún motivo que solo Dios conoce, Tiff sigue queriendo que esté aquí hoy.
—¿Dónde narices está? —Tanteo por la habitación, buscando el móvil. Cuando lo encuentro bajo las mantas de la cama, ya he perdido su llamada.
No tiene sentido devolverle la llamada. Será más rápido si me voy ya.
Paso por encima de la ropa que asoma de mi maleta antes de ponerme las chanclas y coger las llaves de la habitación. Luego abro la puerta de par en par y avanzo.
—¡Pum!
—¡Hala!
Tengo las manos apoyadas en un pecho duro y reconozco la voz antes de levantar la vista.
—Buenos días, Honey. —Chris me sujeta poniendo sus manos en mis brazos, haciendo que esto resultara solo un poco menos vergonzoso que si me hubiera estampado de cara contra su pecho.
—Buenos días, Chris —digo con un tono demasiado animado para resultar creíble mientras doy un paso atrás y me sacudo los vaqueros—. Buenos días, Chase —mascullo al ver a su hermano junto a él.
Genial. Vaya, esto no hace más que empeorar las cosas.
—Perdona, no pretendía caerme encima de ti...
quiero decir, contra ti. —Hago una mueca, levantando una mano para arreglarme el pelo, y me detengo en seco cuando se me enganchan los dedos en los nudos.
No me salen las palabras adecuadas. No es del todo culpa mía.
La última vez que vi a Chris, nos besamos y acto seguido salí corriendo de la habitación llorando—.
Es que llego tarde y parezco un desastre.
—¿Un desastre? Por favor. Todos sabemos que podrías ponerte una bolsa de papel y seguirías siendo la chica más guapa de la sala —dice Chris, y me quedo helada.
La chica más guapa de la sala.
Se me nubla la vista y solo oigo la voz de Zach. Me dijo esas mismas palabras cuando estaba en su camioneta en el último curso, antes de dedicarme la sonrisa más devastadora que jamás había visto. Fue el momento en que me di cuenta de que estaba enamorada de él.
Se me revuelve el estómago y, sí, estoy a punto de vomitar ante el mero pensamiento de Zach. ¿Cómo me voy a poner cuando de verdad tenga que verle ?
Chase suelta una carcajada. —Madre mía, hermano. ¿Se puede ser más desesperado?
Chris lanza una mirada fulminante a su hermano. —Cállate.
Chase se ríe entre dientes, levantando las manos. —Perdona. Solo digo que, si vas a ser tan empalagoso, quizás quieras comprarle un cruasán primero.
—¡Cruasán! —suelto de repente, esquivándolos a ambos—. No hay tiempo. Me tengo que ir.
—¿A dónde vas...? —empieza Chris.
—Peluquería y maquillaje —digo por encima del hombro, caminando ya a paso ligero hacia el ascensor—. Os veo luego.
—Honey, espera...
Pero no me detengo. En su lugar, aporreo el botón del ascensor frenéticamente y, cuando las puertas por fin se abren, me meto dentro de un salto.
Alcanzo a ver a Chris y a Chase mientras las puertas se cierran. Chris da un paso al frente como si fuera a seguirme, pero Chase le agarra del brazo. Ambos me miran como si fuera un riesgo de fuga.
Lo cual... no es exactamente mentira.
Estoy bastante segura de que nadie esperaba que apareciera hoy de verdad. La única razón por la que estoy aquí es porque Olivia y Mike me escoltaron hasta el aeropuerto.
Cuando las puertas por fin se cierran, me relajo y me apoyo contra la pared de espejos. Luego cierro los ojos, intentando respirar y centrarme.
Inhala en cuatro, mantén en cuatro, exhala en cuatro.
No funciona.
No estoy lista para lo de hoy. No estoy lista para estar ahí parada mientras todo el mundo habla de lo destinados que están Tiff y Jamie el uno al otro... mientras miro al chico que cree que yo soy su destino al otro lado del pasillo.
Se me oprime el pecho mientras el calor me sube por el cuello.
Esto es culpa tuya. Tú elegiste esto; me recuerdo. Le dijiste que no a Zach y que sí a ser dama de honor en la boda de su prima.
Contrólate, Honey.
Hoy no se trata de mí, ni de mi espiral autodestructiva, ni del hecho de que apenas puedo evitar que me tiemblen las manos. Hoy se trata de Tiff y Jamie, de su boda y de que yo sea una buena amiga.
El ascensor suena al llegar al vestíbulo.
Salgo y me dirijo a la sala de conferencias donde nos estamos preparando.
Bueno, supongo que allá vamos.
—¡Aquí estás! —Tiff sonríe de oreja a oreja en cuanto cruzo las puertas de la sala de conferencias.
Mis pasos se vuelven más lentos y resuenan en la enorme habitación.
El cortejo nupcial es pequeño —solo somos yo, Madison (la prima de Tiff) y la hija de cinco años de Tiff, Ella—, así que el espacio parece todavía más grande.
—La sala es enorme, lo sé. —Hace un gesto a nuestro alrededor mientras se dirige hacia mí—.
Todas las salas de conferencias más pequeñas estaban ocupadas.
—Me rodea con un abrazo, apretándome con más fuerza de la que esperaría teniendo en cuenta todas las mierdas por las que la he hecho pasar estos últimos cinco meses.
Sujetándome por los brazos, se separa para observarme. —Hola, Honey.
Su sonrisa. Es lo único en lo que me fijo de verdad porque irradia una felicidad con la que yo solo podría soñar ahora mismo.
—Tiff. Estás preciosa. —Vuelvo a estrecharla en otro abrazo, incapaz de expresar mis verdaderos sentimientos con palabras.
Siento haberte fallado. Esto es lo mejor que he podido hacer.
Ella me abraza un poco más fuerte, como si supiera exactamente a qué me refiero.
—Gracias. Estoy tan feliz de que estés aquí.
Me alegro de que al menos una de las dos lo esté.
—He de reconocer que estaba empezando a pensar que me habías dado plantón —susurra con un tinte de diversión en la voz. No me extraña, teniendo en cuenta que la última vez que me vio, estaba dándole el plantón a todo. A St. Michael’s. A todo.
—Jamás —digo, forzando una sonrisa que espero que parezca auténtica mientras me separo—. Solo me he quedado dormida un poco. El vuelo me ha dejado más agotada de lo que esperaba.
Me observa con los ojos vidriosos y me doy cuenta de que se está guardando lo que de verdad quiere decir. —Gracias por venir. De verdad que significa mucho para mí.
Se me encoge el corazón ante sus palabras. Puede que no seamos familia de sangre, pero ella es mi familia, y estar lejos de ella tanto tiempo con tan poco contacto de verdad que me ha pasado factura.
—No me lo perdería por nada del mundo —digo, sintiéndolo a medias. Estoy encantada por ella y, por supuesto, me alegro por Jamie. Ambos se merecen esta oportunidad juntos; solo desearía que celebrarlo con ellos no tuviera todas estas complicaciones extra.
Cuando me fui de Indiana hace cinco meses, no tenía intención de volver jamás; sin embargo, aquí estoy, en el mejor hotel de Hope, mientras mi pasado me alcanza y ya no me queda ningún lugar donde esconderme.