28. Capítulo Veintisiete #2
—En serio. ¿Puedes siquiera respirar con eso? —Entorno los ojos, examinando su rostro ahora que estamos más cerca. Zach le dio fuerte y eso me agrada más de la cuenta. Casi merece la pena las dos semanas de expulsión que Zach tiene que cumplir por ello.
—Sí, puedo respirar. Tiene mal aspecto, pero lo único que consiguió el puñetazo del Becado fue impedirme jugar el partido del campeonato.
—Como si alguna vez hubieras tenido alguna oportunidad real de hacer una jugada, para empezar.
—Vaya, estás guerrera últimamente, Honey.
Me encojo de hombros. —No te mereces que sea amable contigo.
—¿Pero el Becado sí? Qué interesante.
—Deja de llamarlo así.
Él enarca las cejas. —¿Por qué te sigue importando cómo lo llame? No es que hayáis vuelto a hablar desde que me pegó.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque he visto a tíos como Zach antes. Son como animales enjaulados, tan desesperados por escapar de sus vidas que harían cualquier cosa, pero en cuanto los pillan, se largan. Zach no va a volver contigo porque no siente ninguna lealtad hacia ti. Su lealtad está con la madre de su hijo.
Hago una mueca ante sus palabras, todavía no estoy segura de creerlas viniendo de boca de Jamie, pero Zach no me ha dado otra opción que creer que debe de haber algo de verdad en ellas. Si no, ¿por qué no lo ha negado?
La idea de que Zach me haya dejado atrás me provoca un escalofrío.
—¿Quieres mi chaqueta? —pregunta Jamie, quitándosela ya. Niego con la cabeza, no quiero nada de este tío. Cuando la tela cae sobre mis hombros, me la quito de encima y dejo que caiga sobre el asiento.
Jamie se remanga su impecable camisa blanca hasta los codos y apoya los brazos sobre las rodillas.
Sin hablarnos, el sonido de los invitados preparándose para la medianoche llena el aire.
Se avecina un nuevo año, pero lamentablemente, mientras estoy aquí sentada con Jamie, siento que mis problemas siguen siendo los mismos.
—Ya que no hablas tú, supongo que empezaré a hablar yo y veré a dónde llegamos.
—Eso no suena muy prometedor. —Él ignora mi comentario, se pasa una mano por el pelo y suelta un largo suspiro de exasperación.
—Lo que te hice fue una mierda y lo siento.
Cruzando los brazos, observo las ondas que se desplazan por el lago.
Me niego a mirarlo y a creer que está siendo sincero.
Solo intenta ganarse mi favor porque quiere ganar esa apuesta.
—Nunca intenté herirte a ti con mis actos.
Solo quería sentir algo que no fuera sumisión. —En eso puedo identificarme.
—Besar a McKenna fue más bien un «que te jodan» a mi padre y a su gran plan de forzarnos a este extraño acuerdo matrimonial en el que ninguno de los dos teníamos voz ni voto.
Estaba jodiendo su plan y recuperando algo que debería haber sido decisión nuestra, mía y tuya.
Fue mi primer acto verdadero de rebeldía y me sentí bien.
No puedo culparlo por su sinceridad y, en cierto modo, lo admiro por pasar a la acción.
Yo estaba más que dispuesta a quedarme de brazos cruzados y seguir el plan antes de que Zach se me acercara.
Pero, por desgracia para Jamie, sé que esa no es toda la verdad, porque hubo otras chicas antes que McKenna.
Zach me lo contó así y le creo porque me lo dijo cuando solo estábamos haciendo negocios.
—¿Se supone que esto debe hacerme sentir lástima por ti? ¿El pobre niño rico al que cargan con una niña rica y lo obligan a vivir feliz para siempre?
—No, claro que no. No soy tan estúpido como para pensar que cualquier intento de explicación servirá de algo más que para que me entre por un oído y me salga por el otro.
Te lo digo porque creo que puedes entenderme.
Creo que por eso te gustaba tanto el Becado y por eso te dolió tanto cuando supiste la verdad.
Chasqueo la lengua contra los dientes, me levanto rápidamente para encarar a Jamie y le pongo el dedo en la cara.
—En primer lugar, ni se te ocurra comparar nada de lo que hice con Zach con lo que hiciste tú.
Yo estaba soltera y él estaba interesado.
Tú me engañaste, me avergonzaste delante de todo el instituto y te reíste de mi dolor porque eso molestaba a tu papito.
Él levanta las manos, pero no se atreve a mirarme. —Lo sé, Honey. Lo siento. Nunca podré expresarte cuánto lo siento.
—¿Entonces por qué no puedes hacer lo correcto y dejarme en paz? —Hago la pregunta para ver si se sincera sobre la apuesta. Si de verdad quisiera redimirse, me contaría todo el alcance de la misma, ¿no?
—Vamos, Honey. Nadie conoce nuestras vidas como nosotros.
Hemos crecido juntos. Tus padres son como mis segundos padres y viceversa.
Somos nosotros dos. —Me sonríe como solía hacerlo antes de que pasara todo esto.
Y antes, eso solía hacerme sentir mariposas en el estómago.
Aprieto los labios y me muerdo la lengua, conteniendo lo que quiero decir porque ya no tengo esos sentimientos.
Se levanta, me coge las manos y las entrelaza sin apretar. Cuando tenía diez años, soñaba con casarme con Jamie bajo este cenador. Él me cogía las manos y me miraba como lo hace ahora, pero es curioso cómo esa idea se convirtió en una pesadilla diez años después.
—Siempre vamos a ser tú y yo. —Me mira, esperando ansioso que todo este discurso me haga cambiar de opinión. O está delirando o está desesperado.
—Cinco. —El eco de la cuenta atrás de los invitados reverbera débilmente en el aire.
—Empecemos de cero. Siento haberme emborrachado en esa fiesta, pero eso fue hace meses y me sentí fatal en cuanto me di cuenta de cuánto te dolió.
—Cuatro.
—Quiero volver a intentarlo contigo.
—Tres.
—He tardado mucho en darme cuenta, pero creo que te quiero, Honey.
—Dos.
En un instante, sus labios chocan contra los míos. Su lengua torpe busca la mía y sus dedos se clavan en mis hombros. Esto no se siente como un beso de declaración, sino como un beso de posesión, y yo no soy propiedad de nadie.
—Uno.
—¿Pero qué coño haces? —Le empujo el pecho, haciéndole caer en el asiento. Sus brazos quedan colgando por los lados y parece conmocionado por mi reacción. Con mi pintalabios corrido por su cara, tiene buen aspecto, pero no siento la misma emoción o vértigo que sentí cuando lo vi en la de Zach.
—Vamos, Honey. Podemos superar esto. Te olvidarás de McKenna y yo me olvidaré de Zach. Podemos volver a ser nosotros.
Y ahí radica el problema. Nada hará que me olvide de Zach. Él me cambió demasiado como para volver a ser feliz con mi antigua vida.
—No. —Es una respuesta rotunda que desinfla a Jamie inmediatamente, pero necesita oírlo. No puede tratarme como a una mierda y esperar que lo acepte, solo para que vuelva a hacerlo.
Sin decir una palabra más, vuelvo a la casa, ocultando mi rostro al pasar junto a los invitados.
Nadie se fija en mí porque están todos demasiado ocupados celebrando, lo que me facilita correr a mi habitación sin que me vean.
Cierro la puerta de un portazo, aunque nadie pueda oírme, y echo la llave.
Ya he complacido bastante a mi madre por una noche.
Se me revuelve el estómago al mirar el móvil. Estúpidamente, incluso después de todo esto, espero ver el nombre de Zach parpadeando en la pantalla.
Nada.
Probablemente esté demasiado ocupado con su familia para pensar en mí. Dudo que me haya pasado por la cabeza desde que se fue por las vacaciones de invierno.
Toc, toc, toc.
—¿Honey? —Gruño al oír la voz amortiguada de Jamie a través de la puerta. ¿Es que el tío no puede darme un respiro? —Honey, ¿estás ahí?
Si tan solo mi madre no hubiera quitado las hortensias trepadoras después de que me escapara... Me vendrían muy bien ahora mismo.
Jamie vuelve a dar otra serie de golpes urgentes y hace girar el pomo. —Honey. Sé que estás ahí dentro.
Unas lágrimas de fastidio me escuecen los ojos. ¿Por qué no puede dejarme en paz? ¿Por qué tiene que ser él quien luche por mí?
Tras unos minutos más intentándolo, finalmente se aleja, pero no sin antes pasar una nota por debajo de la puerta. No me molesto en levantarme para leerla. Ya he oído todo lo que tenía que decir y no me interesa.
Cuando la música baja y la fiesta termina, finalmente dejo caer una sola lágrima y luego me la seco.
Zach nunca estuvo interesado en mí, y eso es algo que tengo que superar.