28. Capítulo Veintisiete
Capítulo Veintisiete
Honey
D os semanas después
Suelto un suspiro largo y cansado mientras contemplo la entrada de mi casa.
Unas luces de Navidad perfectamente alineadas cubren las ventanas, recordándome cuánto he dejado de encajar aquí.
Coches caros bordean el camino y el ruido de la fiesta se escapa por la puerta abierta.
Mi madre sabe que estoy aquí plantada. La puerta ha avisado a su móvil en cuanto he puesto un pie en el porche, pero eso no me impide pensar que tal vez sea capaz de irme sin tener que saludar a más invitados.
Me duele la boca de tanto sonreír falsamente y estoy harta de fingir que soy feliz cuando no es así.
Odio la facilidad con la que me doblego a su voluntad.
Toda la casa se siente como una prisión, una mansión de miseria que controla cada uno de mis movimientos sin pedirme opinión.
Solo quedan unos pocos meses para largarme de aquí e irme a la universidad.
Entre la hilera de coches, el de Jamie está junto al mío, y sé por qué mi madre lo ha invitado.
Mi ruptura con Zach no fue precisamente privada, gracias a que algunos estudiantes subieron su ataque de nervios a todas las redes sociales.
Cuando mi madre se enteró de los juguetones nudillos de Zach, supe que nunca volvería a ser bienvenido con los brazos abiertos.
Lo usó como excusa para decirme que necesitaba a alguien que comprendiera las tensiones de nuestro mundo.
Alguien como Jamie. No importa que me pusiera los cuernos, porque, al parecer, todos cometemos errores.
Al llegar a lo alto del porche, me detengo.
No puedo hacerlo. No puedo limitarme a volver alegremente a mi antigua vida.
Ya no soy esa persona. Retrocediendo unos pasos, doy media vuelta sobre mis talones, bajo las escaleras y me quedo mirando mi espantoso coche rosa, sabiendo que es mi única oportunidad de libertad.
Mis tacones repiquetean contra la acera mientras camino sin pensar a dónde voy.
Necesito alejarme de la vida falsa que han creado para mí.
—Hunniford. —La familiar voz chillona de mi madre me detiene en seco—. ¿A dónde vas? —Me echo el pelo perfectamente peinado sobre el hombro para mirarla.
—Lo siento, madre. Me he dejado algo en el coche e iba a por ello.
—Con la sonrisa falsa de nuevo en el rostro, me pregunto cuándo me he vuelto tan tonta, tan débil como para acatar todas las órdenes de mi familia.
Pensaba que estaba ganando fuerza y confianza, pero resulta que todo eso se fue por la ventana en el momento en que Zach me dejó.
Y no es que él hubiera estado conmigo de verdad.
Aquello no fue más que una fantasía retorcida que tuve por leer demasiadas novelas románticas.
El chico malo del otro lado de la ciudad no salva a la princesa en la vida real.
En la vida real, la princesa se casa con la bestia y luego se convierte ella misma en una.
Zach dejó claro desde el principio que solo estaba aquí por el dinero. Fui yo quien lo convirtió en algo que no era.
—Date prisa y vuelve a entrar en casa. Quedan veinte minutos para medianoche. —¿Acaso no se da cuenta de que esa es precisamente la razón por la que me he ido? La idea de celebrar el año nuevo con mi familia y sus amigos me hace sentir que me asfixio.
Dos semanas sin clase han sido a la vez una bendición y una maldición. No estar allí ha hecho que ignorar a los idiotas de las redes sociales fuera más fácil, pero también significa que no he visto ni hablado con Zach, y esa parte me está matando.
—Sí, madre. —Las palabras salen solas de mi lengua y me doy la vuelta, mirando cada coche aparcado en la entrada circular.
Un Mercedes está aparcado tan cerca detrás de mí que dudo que pudiera salir del sitio de todos modos.
Además, ¿a dónde pensaba ir veinte minutos antes de medianoche?
¿No es estadísticamente el peor momento para conducir en Nochevieja?
Mi madre no se va. Puedo sentirla observándome, sus ojos quemándome la nuca. Me arrastrará dentro si no me doy la vuelta pronto.
Girando lentamente, le dedico una sonrisa débil y me dirijo de vuelta a la casa.
Ha sido una estupidez por mi parte creer que alguna vez podría dejar este lugar.
Mamá me rodea el hombro con el brazo, pegándome a su costado en un gesto que para algunos podría parecer cariñoso, pero no lo es.
Sus uñas se clavan en mi hombro para controlar cada uno de mis pasos.
—¿Por qué no llevas el vestido rojo largo que te preparé?
La forma en que este se ajusta te marca demasiado las caderas.
Una sonrisa sarcástica asoma a mi rostro porque, por supuesto, lo único que quiere es que mantenga las apariencias. Solo soy un accesorio para ella esta noche.
Por eso elegí este vestido verde. Fue mi único y pequeño acto de rebeldía con el que sabía que podría salirme con la suya.
Apenas acabamos de entrar cuando dice: —Jamie te ha estado buscando toda la noche. Está por allí. —Inclina la cabeza y yo reprimo el gruñido que amenaza con salir de mi estómago.
—Ajá. —Jamie y yo nos lanzamos miradas fulminantes.
Lo odio. Él es el culpable de todo. Me rompió el corazón y luego se quedó al margen dejando que Zach hiciera lo mismo.
La única pizca de satisfacción que obtengo es que Jamie sigue sufriendo las consecuencias del puñetazo de Zach.
De un rojo brillante, mezclado con amarillo y morado, la cara de Jamie parece una pizza exótica.
—Nos vemos a medianoche. —Con un último apretón, las garras de mi madre me sueltan y se funde entre la multitud luciendo como el maniquí perfecto que finge ser.
Como era de esperar, Jamie está con Kyle y Brett bebiendo whisky. Con sus esmóquines, parecen idiotas jugando a disfrazarse, pero ¿quién soy yo para juzgar? Yo soy igual. Fingiendo una vida que mis padres esperan que viva.
Por el rabillo del ojo veo las luces centelleantes del jardín y se me ocurre una idea.
Si no puedo salir por la puerta principal, me escaparé por la de atrás.
La determinación se apodera de mí y me dirijo hacia atrás, asegurándome de que nadie se dé cuenta.
El aire gélido acaricia mi piel, dándome una pequeñísima muestra de libertad.
—Honey. —Las cadenas de la realidad vuelven a pesarme cuando Jamie me llama, poniéndose a mi lado—.
¿A dónde vas con tanta prisa y con esos tacones?
—Mira mis Manolo Blahnik dorados, sorprendido de que pueda caminar con elegancia por la hierba con ellos.
No es para tanto; sé hacerlo desde los doce años.
—Solo busco un sitio para celebrar el Año Nuevo —refunfuño.
—¿Sola? Eso parece bastante deprimente.
—Ya, bueno, es mejor opción que estar con mi ex, que se tiró a una tía en una fiesta.
Él hace una mueca, inspira profundamente y luego cierra los ojos. Sorprendentemente, el veneno de mis palabras no le impide seguirme. —Sobre eso. ¿Podemos hablar?
Inclino la cabeza, mirándolo con ojos perezosos e indiferentes. —¿Cuánto más quieres hablar? Ya te he escuchado demasiadas veces y esto ya empieza a cansar.
Mis tacones se hunden en el césped, pero eso solo me da más determinación para alejarme de él. Por desgracia, es difícil perderme en nuestras cuatro hectáreas porque él se las conoce tan bien como yo.
—Tantas veces como haga falta para que me escuches.
Me sigue hasta el pequeño cenador cubierto que da al lago. Al entrar en el porche de madera, oigo sus pasos pesados detrás de mí. Este tío no pilla las indirectas.
—El cenador, ¿eh? ¿Intentas enviarme mensajes subliminales? —Suelta una risita incómoda. Me dedica una sonrisa infantil cuando miro por encima del hombro, recordándome a cuando éramos más jóvenes—. Mi primer beso. ¿Supongo que el tuyo también?
No hace falta que responda. Él sabe que Zach es el único otro chico al que he besado. Jamie se llevó casi todas mis primeras veces y me las arrojó a la cara en una burla involuntaria. El hecho de que esté aquí solo sirve de recordatorio de lo entrelazadas que están nuestras vidas.
—Teníamos once años y tú estabas llorando porque no entraste en el equipo de hípica. Te seguí hasta aquí y estabas inconsolable. —Jamie se acerca lentamente a mí, pero sigo sin darme la vuelta—. Así que hice lo único que se me ocurrió para que fueras feliz. Te besé.
Probablemente piense que esa historia suena romántica y que voy a caer rendida a sus pies por recordarla. Solo me besó porque pensó que me haría feliz. Es lo que creía que debía hacer porque le habían lavado el cerebro, igual que a mí, para que pensara que teníamos que estar juntos.
—Gracias por el soliloquio, pero no he venido aquí por eso. Quería estar sola, ¿recuerdas?
—Aun así, podrías haber ido a cualquier parte de la propiedad. A los establos, a la casa de la piscina, a la pequeña cabaña, pero elegiste el cenador.
—Lo elegí porque está lo bastante cerca como para no tener que caminar mucho con estos tacones. —No me molesto en señalar que, si hubiera ido a los otros lugares de la propiedad, él también habría encontrado una historia sobre nosotros allí.
—Esa es la misma razón por la que lo elegiste entonces.
Se sienta conmigo en el banco, así que me arrastro hacia un lado, dándole espacio, y miro hacia el lago. La brisa fría hace que las luces de la fiesta parezcan estar bailando sobre el agua.
El momento se arruina cuando Jamie enciende la linterna de su móvil y lo pone boca arriba, de modo que lo único que veo es el interior del cenador y su cara enorme.
Nos quedamos sentados en silencio varios minutos antes de que decida decir algo.
—Tienes la nariz fatal. —No podría importarme menos si hiero sus sentimientos; se lo merece. Además, el escandaloso morado y amarillo que se extiende por su cara es algo difícil de ignorar—. Parece el culo de un babuino.
Él se ríe, entrelazando los dedos. —Gracias.