24. Capítulo Veintitrés
Capítulo Veintitrés
Honey
S entada en mi diván de terciopelo gris, vuelvo a leer la misma frase de mi libro de historia por lo que parece ser la centésima vez.
No puedo concentrarme, y no es porque esté aburrida o vaya a suspender la asignatura.
Es porque la presencia absorbente de Zach está sentada a mi lado, y su brazo me roza de vez en cuando el muslo con cada página que pasa.
¿Cómo demonios es capaz de avanzar tanto en el texto mientras yo estoy aquí sentada sudando la gota gorda porque no puedo dejar de pensar en él?
Concéntrate, Honey.
Abro mucho los ojos, mirando fijamente las palabras, decidida a leer al menos este párrafo, pero entonces Zach pasa otra página y el aroma a cítricos de su gel de ducha flota en el aire.
Está impecablemente limpio después del entrenamiento; algo en el brillo de sus ojos me impulsó a invitarlo a venir a estudiar esta noche.
Me sorprendió que dijera que sí, teniendo en cuenta todas sus obligaciones, pero no lo cuestioné.
Incluso aceptó encantado a cenar con mis padres cuando mi madre nos vio entrar en casa con las manos entrelazadas.
Estuvo interrogándolo todo el tiempo, y no porque le interesara.
Quería sonsacarle algún trapo sucio. Sé que no aprueba nuestra relación a largo plazo y, curiosamente, aún mantiene la esperanza de que Jamie y yo acabemos juntos.
Sin duda, ella y mi padre esperan que lo mío con Zach se disuelva antes de que empiece la universidad, y no les falta razón.
No pasaremos del baile de graduación, pero hasta entonces…
es agradable. Es agradable tener a alguien cerca con quien hablar, y es agradable hacer y decir lo que quiera con él.
—¿Por qué has venido hoy? —pregunto, dejando el libro de texto en mi regazo para centrar toda mi atención en Zach. Se toma su tiempo para levantar la vista de sus apuntes, terminando de leer una sección antes de mirarme con una sonrisa.
—¿A qué te refieres, Campanilla? —Sus ojos verdes brillan con interés, y me derrito al mirarlos.
—Solo que sueles estar muy ocupado después de clase con tus compromisos, pero hoy has aceptado estudiar conmigo y cenar con mis padres.
—¿Qué puedo decir? Me gusta que tu padre me examine.
Parece absolutamente perplejo con mis ambiciones en la NFL.
—Eso es quedarse corta. Mi padre no entiende de deportes y no concibe por qué alguien querría degradarse para los dueños multimillonarios de un equipo.
Está claro que no se da cuenta de que él hace exactamente lo mismo, solo que con un grupo diferente de multimillonarios.
Zach me da unos golpecitos con el dedo en el muslo.
—Además, supuse que, si estuviéramos saliendo de verdad, aún necesitaríamos que tus padres se lo creyeran.
Tu madre no para de hablar de lo unidos que están a los padres de Jamie.
¿Sabías que el día de tu cumpleaños me dijo que planearon tenerte a ti y a Jamie al mismo tiempo con la intención de que os casarais?
—Niega con la cabeza, mirando al techo—. Eso es una mierda de ricos muy turbia.
Se me suben los colores a las mejillas. —¿No dijo eso, verdad?
Él se encoge de hombros. —No con esas palabras exactas, pero tu madre dejó muy claro que Jamie y tú sois el destino final y que yo solo soy una fantasía temporal de chico malo hecha realidad.
—Sonríe, intentando restarle importancia, pero veo que el comentario le ha molestado.
Sé que odia que lo subestimen, y eso es exactamente lo que hace mi madre.
—¿Qué le dijiste cuando dio a entender eso?
—Le dije que esa decisión era tuya y que yo estaré aquí mientras tú quieras tenerme.
Si por mí fuera, lo mantendría a mi lado más tiempo del que debería, pero sé que él no está por la labor. —Es bueno saberlo.
—Además, si estuviéramos saliendo de verdad, estaría por aquí todo el tiempo intentando meterme en tus bragas, y tu madre se estaría quejando a la madre de Jamie por ello. Hay que hacerlo creíble si no queremos que la gente sospeche.
—¿Hay gente sospechando de nosotros?
Se remueve en el asiento. —Jamie lo hace, pero es porque sabe lo de la apuesta. Se está volviendo sorprendentemente sobreprotector contigo.
Suelto un bufido. —A Jamie solo le importa perder. Nunca se ha preocupado por mí.
—Piensa lo que quieras, Primor, pero es obvio que Jamie odia que toque lo que él cree que es suyo.
—¿Ah, sí? ¿Y se supone que soy suya?
—Claro que no. Eres dueña de ti misma, pero es divertido fastidiarlo. —Zach baja la barbilla para leer su libro de texto y yo vuelvo a leer la misma frase una vez más—. Tiene suerte de que no sea tu novio de verdad, porque las cosas que te haría harían que quisiera matarme —murmura Zach.
Se hace el silencio entre nosotros y trago saliva. Esas palabras me dan calor. Una sensación de hormigueo me recorre la espalda mientras me pregunto a qué se refiere. Ya me hizo ver las estrellas una vez sin apenas esforzarse. ¿Qué más podría hacer?
—¿Qué me harías? —Siento el calor subir por mis mejillas, pero no estoy segura de si es por vergüenza o porque me ha excitado con esa frase tan corta.
—¿A qué te refieres? —No levanta la vista del libro, así que o no me está escuchando o no le interesa. Daré por hecho lo primero.
Apoyando mi peso sobre la rodilla, me giro hacia él y digo: —¿Qué me harías si estuviéramos saliendo de verdad? —Levanta la vista justo cuando saco la lengua para lamerme los labios—. Ya sé hasta dónde llegarías sin compromiso, así que cuéntame más.
Se me pone la piel de gallina. Una diminuta parte de mí teme que me rechace, pero ahora tengo curiosidad.
Una pequeña sonrisa curva las comisuras de sus labios; sabe exactamente lo que quiero y, a juzgar por el brillo de sus ojos, él también lo desea.
—Bueno —comienza con una risita, luego aparta con naturalidad el pelo de mi hombro izquierdo y acerca su nariz a mi oreja, frotándola con suavidad—.
Si estuviéramos saliendo de verdad… —Su voz ronca hace que deje caer mi libro a un lado, y su mano reemplaza rápidamente el papel mientras dibuja círculos perezosos con el pulgar alrededor de mi rodilla.
La forma en que me toca no es nueva, especialmente después de la otra noche, pero aun así hace que el corazón me brinque en el pecho al sentir su mano cálida contra mi piel—.
Te preguntaría en qué estabas pensando hoy en clase.
Cierro los ojos mientras dejo escapar un largo suspiro. Su aliento me hace cosquillas en la nuca de la manera más deliciosa. —¿En historia? —pregunto, porque es la única clase que hemos compartido hoy. Sigo con los ojos cerrados cuando responde con un murmullo bajo y vibrante.
—Estaba pensando en este trabajo y en las pocas ganas que tenía de leer el capítulo esta noche. —Aunque no es que pensara que tendría a Zach aquí sentado acariciándome el muslo.
—Sabes, si fueras mi novia de verdad, te diría cuánto estaba pensando en ti en lugar de concentrarme en la señorita Winters.
Pongo los ojos en blanco, dándole un empujón juguetón, y luego lo miro con escepticismo. Él se ríe, ocultando el rostro en mi cuello hasta que suelto un chillido. —Menos mal que no soy tu novia de verdad, entonces.
Su pulgar deja de moverse y su respiración se ralentiza.
No sé por qué, pero me arrepiento de mis palabras al instante porque me preocupa que eso le haga parar, y no quiero que lo haga.
—Ya sé que no lo eres —dice—. Eso no significa que no me guste jugar a la fantasía.
—Me deja un beso de lo más suave en el cuello, volviendo a rozar mi rodilla con el pulgar—.
¿Pero podemos parar si ya no quieres jugar más?
Su mano se aparta y le agarro la muñeca antes de que llegue demasiado lejos.
—No pares —digo con los dientes apretados, incapaz de mirarlo por lo lúbrica que debe de ser mi expresión—.
¿En qué más estabas pensando? —Apoyo la cabeza en el borde dorado del diván, concentrando todos mis pensamientos en lo bien que se siente tener sus manos deslizándose por mi cuerpo.
—No estoy seguro de que quieras saberlo.
—Oh, claro que quiero.
Se inclina más, presionando su cuerpo contra el mío.
Casi puedo notar la sonrisa en su voz cuando habla.
—Me imaginaba que estabas sentada sobre mi pupitre, frente a mí.
—Inhalo profundamente porque su mano dibuja círculos más amplios en mi muslo, acercándose peligrosamente a mi falda—.
Tenías las piernas muy abiertas y me rogabas que te dejara correrte en mi lengua.
—Dios mío. —Creo que me habría desmayado al oír sus palabras si no tuviera ya la cabeza apoyada en el respaldo. Me está provocando y yo se lo permito porque me hace sentir demasiado bien.
Tanteando el terreno, los dedos de Zach suben por mi muslo y mis piernas se separan más. La sensación del aliento de Zach sobre mi piel ardiente y sus palabras sucias han hecho que esté vergonzosamente mojada.
Justo cuando sus dedos alcanzan el borde de mi falda, vuelve a bajar la mano hasta mi rótula.
Es una tortura dulce y absoluta.
Me muerdo el labio inferior, esperando que eso reprima el gemido que burbujea en mi garganta. —¿Ah, sí? ¿Y accediste a mi petición? —Me sale una voz tensa, pero me alegro de haberlo dicho porque me gusta pensar que puedo ser igual de seductora.
Su mano vuelve a subir hasta el dobladillo de mi falda; esta vez, la punta de su dedo se sitúa justo debajo. —¿Quieres que lo haga? —La insinuación en su tono es clara. Está comprobando que quiero esto, aunque ya hayamos hecho cosas antes.
—Sí. —Suena flojo pero seguro. Ya hemos hecho esto antes. Sin sentimientos. Sin compromisos. Solo diversión.
La tensión llena el aire mientras sus dedos rozan mi falda.
¿Va a hacerlo ahora que le he dado luz verde?
Jadeo cuando la mano de Zach se desliza bajo mi falda, subiendo hasta que siente el encaje de mis bragas en la parte superior del muslo. —Sabes, si fueras mi novia de verdad, apartaría este trocito de tela a un lado para sentir lo húmedo que está tu precioso coñito rosa.