The Quarterback Sneak (The Four Quarters Collection 1) 16. Capítulo Quince
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16. Capítulo Quince

Capítulo Quince

Honey

— ¿Qué vas a hacer este fin de semana, chica? —Zach me pasa el brazo por los hombros mientras caminamos por el pasillo y, aun así, nadie nos mira. Llevamos un par de semanas con todo este asunto del noviazgo falso y nos hemos vuelto tan creíbles que ya nadie lo cuestiona.

Me muerdo la lengua. No sé si quiero decirle que este fin de semana es mi cumpleaños. Ya ha mencionado que quiere mantener esta farsa mientras estemos en el instituto, y no quiero que se sienta presionado a tener que salir conmigo.

—¿Este fin de semana? —suelto con agudeza—. No tengo planes.

Me siento como una farsante en cuanto las palabras salen de mi boca.

No puedo decirle que mis padres van a obligarme a aguantar otra insufrible cena de negocios como regalo por mis dieciocho años.

Zach me sonríe de la misma forma que ayer, cuando almorzamos y él se estaba comiendo un burrito.

Juro que se lamió la salsa de los labios de forma provocativa a propósito para demostrar que me muero por saltarle encima.

Un momento... ¿De verdad quiero saltarle encima o es que me siento increíblemente sola?

—¿Nada de nada? —dice con retintín, aparentemente de mejor humor de lo que le he visto desde que empezamos con todo esto.

Levanto una ceja, sosteniendo la mano que tiene apoyada en mi hombro. —Nop. ¿Por qué lo preguntas?

Me besa la frente de forma ligera y afectuosa. Somos novios falsos. No importa que me defienda ante mi ex o que me haga reír sin intentarlo. No está interesado en mí. Solo le interesa ganar dinero y fastidiar a unos cuantos niñatos ricos que necesitan que les bajen los humos.

No me quiere. Nunca me ha querido.

Se me encoge el corazón. No quiero sentir nada por Zach, pero cada vez que me mira con esa cara encantadora y su hoyuelo en la barbilla, siento un hormigueo en el estómago, y es vergonzoso.

Una vez más, estoy colada por un tío que no me ve como más que un montón de billetes.

—No sé. No parece propio de ti. Siempre tienes algo entre manos, aunque solo sea montar a tus caballos. —Me muerdo el labio inferior, conteniéndome para no decir nada de la cena ni emocionarme por el hecho de que Zach se haya acordado de que monto—. ¿Seguro que no traes nada entre manos?

¿Por qué tiene tanto interés en insistir?

—Tengo que terminar un par de trabajos, pero poco más. ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?

Me dedica una pequeña sonrisa, estudiándome en silencio antes de responder. —Nada demasiado loco. Solo ir a una fiesta.

—¿Una fiesta? Nunca me habías parecido del tipo fiestero.

—Lo que quieres decir es que nunca me has visto en una fiesta de South Point, y hay una razón muy buena para ello.

Nunca me invitan. —Frunzo el ceño, sintiéndome un poco mal por haber sacado el tema, pero Zach me acaricia la mano con el pulgar—.

Tranquila, Piruleta. No me importa. De todos modos, no son el tipo de fiestas a las que me gustaría ir.

Seguro que hay que llevar traje con corbata a juego o alguna mierda así.

—Suelto una risita y él me devuelve la sonrisa—.

Voy a una fiesta familiar este fin de semana.

—Ah, ¿sí? —Fuerzo una sonrisa falsa, sin saber cuánto debería preguntar. Ya ha mencionado que quiere mantener su vida familiar en privado, pero ha sido él quien ha sacado el tema, no yo.

Le doy una palmadita ligera en la espalda. —Bueno, eh, que te lo pases bien. —Hago una mueca porque suena poco inspirado y vacío.

Él no nota mi descontento y vuelve a besarme la frente. ¡Uf! ¿Por qué tiene que hacer eso siempre? ¿No se da cuenta de que cada roce, por insignificante que sea, hace que mi corazón dé un vuelco que no debería?

—Seguro que sí, florecilla. Espero que te lo pases genial haciendo los deberes.

—Arquea las cejas y me dedica una sonrisa divertida, pero nada más—.

Me tengo que ir a entrenar, pero si me necesitas, mándame un mensaje.

—Y con un guiño, se va trotando, dejándome mirando su culo en esos pantalones ajustados.

¿Qué demonios pasa entre nosotros? Un minuto está flirteando y creo que me estoy enamorando; al siguiente, se muestra distante y frío.

Antes de que tenga tiempo de darle muchas vueltas, suena mi teléfono y pongo los ojos en blanco, sabiendo de inmediato que es mi madre preguntándose dónde estoy.

—Hola, mamá —respondo, caminando hacia el aparcamiento.

—Hunniford. ¿Dónde estás?

—Ya voy de camino —digo canturreando, ignorando su tono hosco.

—Bueno, llega lo antes posible. Tu caballo no se va a montar solo.

—Ya lo sé. —Murmuro las palabras y mi madre no las oye porque está demasiado ocupada gritándome por algo.

Da igual, ya no me importa. Haré lo que sea para quitarme a Zach de la cabeza.

Alisando el vestido de cóctel azul marino que mi madre me pidió que me pusiera esta noche, camino hacia nuestra casa, sintiéndome un poco avergonzada por haber tenido que peinarme en la peluquería para esta cena.

Es mi cumpleaños, pero no siento esa emoción alegre y despreocupada que se supone que debes sentir cuando cumples dieciocho años.

Todo lo que siento es que soy como una marioneta, a la que mis padres solo sacan cuando me necesitan.

Echo un último vistazo al teléfono antes de decidirme a bajar del coche.

Llegan decenas de mensajes de cumpleaños de gente con la que apenas he hablado, pero, patéticamente, solo me importa una persona, y sigue sin haber nada de su parte.

¿Qué esperaba, de todas formas? No le dije a Zach que era mi cumpleaños, y él está de fiesta esta noche, sin dedicarme ni un pensamiento.

Justo cuando dejo el teléfono, llega un mensaje.

Madre: Nada de flirtear con los clientes ahora que Jamie no viene.

Suelto una carcajada. A menos que el nuevo cliente de mi padre haya traído a algún becario universitario de buen ver esta noche, no tiene nada de qué preocuparse. ¿Se cree que estoy tan desesperada como para interesarme por un par de hombres calvos con hijos de mi edad? Llega otro mensaje nuevo.

Madre: Y espero que te comportes de la mejor manera posible.

Eso hace que guarde el teléfono en el bolso. No quiero ver más mensajes dándome lecciones. ¿Cuándo no me comporto bien?

Al salir del coche, camino con cuidado con mis nuevos tacones de Aquazzura, ignorando el ligero dolor en los dedos por el estreno. Son unos tacones monos, pero los eligió mi madre, así que los odio al instante y los donaré después de esta cena.

Freno al acercarme a la puerta principal debido a la cantidad disparatada de coches que hay en nuestra entrada.

El Toyota destartalado del jardinero ha desaparecido, sustituido por Teslas y Mercedes flamantes.

¿A cuánta gente han invitado esta noche?

Sintiéndome de repente un poco más animada, camino más rápido hacia la puerta principal.

Quizá he tenido suerte y esta cena es menos íntima de lo que pensaba, y pueda escabullirme después de las presentaciones generales.

No es que tenga nada más que hacer, pero quedarme en mi habitación viendo algo en Netflix suena mejor que aguantar una velada de sonrisas falsas y conversaciones incómodas.

Cuando abro la puerta, me sorprende que nuestra criada no esté allí para recibirme y que las luces estén apagadas. —¿Mamá? —llamo a través del silencioso pasillo, donde el único ruido es el clic de mis tacones.

No hay respuesta, lo que me hace respirar con alivio. Si me hubiera oído llamarla con tanto descaro, estoy segura de que me habría reprendido por hacer que parezca que no tengo modales.

Decido avanzar por el pasillo, hacia el salón formal, con la esperanza de que estén allí.

Al agarrar el pomo de la puerta, oigo unos murmullos suaves al otro lado y me pongo una sonrisa falsa en la cara.

—¡SORPRESA!

La gente grita, saltando de detrás de nuestros muebles para recibirme con una sonrisa.

Dando un paso atrás, casi me caigo de la impresión y la incredulidad. Estudiantes del instituto y amigos de mis actividades extraescolares llenan la sala.

—Pero qué... —digo por lo bajo, llevándome la mano al pecho. Juro que el corazón me va a saltar del pecho.

—¿De verdad pensabas que iba a dejar pasar tus dieciocho años sin celebrarlo? —Olivia se ríe mientras sale del gentío. Me atrae para darme un abrazo mientras empieza a sonar la música y la fiesta se pone en pleno apogeo.

Al mirar por la habitación, mis ojos conectan de inmediato con los de Jamie.

Me está mirando, con el brazo pasado por encima de McKenna, que lleva un vestido rosa chillón y ajustado.

¿Cuánto tiempo lleva observándome? ¿Y por qué la mayoría de estos invitados son personas que se burlaron de mí en internet?

Se me cae el alma a los pies. ¿Están todos aquí para presenciar otra caída? ¿Está Jamie preparado para avergonzarme de nuevo porque lo he estado ignorando?

—¿Has planeado esto tú? —pregunto, apartándome de Olivia y centrándome en ella. Sonríe con orgullo y se lo nota en las mejillas.

Asintiendo, dice: —Sí. Conseguí el permiso de tus padres hace unos meses.

Al principio no estaban muy convencidos porque ya habían planeado una cena elegante, pero me inventé un rollo sobre lo importante que sería para tu estatus social después de...

todo. —Resta importancia a su comentario con un gesto, dejando el final en el aire.

«Después de que Jamie te avergonzara públicamente» es lo que quiere decir pero no dice—.

Se quedaron más que encantados de acceder tras pensarlo unos días.

Rodeándola con mis brazos en otro abrazo, la aprieto con fuerza. —Gracias. —No quería una fiesta, pero saber que Olivia se ha tomado la molestia de organizar esto para mí me hace sentir algo especial, y eso es poco frecuente.

—Cielo, Livi, ¿has invitado a todos los del instituto? —pregunto, mirando por la sala todas las caras familiares.

—¿Es tu forma de preguntar si Zach está aquí? —Me da un codazo en el hombro y me dedica una sonrisa pícara.