8. Capítulo Siete #3
Zach se encoge de hombros, con los ojos recorriendo la parte de mi cuerpo que puede ver.
—Sabes que eres la chica más sexy del instituto, Honey.
No necesitas que el chico de la beca te lo diga.
—Bebe un sorbo de su refresco, sin inmutarse por la pequeña sonrisa que se dibuja en mi rostro—.
Sigo sin entender por qué Jamie te dejó, para empezar.
Eres el material perfecto para un hombre rico. —Oculta una sonrisa dando otro sorbo.
—¿Material para un hombre rico?
Al tragar, deja el refresco y centra toda su atención en mí.
—Sí, tienes el apellido adecuado, unas piernas más largas que la Torre Eiffel y una cara que rivaliza con la de una Kardashian operada.
—La mirada de Zach baja a mis labios e instintivamente quiero morderme el inferior para aliviar la tensión, pero me detengo.
En su lugar, me remuevo y cruzo las piernas bajo la mesa.
—Claramente no soy tan buen material como McKenna —suelto con mordacidad, troceando más mi ensalada seca y metiéndomela en la boca por despecho.
—No es verdad. McKenna es una opción fácil.
El tipo de chica con la que engañas a alguien porque lo único que tiene a su favor está entre sus piernas.
—Sus palabras me golpean como una bala en el estómago y las imágenes de McKenna y Jamie regresan de golpe.
Odio que me moleste tanto, pero parece que no doy una a derechas—.
Vamos a demostrarle a Jamie que se equivoca.
Sal conmigo hasta finales de enero y enseñémosle el partidazo que eres cuando te quitan los grilletes.
Pongo los ojos en blanco, dando una palmada porque el movimiento me impide coger una de sus dichosas patatas o su hamburguesa a medio comer. —No necesitas convencerme. Ya he aceptado salir contigo, así que acabemos con esta charla antes de que me den arcadas con tu hamburguesa con queso.
Sus labios se curvan y agarra la hamburguesa.
—Ah, ¿es esto lo que has estado mirando los últimos veinte minutos?
—Zach pasa la hamburguesa justo por debajo de mi nariz, obligando a que el delicioso aroma flote en el aire.
Quiero matarlo—. Y yo que pensaba que no podías dejar de mirarme los labios después de besarme el viernes.
Mi pulso se dispara ante ese comentario. ¿Cómo demonios sabía que había estado pensando en eso? —Ya te gustaría. —Empujo la hamburguesa y suspiro ante mi patética réplica. Algo en su risa ronca me calma y, aunque sé que hay mucha gente mirándonos, los únicos ojos que siento son los suyos.
—¿Lo de la ensalada seca ha sido idea de tu madre? —Estudia las hojas marchitas con el ceño fruncido—. Quiero decir, es solo lechuga y unos cuantos tomates viejos. Me parece bien comer sano, pero comer insulso es un asco.
—Ya, bueno, algunos no tenemos entrenamiento de fútbol para quemar una hamburguesa con patatas.
Zach se levanta, rodea el banco y planta su cuerpo grande y musculoso junto al mío.
Le dejo un poco de espacio cuando se acomoda para estar a gusto, haciendo sitio para sus hombros anchos.
—Venga, dale un bocado —se burla, acercándome la hamburguesa a los labios.
La carne gruesa y jugosa me mira, provocándome—.
No se lo diré a nadie —susurra, dejando que el olor de la hamburguesa flote bajo mi nariz.
Más cerca.
Más cerca.
Más cerca aún, hasta que está a un centímetro de mis labios, y estoy más que segura de que me daría de comer si se lo permitiera.
—Me sentiría fatal si no dejara que mi nueva novia probara un poco de mi carne —bromea. Mis mejillas se encienden, pero el impulso de comer la hamburguesa supera esa emoción, así que lo hago. Dejo que Zach me dé de comer su hamburguesa, hincando los dientes en la suculenta carne de ternera.
Una explosión de grasa, kétchup y queso estalla en mi boca, y cierro los ojos, tragando las texturas y disfrutando cada momento. Dios, sabe mucho mejor que esas hamburguesas de tofu que compra mi madre.
Cuando trago los primeros bocados, abro los ojos y veo a Zach mirándome con la boca abierta.
—Eso ha sido posiblemente una de las cosas más eróticas que he visto en mi vida.
—Sus palabras son llanas, y deja caer la hamburguesa de nuevo en su plato antes de escanear el patio y soltar un suspiro de sobriedad.
Masticando más despacio, trago saliva, dándome cuenta de que ese gemido que creía que estaba en mi cabeza ha sido en realidad audible.
—Solo mantengo la fachada —respondo mientras sigo masticando—.
¿Sigue mirando McKenna? —Zach sigue de frente hacia mí, pero mira de reojo y asiente—.
Bien. Deja que le diga a Jamie que me has dado de comer una hamburguesa durante el almuerzo.
Él intentó convencerme de que probara su "carne" varias veces, pero nunca cedí. Estoy segura de que esto le cabreará.
Zach sonríe ante mi insinuación y se inclina hacia delante, quitándome el poquito de kétchup de la cara. Luego se lleva el pulgar a la boca y lame la salsa. Ese movimiento ha sido más excitante de lo que esperaba.
—No puedes enamorarte de mí —suelto sin pensar.
La idea de que tonteemos, de que yo sienta algo más de lo debido, me produce un escalofrío por la espalda porque no puedo dejar que otro futbolista se aproveche de mí.
No después del fiasco de Jamie. Cierro los ojos y respiro para que las próximas palabras que salgan de mi boca suenen más serenas mientras Zach me observa con el ceño fruncido—.
Tenemos que establecer los parámetros de nuestra relación falsa.
Fijar unas normas, por así decirlo. Creo que la primera debería ser que no podemos enamorarnos el uno del otro.
Ahí está. Lo he dicho y ha sonado mucho más controlado.
Zach se hace crujir el cuello, alejándose un poco de mí. —¿Volvemos a eso? Vale... —Arrastra su portátil hacia nosotros, abre un documento y empieza a escribir—. Nada de enamorarse. Eso debería ser fácil, ya que tú sigues enamorada de Jamie y yo tengo mi propia vida aparte del fútbol.
Me concentro en el tecleo en lugar de corregirlo, porque no veo el sentido.
¿Enamorada de Jamie? Si alguien me hubiera preguntado eso hace un mes, habría dicho que sí, pero ahora que he tenido tiempo de pensarlo, me doy cuenta de que me estuve engañando todo el tiempo.
No estaba enamorada; más bien estaba encaprichada con Jamie porque resultaba que estaba cerca.
Lo único real que siento por Jamie ahora es tristeza y una profunda y urgente necesidad de venganza.
—Tendrás que venir a mis partidos en casa, obviamente, pero eso no debería ser un problema ya que siempre estabas allí antes.
—¿Cómo sabía eso?—. También probablemente tengamos que fingir que nos conocemos en las clases que compartimos.
Así que quizá deberíamos pensar en sentarnos juntos en Historia, Inglés y Matemáticas.
Puede que incluso necesitemos ir de la mano por el pasillo.
—Has estado pensando mucho en esto, ¿verdad?