3. Capítulo Dos
Capítulo Dos
Honey
M e subo las gafas de sol por el puente de la nariz en un vano intento de ocultar el maquillaje que se me está derritiendo en la cara. Sabía que me arrepentiría de haberme puesto tanto esta mañana, pero lo he hecho de todos modos porque me negaba a que nadie viera la hinchazón roja bajo mis ojos.
Cuando las gafas se me caen finalmente, las cojo con las manos y me quedo mirando mi cutis demacrado y cansado.
Me tiembla el labio y los ojos me escuecen con unas lágrimas que no puedo evitar derramar.
Ha empezado con una sola lágrima rodando por mi mejilla, llevándose consigo el más mínimo rastro de rímel.
Ahora fluyen libremente y estoy a punto de que los mocos hagan acto de presencia.
El rímel sustituye a mi colorete y, por mucho que me limpie las mejillas, no consigo deshacerme de las pesadas manchas negras que tengo por toda la cara.
Limpiándome la cara una última vez, apoyo la cabeza en el asiento y cierro los ojos.
Esto no es nada. Es solo un momento, y nada de esto importará dentro de diez años. Ni siquiera recordaré el nombre de Jamie.
Repito el mismo mantra que me he estado diciendo a mí misma los últimos días, con la esperanza de que detenga el dolor de mi corazón.
No importa que Jamie fuera el único chico en el mundo que realmente me entendía o que hayamos estado metidos en las mismas reuniones de negocios desde que teníamos cinco años.
Es un chico al que no le importo. Todo era puro espectáculo.
Incluso todas esas veces que me cogía la mano por debajo de la mesa cuando yo tenía tanto miedo de desmayarme porque mi madre me había embutido en un vestido dos tallas más pequeño de la cuenta. Él estaba allí.
Ahora no lo está.
—Ese tío es un imbécil, Honey —suspira Olivia a mi lado, dándome palmaditas en la rodilla como si eso fuera a arreglarlo todo mágicamente.
Para ella es fácil decirlo cuando tiene un novio fantástico como Mike y toda su familia la quiere y la adora incondicionalmente.
¿Qué va a decir mi madre cuando se entere?
Papá me echará la culpa a mí de la ruptura, por supuesto.
Siempre es culpa mía cuando las cosas no salen según lo previsto, y esta será una de esas ocasiones.
Sorbiendo por la nariz, me ajusto las gafas de sol, mirando el móvil y el vídeo que tengo en bucle desde que me lo enviaron el sábado.
Se me revuelve el estómago ante el número de reproducciones al final de la pantalla.
Más de un millón de personas lo han visto ya, medio millón le han dado a «me gusta», y solo estamos en un pueblo de unos pocos miles de habitantes.
Tanta gente a la que ni siquiera conozco ha presenciado mi humillación, y muchos de ellos se alegran.
Deslizo el pulgar por la pantalla, pasando por todos los comentarios hirientes.
La zorra ha tenido lo que se merecía.
Jamie ha subido de nivel.
Honey 2.0
McKenna está mucho más buena.
La reina ha caído.
Ojalá pudiera verle la cara a Honey ahora mismo.
¿Se ha molestado esa perra en venir hoy al instituto?
—Ya... —Olivia me quita el móvil de las manos—. Creo que va siendo hora de que dejes de ver eso. Llevas con el vídeo puesto desde las nueve de esta mañana.
Me aliso la falda de tablas roja y azul.
Solo porque me sienta como un despojo no significa que deba dejar que el resto del mundo lo vea.
—Es un poco difícil de ignorar cuando la gente no para de enviármelo —murmuro.
Ojalá no sintiera como si Miley Cyrus hubiera entrado estrellándose contra mi estúpido coche rosa, balanceando su dichosa bola de demolición directa hacia mi corazón.
Porque eso es lo que la gente quiere ver, ¿verdad?
A la «reina» llorando por un chico que ha elegido a una chica diez veces más atractiva que ella.
Yo nunca me he visto realmente como la reina.
Ni siquiera pensaba que fuera tan popular, más bien creía que me limitaba a aprovecharme de la fama de Jamie.
Lo que no sabía, sin embargo, era lo mucho que me despreciaban.
Mi madre tenía razón.
Siempre tiene razón conmigo.
No valgo nada sin Jamie a mi lado.
Cerrando los ojos, exhalo profundamente.
La cara de Jamie pegada a la de McKenna se reproduce en mi mente como si fuera porno de tortura.
La forma en que la agarraba con esa posesividad feroz brilla ante mí y, si te fijas bien, puedes ver la más leve de las sonrisas en sus labios mientras la estrechaba contra sí.
Me duele el corazón porque se le veía como si quisiera estar allí y no tuviera ningún remordimiento por sus actos.
Eso es lo que más me duele. No ver a mi aparente y técnico prometido besando a otra chica —claro, eso ha sido una mierda—, sino verle tan feliz por ello ha sido peor.
Está tan enamorado. A mí nunca me tocó así, ni mucho menos sonrió como si estuviera borracho por mi causa.
Se me curva el labio superior al pensar en cómo la metió en esa habitación, e imágenes impías de él teniendo sexo con ella cruzan mi mente a toda velocidad.
Sexo apasionado. Sudoroso. Ardiente.
Nada que ver con nosotros o con el misionero mecánico que probamos hace un par de años. Él siempre terminaba primero, dejándome a mitad de camino y sin ningún sitio al que ir.
Seguro que incluso le ha hecho un oral a McKenna también.
Uf. Vuelvo a apoyar la cabeza contra el asiento del coche, golpeándola esta vez con un ritmo constante.
No puedo creer que de verdad pensara que Jamie y yo estábamos enamorados.
Yo me esforzaba mucho, pero él solo estaba apaciguando a nuestros padres.
Fingía amarme porque creía que era lo que tenía que hacer para mantenerse a buenas con su padre.
—¿Sabes qué? Creo que esta noche toca sesión de Ryan Gosling —dice Olivia apretándome la palma de la mano—. Ven a mi casa y podremos llorar a moco tendido todo el tiempo. Compraré helado y daremos rienda suelta a las penas. Que le den a las calorías.
Noto la sonrisa en su voz y le doy un apretón en la mano antes de ladear la cabeza para mirar a los ojos a mi entusiasta amiga. Las gafas de sol todavía me cubren los míos, por suerte, ocultando las lágrimas que amenazan con desbordarse. —No puedo —apenas consigo articular las palabras.
—¿Por qué no? ¿Acaso Ryan Gosling te ha defraudado alguna vez? —Me devuelve el apretón de manos.
Le ofrezco una sonrisa a medias. He perdido a mi novio y mi reputación en un solo día, y aquí está ella, pensando que un actor puede hacerme sentir mejor. ¿Se ha olvidado del final agridulce de La La Land ?
—No puedo. Esta noche tengo mis clases de etiqueta.
—¡Al cuerno con eso! ¡Te acaban de meter el corazón en una batidora y te preocupa qué tenedor va en cada sitio!
—A mí no me preocupa, pero si llego tarde, ya sabes que mi madre me va a meter un puro de cuidado.
Se queda callada por una vez, sabiendo que tengo razón.
Decir que mis padres son controladores es quedarse corta.
Me dicen qué decir, qué hacer e incluso cómo vestir.
Soy la chica con más dinero del que necesitaré en toda una vida y, sin embargo, no tengo libertad debido a las ataduras que este me impone.
—Al menos el baile de debutantes no es hasta después de Año Nuevo. Hay tiempo de sobra para encontrar a un acompañante nuevo.
Cierro los ojos y aprieto los labios, muriendo un poco por dentro.
¿Es que Olivia tiene hoy el peor caso de síndrome de «meter la pata cada vez que abre la boca»?
No quiero pensar en eso ahora. Probablemente el padre de Jamie le obligará de todos modos a llevarme, lo cual sería aún peor que ir sola.
—Lamentablemente, no creo que mi madre lo vea así.
—No, ella pensará que me he buscado esto por no ser lo bastante buena.
Probablemente culpará al hecho de que saqué un notable en mi trabajo de historia el mes pasado por las indiscreciones de Jamie, en lugar de verlo como lo que es.
A Jamie nunca le he interesado tanto. El aguijonazo de ese pensamiento me recorre la columna, pero tenía que admitirlo tarde o temprano.
Olivia contiene el aliento, llevándose la mano a la boca, y yo levanto la vista.
Bueno, no pensaba que se me pudiera romper más el corazón, pero por lo visto es posible.
Jamie está ahí mismo, bajando los escalones de la mano de McKenna.
Su melena oscura y brillante ondea al viento, y la sonrisa de suficiencia de su cara mientras ocupa mi lugar hace que mi cuerpo se desinfle.
No oigo nada excepto el latido errático de mi corazón mientras mi exnovio se aleja de mí como si yo nunca hubiera existido.
¿Qué he hecho para que se vuelva contra mí de esta manera? ¿Para que me deseche como si no fuera más que un calzoncillo viejo y manchado?
Ni siquiera me ha mirado desde que el vídeo se compartió en las redes sociales.
No me ha dirigido la palabra en clase de inglés cuando me he quedado sentada mirando su nuca, deseando que reconociera que, por su culpa, todas las miradas estaban puestas en mí.
Los susurros eran más bien burlas, y él ha fingido no enterarse de nada, actuando como si fuera un día cualquiera.
He tenido que cogerme mi propia mano por debajo del pupitre y tragarme el poco orgullo que me quedaba para aguantar la clase sin llorar.
Suspirando, arranco el motor de mi coche. —Venga, tengo que llegar a casa antes de que mi madre me llame.
Antes de que Olivia me suelte la rodilla, dice en voz baja: —Todo mejorará. Te lo prometo. —Le dedico una pequeña sonrisa y empiezo a conducir. El día no puede acabar lo bastante rápido.