21. Capítulo 21
Zach
A penas he salido de la ducha cuando tres golpes secos resuenan en el silencio.
Medianoche.
¿Quién narices llama a mi puerta a medianoche?
Con una toalla anudada a la cadera, cojo el móvil y abro la cámara del porche.
Antes de que aparezca la imagen de la entrada, me llega el sonido.
—¿Zach?
Su voz. Suena desesperada y rota.
Joder. Honey.
Sin pensarlo, suelto el móvil y bajo las escaleras corriendo hacia ella.
Cuando abro la puerta de par en par, la encuentro tambaleándose en el porche, abrazándose a sí misma.
—Honey. Mi voz suena ronca. —¡¿Estás bien?!
Ella levanta la mirada y se me encoge el pecho.
Tiene los ojos vidriosos, las mejillas encendidas y me sonríe de una forma que no parece natural, pero que, de algún modo, consigue destrozarme.
¿Qué cojones está pasando?
—Zach —suspira, y de repente se me echa encima, rodeándome el cuello con los brazos. Le pongo las manos en la cadera, notando el olor a alcohol mezclado con su perfume mientras se desploma contra mi pecho.
¿Está Honey... borracha?
Madre mía.
Honey nunca se emborracha. La educaron para ser la hija perfecta, para mantener siempre el control.
Echa la cabeza hacia atrás, con los ojos a medio cerrar. —A ver, ¿siempre les abres la puerta en toalla a las buscahombres de los estadios?
Se me tensa la mandíbula. Sus labios me rozan el cuello.
—Eh, eh, para un poco —la agarro por los hombros, obligándola a retroceder unos centímetros para poder verla—. Solo he abierto así porque te he oído a ti.
Porque eres tú.
Porque siempre eres tú.
—¿Por qué llamas? ¿Dónde tienes la llave?
Levanta la mano y me enseña el llavero del tarro de miel. —Sí, te juro que también estaba ahí, pero creo que la he perdido.
—¿La has perdido?
—Qué bien. Te echaba de menos —dice mientras sus dedos me rozan el borde de la mandíbula.
—Venga, entra. Le rodeo la cintura con firmeza. Está temblando porque no lleva chaqueta. Probablemente se la haya dejado en el lugar donde ha bebido hasta dejar de ser la versión de sí misma que conozco.
Se apoya en mí mientras la meto en casa, con la cara pegada a mi cuello como si intentara desesperadamente meterse bajo mi piel.
Cierro la puerta de una patada y enciendo la luz del pasillo.
Arruga la cara y hace una mueca ante la claridad, pero no la apago, porque quiero verla. Quiero hablar con ella y averiguar qué narices está pasando.
—¿Honey? —digo suavemente, apartándole un mechón de pelo de la cara—. ¿Cuánto has bebido, cielo?
—Hum... —Sus labios se curvan—. No me acuerdo. No demasiado.
—Pero si estás...
Me interrumpe con sus labios y lo noto. Whisky con miel, y un pequeño matiz de desesperación, agrio y dulce en mi lengua.
Enreda los dedos en mi pelo para atraerme más. Mi cuerpo responde de forma automática; mis manos buscan su cintura mientras ella se presiona contra mí. Una de sus manos baja por mi abdomen y, antes de que me dé cuenta, tiene la palma apretada contra mi erección, tensa bajo la toalla.
Suelta un gemido en medio del beso al notar lo duro que estoy.
Joder.
Cada fibra de mi ser desea esto, la desea a ella , pero no así.
Con más fuerza de voluntad de la que creía tener, separo mi boca de la suya y la agarro por las muñecas, apartándola un poco.
—¿Estás bien, Honeycomb? —Mi voz suena ruda e inestable—. Estás actuando de forma un poco distinta esta noche.
—Estoy bien.
—¿Ah, sí? —Camino hacia la cocina, cojo una botella de agua de la nevera, desenrosco el tapón y vuelvo junto a mi novia, poniéndosela en la mano—. Bebe esto.
Me obedece, clavando sus ojos en los míos mientras se bebe la mitad de un trago. Luego se limpia la boca con el dorso de la mano y me dedica una sonrisa ladeada.
—Mandón.
—Borracha —murmuro, dirigiéndola hacia las escaleras. Tropieza en el primer escalón y la sujeto, con una mano en su cadera y la otra por debajo del brazo. —¿Estás bien?
Asiente. —Mjm.
Pero no lo está. Ni de lejos.
Cuando llegamos arriba, abro la puerta de mi habitación y la guío hasta la cama, ayudándola a sentarse en el colchón.
—¿Quieres una camiseta? —pregunto.
Sacude la cabeza, con los ojos oscurecidos. —No. Solo te quiero a ti.
Me muerdo un insulto, voy hacia la cómoda y cojo una camiseta de todos modos. Se la lanzo mientras me quito la toalla y me pongo unos calzoncillos.
Cuando vuelvo a mirarla, está acurrucada encima de la colcha, con las rodillas encogidas.
Me arrodillo a su lado y le acaricio el pelo para llamar su atención.
—Hazme un sitio, Honeycomb —murmuro, apartando las mantas.
Se desplaza, levantando la cadera lo justo para que pueda deslizarme a su lado. Intento arroparla, pero en cuanto estoy cerca, se me lanza encima.
Su boca choca con la mía y me empuja contra el colchón.
De forma brusca y exigente.
Nunca había visto esta faceta de Honey y no sé muy bien qué pensar.
—Honey —jadeo contra sus labios, intentando mantener la cabeza fría mientras ella se frota contra mi polla—. Despacio.
Sacude la cabeza mientras recorre mi garganta con la boca. —No quiero.
—Tú no sueles... —Gimo cuando vuelve a mover la cadera—. ...venir aquí borracha e intentar treparme como si fuera un árbol.
—A lo mejor debería hacerlo —murmura, con voz suave pero mordaz—. A lo mejor debería mudarme contigo; así no te olvidarías de mí y yo no olvidaría quién soy.
¿Olvidarme de ella?
¿De qué narices está hablando?
La agarro por los hombros, apartándola lo justo para verle la cara. Tiene las pupilas muy dilatadas, pero hay algo crudo en su mirada.
—Oye. —Mi voz es dulce aunque se me esté encogiendo el pecho—. ¿Qué está pasando por esa cabecita tuya?
—Nada. —Su risa es frágil como el papel—. Solo... necesitaba verte. Necesitaba asegurarme de que aún me querías.
Eso me deja sin aliento.
Su sonrisa desaparece en cuanto lo dice y aparta la vista, mordiéndose el labio inferior como si deseara poder retirar sus palabras.
No es el alcohol el que habla. Ese es su miedo real. Pequeño y afilado, retorciéndose justo bajo su piel.
—Cariño —digo, pasándole el pulgar por el pómulo—, me tienes a mí. Siempre me tendrás.
Su mirada busca la mía. Es oscura y desesperada.
—Entonces demuéstramelo —susurra con un matiz de frustración en la voz.
Y antes de que pueda responder, se quita el jersey por la cabeza en un movimiento fluido, revelando un sujetador deportivo negro. Se lleva la mano al botón de los vaqueros, pero la detengo.
—Quiero sentir algo. Lo que sea.
Esas palabras me atraviesan.
Quiero sentir algo.
Como si hubiera estado entumecida... como si esto no fuera por amor o confianza, ni siquiera por deseo. Se trata de intentarlo.
Ella intentando no desmoronarse.
Quiero preguntarle a qué se refiere y qué narices ha pasado esta noche para que aparezca así, pero ya se ha puesto de pie y se está quitando los vaqueros.
Está jodidamente preciosa. Siempre lo está, pero no es su cuerpo lo que me golpea como un tren de mercancías.
Son sus ojos.
Destrozados. Muy abiertos y brillantes.
—Honey... —empiezo a decir, pero me interrumpe.
—Por favor —dice con la voz entrecortada mientras me empuja de nuevo hacia la cama y se sienta en mi regazo con un movimiento ágil—. Por favor, solo dame esto.
Sus labios vuelven a buscar los míos, hambrientos e insistentes, y me dejo llevar un momento, pero cuando sus manos se mueven para bajarme los calzoncillos, vuelvo a agarrarlas.
—Espera —digo, esta vez con más firmeza—. Hablemos primero de lo que está pasando.
—Te he dicho que no quiero hablar. Solo nos quiero a nosotros.
—No puedo darte ese nosotros hasta que lo hagamos.
Se echa hacia atrás, todavía a horcajadas sobre mí, con la frustración evidente en su mandíbula tensa.
Sus ojos buscan los míos y sacude la cabeza antes de morderse el labio inferior.
No sé qué narices ha pasado desde que me escribió este mediodía, pero ojalá pudiera abrirle la cabeza para averiguarlo.
—¿De verdad quieres que hablemos de ello? ¿Del elefante en la habitación?
—¿Qué es?
Sus ojos chispean con algo antes de oscurecerse.
—Si hablamos —susurra—, lo verás.
—¿Ver el qué?
—Que esto —hace un gesto entre los dos, con voz quebrada— es lo único en lo que no fracaso.
Esas palabras me golpean de lleno en el pecho. —No eres un fracaso. ¿Por qué piensas eso?
Se ríe, pero es una risa amarga y hueca. —La única razón por la que llego a alguna parte es por los hombres de mi vida. Sin ti, sin mi padre... ¿quién sería yo?
—Bueno, seguirías siendo la misma persona increíble que eres ahora. La chica de la que estoy enamorado.
—Exacto —dice ella, como si yo hubiera confirmado su argumento—. La chica de la que estás enamorado. Esa es mi identidad. No tengo personalidad. Nada. En el momento en que decidas dejarme, volveré a ser nada. A no sentir nada.
Me incorporo y le tomo la cara entre las manos, obligándola a mirarme. A escucharme.
—No eres nada —digo con los ojos fijos en los suyos—.
Eres la chica más inteligente, valiente y testaruda que he conocido.
Entras en cualquier habitación como si fuera tuya, incluso cuando el mundo intenta cerrarte la puerta en la cara.
No te importa. Te enfrentas a cosas que la mayoría de la gente no podría.
Presiono mi boca contra la suya, solo una vez. —Te quiero. Cada pedacito de ti.
Parpadea. Una vez. Dos.
Entonces se rompe, y las lágrimas empiezan a brotar antes de que se dé cuenta de que está llorando, y yo no intento detenerlas.
En lugar de eso, la atraigo hacia mí, la envuelvo en mis brazos y la sujeto como si fuera mía, porque lo es. Incluso cuando se le olvida, siempre será mi prioridad.
—¿Me ayudarás a sentir? —susurra—. ¿Por favor?
Joder, eso me destroza. No porque me esté pidiendo sexo, sino porque esta no es ella. Está rota y haré cualquier cosa para demostrar que puedo recomponerla.
—Túmbate —digo suavemente, guiándola hacia abajo—. Deja que yo te cuide.
La beso despacio, volcando en el beso todo lo que no puedo decir. Luego recorro con mis labios su cuello hasta la clavícula, y ella se arquea bajo mi cuerpo, con la respiración entrecortada.
Sus dedos se hunden en mi pelo, tirando lo justo para hacerme gemir.