15. Capítulo 15
Zach
H oney: Siento haberme perdido tus llamadas de antes, Chris me ha llevado a ver su entrenamiento de hockey y en la pista no hay cobertura. ¡Mucha suerte con Jacob! Llámame después de la cena, quiero que me lo cuentes todo. Te quiero, Z.
Leo el mensaje. Luego otra vez. Vale, lo he leído por tercera vez.
Chris. La pista de hielo. ¿Entrenamiento?
Este mensaje me ha convertido en un neandertal porque ¿qué coño hace ella allí?
Mi agarre al móvil se tensa y lucho contra el impulso de responderle exactamente cómo me siento. Por supuesto, en cuanto la dejo sola, ese gilipollas pijo tiene que meterse por medio, y Honey pica el anzuelo porque son amigos.
Me cago en todo. ¡¿Ha ido a su puto entrenamiento?! Cuando yo tengo que suplicarle que venga a los míos.
¿Pero qué cojones está pasando?
Respirando hondo, dejo el móvil con cuidado, resistiendo las ganas de lanzarlo por los aires en este restaurante pretencioso y dejar inconsciente a algún camarero sin querer.
Honey no me pondría los cuernos. No después de lo que le pasó a ella. Ha ido allí por un motivo, y él estaba allí para ayudarla.
Hablo conmigo mismo, pero no sirve para calmar mi humor.
Él la ha ayudado. No yo. No su puto novio.
Hago crujir mi cuello y suelto el aire que no me había dado cuenta de que estaba reteniendo.
—Contrólate, Evans —me susurro a mí mismo—. Jacob Miller no invita a un quarterback universitario a restaurantes de lujo por pura caridad.
Esta cena es demasiado importante como para echarla a perder porque estoy perdiendo los papeles por un mensaje de mi chica. Un mensaje al que estoy añadiendo mis propias anotaciones sin tener toda la información.
Miro a mi alrededor, intentando no quedarme boquiabierto con el sitio que ha elegido Jacob.
No es un sitio de cinco estrellas con velas; es un bar de deportes.
Bueno… un bar de deportes exclusivo con reservados de cuero, pantallas planas más grandes que la habitación de Honey y camisetas enmarcadas como si fueran obras de arte de un museo.
Los tonos anaranjados y amarillos del horizonte brillan a través de los ventanales que van del suelo al techo, pero lo que de verdad me descoloca es la gente.
Hay atletas profesionales de Carolina por todas partes.
Juraría que me he cruzado con Tate Sorenson y Grayson Hawk de los Carolina Catfish antes de entrar, y he tenido que actuar como si no estuviera flipando en colores por ello.
Son tíos a los que he visto jugar desde que era pequeño y no puedo creer que Jacob haya querido traerme aquí.
Debería estar disfrutando de esta oportunidad y haciendo contactos, pero en lugar de eso, me preocupa que un jugador de hockey me robe el puesto en casa.
—Por el amor de Dios —mascullo. Si Honey estuviera haciendo algo de verdad con Chris, no me lo diría claramente, ¿verdad?
Suena racional, pero no puedo dejar de imaginármela sentada en las gradas, mirando a Chris deslizarse por el hielo con esos malditos ojos de enamorada que me pone a mí.
No llevaría su camiseta. No animaría como lo hace conmigo, pero ¿él… ?
—¡Puto Zach Evans!
Miro hacia arriba y veo a Jacob Miller deslizando lo que parece un billete doblado a la camarera antes de dirigirse hacia mí. Viste una camisa blanca y unos Ardent Jeans —no es de extrañar, ya que es su embajador— y la sonrisa de su cara ilumina toda la maldita sala.
Me pongo de pie, guardándome el móvil en el bolsillo y forzando una sonrisa. —Señor Miller. Me alegro de volver a verlo.
Él me quita importancia con la mano. —Por favor. Llámame Jacob. —Luego me da un abrazo de colegas, casi dejándome sin aire—. Mírate —dice, dando un paso atrás para examinarme—. Has ganado músculo desde el campamento de verano. ¿El entrenador Summers te tiene dando vueltas hasta que vomitas?
—Cada maldito día —admito, volviéndome a sentar—. Pero está dando sus frutos. Seguimos invictos.
Jacob suelta un silbido bajo mientras se sienta frente a mí. —Eso he oído. Y batiendo algunos de mis récords también, cabroncete. —Sonríe, pero hay orgullo tras sus palabras—. ¿Ese lanzamiento contra la Covey U de la semana pasada? Puro arte, tío.
—Gracias, eso significa mucho viniendo de…
Me detengo cuando alguien se aclara la garganta junto a nuestra mesa. —¿En serio? ¿Estáis demasiado ocupados hablando como para saludar?
El pulso se me acelera cuando me doy cuenta de quién está aquí.
Drew McCallister.
Drew McCallister entra como si fuera el dueño del lugar.
Lo cual, teniendo en cuenta el nivel de dinero que desprende este bar de deportes —reservados privados, televisores de pared a pared, todo de cuero—, probablemente podría serlo.
Pro Bowler en su primera temporada y la cara de los Santa Monica Rattlesnakes.
El comienzo de su carrera es todo con lo que yo sueño.
—Siento llegar tarde —dice Drew con una confianza natural que emana de él—. El tráfico era un infierno.
Jacob se levanta y le da una palmada en la espalda. —Drew, conoce a Zach Evans. El chico del que te estuve hablando.
—Oh, lo sé todo sobre él —dice Drew, observándome de arriba abajo.
Jacob gesticula entre nosotros. —Espero que no te importe; lo he invitado ya que solo está en la ciudad esta noche. He pensado que estaría bien.
Sabía que eran amigos. Reese me lo contó cuando empecé en St. Michael's, pero no me había dado cuenta de que tenían ese nivel de confianza de «cenemos mi única noche en la ciudad» .
—Claro —digo, preguntándome cómo he tenido tanta puta suerte de poder cenar con dos de los mejores quarterbacks de la liga.
Asiento con la cabeza enérgicamente, listo para ponerme en pie de nuevo. —Por supuesto. Señor McCallis...
Drew levanta la mano. —Drew. Señor McCallister me hace sentir tan viejo como el entrenador Summers, y ese tipo es de la prehistoria.
Jacob suelta una risita. —Menos mal que no lo he invitado a él también a cenar esta noche, entonces.
Drew niega con la cabeza. —Creo que el entrenador Summers preferiría caminar sobre brasas el resto de su vida antes que volver a ver mi cara bonita —suelta con sarcasmo.
Ladeo la cabeza. —¿Terminasteis mal?
—Algo así —dice Drew, y queda claro que ahí termina la conversación.
La camarera se acerca y Jacob ni siquiera me deja abrir la boca. —Tomaremos tres filetes, al punto. Y agua para todos. —Me guiña un ojo—. Créeme, novato. Es lo mejor de la carta.
Mientras la camarera se va, Drew se inclina hacia delante, con sus ojos verdes afilados por la intensidad. —¿Estás pensando en el draft ?
—Intento no hacerlo —admito, obligándome a centrar la atención en ellos en lugar de mirar el móvil para ver si Honey me ha enviado más mensajes—. Summers dice que solo gane partidos y que todo lo demás se arregla solo.
Drew bufa. —El clásico Summers. El tío habla como un póster motivacional. Pero no le falta razón. —Su tono se endurece—. Aun así, tienes que empezar a prepararte ya. El proceso es brutal.
—¿Cómo de brutal? —pregunto, inclinándome a pesar de mí mismo.
Durante la siguiente media hora, desmontan todas las fantasías que tenía al respecto.
Test psicológicos diseñados para joderte la cabeza.
Entrevistas donde lanzan preguntas como si preferirías pelear contra un pato del tamaño de un caballo o contra cien caballos del tamaño de un pato, y encima esperan una respuesta seria.
Pruebas del combine en las que un mal día puede costarte millones.
—La liga también está cambiando —añade Jacob mientras la camarera deja platos lo bastante grandes como para alimentar a una familia. Sonríe—. Los equipos quieren quarterbacks que puedan prolongar las jugadas. Sacar algo de la nada cuando el pocket explota.
—Lo cual encaja perfectamente con tus puntos fuertes —dice Drew, señalándome con el tenedor—. He visto tus vídeos. Sabes cuándo salir y cuándo aguantar. Eso es instinto. No se puede enseñar.
—Summers nos machaca constantemente con la percepción del pocket —digo—. Nos dice que si no notamos que viene la presión, estaremos comiendo sándwiches de césped todo el año.
Drew se ríe. —Suena a Summers. Ese hombre tiene labia. —Su expresión cambia ligeramente—. ¿Cómo está el viejo cabrón, por cierto?
—Está bien —digo con cautela—. Es duro de cojones, pero justo.
—Sí, superjusto —murmura Drew, mirando fijamente su plato.
Jacob se ríe y le da una palmada en el hombro a Drew. —¿Has hablado con el entrenador Summers, ya que ambos estáis en Charlotte?
La boca de Drew se tensa. —Estoy bastante seguro de que soy la última persona a la que Summers quiere ver. No hemos hablado en más de tres años. No desde el incidente.
¿El incidente?
La forma en que lo dice me hace pensar que hay mucho más en esa historia, pero no soy tan estúpido como para insistir. No interrogas a un quarterback de la NFL sobre sus dramas universitarios en vuestro primer encuentro.
Mi móvil vibra sobre la mesa y no puedo evitarlo. Echo un vistazo rápido.
Número desconocido: Interesante compañía la que busca tu chica últimamente. Me pregunto qué más hará con el equipo de hockey cuando «no hay señal».
Frunzo el ceño, apretando la mandíbula mientras releo el mensaje.
—¿Todo bien, novato? —pregunta Jacob, notando la tensión en mi mandíbula.
—Sí, perdón. Solo... —Meto el teléfono en el bolsillo antes de aplastarlo con la mano—. Temas del equipo.
Ojalá fueran temas del equipo. Ojalá esto no estuviera haciendo que mi mente diera vueltas a todas las implicaciones. Nunca he recibido un mensaje como este, pero entiendo por qué hace que Honey se sienta mal. Lo peor es que ni siquiera puedo hablar con ella sin parecer un novio obsesionado.
Me obligo a dar un bocado al filete mientras Jacob se gira hacia Drew. —¿Quién es el siguiente en tu calendario?
Drew se aclara la garganta. —Los Dallas Dune Devils, pero es en Londres.
—¿Londres? —Jacob se echa hacia atrás, soltando una carcajada—. Había olvidado que ibas a jugar esa serie.
—Sí —suspira Drew—. El equipo ha firmado un acuerdo para volver durante los próximos cuatro años.