14. Capítulo 14
Honey
H undiéndome en el gastado sofá de cuero, ignoro el ajetreo de la cafetería Holy Ground y me quedo mirando el documento de Word en blanco en mi portátil.
Palabra clave: en blanco.
¿Qué demonios se supone que escriba?
No tengo ni idea. Ni siquiera sé por dónde empezar.
—Maldita sea —murmuro para mis adentros. ¿Por qué se me ocurrió que Escritura Creativa sería una buena clase? Una asignatura optativa que debía servir para reforzar mis créditos este año podría acabar siendo mi perdición.
Me estiro y respiro hondo antes de apoyar las manos en el teclado. Quizá, si empiezo a teclear, ocurra algo.
Con los dedos sobre las teclas, espero... Pero sigue sin haber nada.
¿Por qué se me da tan mal esto? Solo me han pedido que escriba una historia de ficción de diez mil palabras de mi elección. Podría hacer lo que me diera la gana, pero ¿por qué parece algo casi demasiado grande?
¿Tengo siquiera una historia que contar?
¿Le gustará siquiera a la gente?
Se me oprime el pecho y el miedo se apodera de mí.
¿Ves? Esto es la prueba. Ni siquiera puedes escribir una historia sencilla. ¿Para qué sirves?
Intento alejar los pensamientos negativos y pensar en todo lo que me decía mi terapeuta cuando estaba en casa.
— Sepárate de esa voz. Respira, sitúate en el presente y vuelve a tu trabajo sin juzgarte.
Todo tiene mucho sentido, pero ¿por qué me siento al borde de las lágrimas con solo pensarlo?
Respiro hondo y cojo el móvil, dispuesta a mirar las fotos que me envió Zach anoche para distraerme de todos esos pensamientos.
Cuando la pantalla se ilumina, se me encoge el corazón.
No debería haber mirado. Qué estúpida soy a veces, joder.
Desconocido: ¿Te ha contado tu novio lo de la salida del equipo a The Rhinestone Rodeo anoche? El chico es bastante pervertido.
Desconocido: Ya que estás, quizá quieras preguntarle por Hailey.
No respiro. Simplemente borro los mensajes.
Bloqueo, denuncio y finjo que no ha pasado, pero cada vez es más difícil.
Los mensajes llegan con más frecuencia desde que Zach se fue, y no puedo negar lo mucho que me cuesta ahora que él no está aquí.
Sin su apoyo, mi mente da vueltas y empiezo a pensar cosas que sé que no son ciertas.
Zach me quiere. Él no es Jamie. Nunca lo será... pero entonces me asalta la idea. El pensamiento de que sentía lo mismo por Jamie hasta que descubrí la verdad.
—No. No te vas a hacer esto a ti misma —susurro entre dientes mientras tiro el móvil sobre la mesa.
Luego cojo la taza de café y tomo un sorbo, dejando que el calor se filtre en mis palmas y mi pecho. Lamentablemente, no hace absolutamente nada para evitar que el escalofrío me recorra la espalda.
¿Cuánto tiempo más podré seguir así y fingir que no me duele? ¿Cuántas veces puedo cambiar de número antes de admitir que no sirve para nada? Quienquiera que esté haciendo esto no va a parar, haga lo que haga.
—Oh, sí. Definitivamente esa es su novia.
Oigo una conversación a mis espaldas, y hay algo en la brusquedad del tono que me indica que hablan de mí.
—¿Cuánto tiempo lleva fuera el equipo? ¿Una semana?
Ignóralas. Ignóralas. Ignóralas.
Otro sorbo largo y pausado de mi café.
Me niego a mirar o a reaccionar.
—Sí, ¿viste los vídeos del equipo en The Rhinestone Rodeo?
—¡Buenísimos! Esa morena parecía que se lo estaba pasando en grande. ¿Crees que Evans también la está engañando con ella?
—Qué va. Evans aún no ha terminado con la de la hermandad. ¿Sabías que es su mejor y única amiga? Llevan semanas viéndose a sus espaldas.
Aprieto con fuerza la taza de café, pero me niego a moverme porque sé que es mentira. ¿Jenni y Zach? Es la mayor sarta de estupideces que he oído nunca. Zach la odia.
Pero lo están diciendo lo suficientemente alto porque quieren que las oiga. Quieren que cuestione la lealtad de Zach, como si no hubiera tenido que cuestionar eso con cada hombre en mi vida.
—Dios mío. ¿Viste lo mal que estaba la semana pasada después de volver de hacérselo?
Se me corta el aliento y odio que me haga preguntarme si me estoy perdiendo algo. ¿Hay vídeos en internet que demuestran que las palabras de Zach son solo eso, palabras? ¿O es que todo el mundo está realmente empeñado en que yo nunca sea feliz?
Mantengo la cabeza baja y vuelvo a centrarme en la pantalla en blanco. La pantalla muy en blanco, que solo hace que mi estómago se revuelva y arda con todos esos pensamientos que intentaba alejar.
—Siento llegar tarde —dice Chris, dejándose caer en el sofá a mi lado—. Mi última clase se ha alargado porque mi profesor se cree un humorista.
Logro sonreír, agradecida de ver una cara amiga... una que no juzga cada uno de mis movimientos. —No te preocupes. Yo también acabo de llegar.
Miento, pero no quiero que se sienta mal por haberme dejado sola veinte minutos. Debería poder estar fuera de los confines de la casa de Zach sin que todo el mundo me moleste.
Deja una bebida en la mesa y la empuja hacia mí. —Te he traído un café con leche y caramelo. La última vez mencionaste que era tu favorito, y he pensado que necesitabas un refuerzo.
Mantengo la vista en el corazón de chocolate espolvoreado sobre la espuma, tratando de serenarme. Esto es lo que merezco. Una amistad de verdad.
—Gracias —digo, levantando por fin la mirada hacia la suya, pero solo la mantengo un segundo, temerosa de que vea algo que no quiero.
—¿Está todo bien?
Bzz. Bzz. Bzz.
La vibración seca de mi móvil me salva de tener que dar explicaciones.
—Perdona —digo mientras lo alcanzo—. Solo voy a quitar las notificaciones.
—No hay problema.
Zach: Voy de camino al entrenamiento y luego saldré a cenar con Jacob esta noche. ¿Estás disponible entre medias? Te echo mucho de menos, Honeycomb, necesito oír tu voz.
Sonrío ante el mensaje, dispuesta a aceptar, pero llega otra notificación.
Desconocido: Zach te está engañando... Pero eso no te impide divertirte un poco a ti también, ¿verdad? Todo el mundo puede ver lo que estás haciendo, buscadora de dorsales.
—¿De quién es eso? —pregunta Chris por encima de mi hombro.
—Eh... —Antes de que pueda inventar una respuesta, una carcajada ruidosa atraviesa la cafetería. En la mesa de enfrente, una morena a la que reconozco vagamente de mi residencia, no hace el más mínimo esfuerzo por bajar la voz.
—... se cree muy especial porque sale con el quarterback. ¿Y ahora se está tirando al de hockey en cuanto él se va de la ciudad?
El calor me sube por el cuello y el impulso de defenderme es fuerte, pero el miedo a lo que eso supondría me supera. ¿Qué diría siquiera?
—La clásica trepa social —añade otra—. He oído que hizo lo mismo en su instituto. Usó a un tío para acercarse a Evans, y le dio la patada en cuanto Zach chasqueó los dedos. Ahora está jugando a lo mismo.
Una tercera resopla. —¿Cómo se le llama a eso? ¿Una buscadora de dorsales con un toque de grupista del hockey?
—Una oportunista.
Todas ríen, y el silencio en las otras mesas no pasa desapercibido. Todo el mundo lo habrá oído.
Miro fijamente mi café como si pudiera encontrar mi dignidad en el fondo de la taza, pero lo único que veo es el temblor de mi mano al levantarla.
La mirada de Chris se desvía hacia ellas, frunciendo el ceño al notar mi postura tensa. Espero que solo esté preguntando por el mensaje del móvil y que no las haya oído.
Le doy un leve asentimiento porque siento la garganta como papel de lija, y no confío en no quebrarme si hablo.
Las chicas no paran. Ahora hablan más alto.
—Probablemente solo esté usando a Chris para darle celos a Evans. Típica jugada de zorra manipuladora. Lo próximo será emborrachar a Zach y convencerlo de que está embarazada. Seguro que ni siquiera será suyo.
Chris gira la cabeza hacia ellas de golpe. —Están hablando de ti. —Es una afirmación sencilla, pero puedo notar la rabia en sus palabras.
Antes de que pueda detenerlo, se pone de pie y se dirige directamente a su mesa. Se inclina y les dice algo. Es demasiado bajo para que yo lo oiga, pero lo que sea que diga les afecta profundamente. Una chica se pone roja como un tomate y otra se mira las uñas avergonzada.
Vuelve a la mesa como si nada hubiera pasado y recoge sus cosas. —Vámonos de aquí. Este sitio es tóxico.
Asiento y recojo mis cosas mientras el corazón me late con fuerza en el pecho. Al levantarme, me siento un poco inestable hasta que Chris me coge de la mano y me guía fuera. Quiero soltarme y salir por mi cuenta porque sé que esto parece una confirmación, pero no puedo. Necesito el apoyo.
Una vez que la puerta se cierra tras nosotros, retiro mi mano y respiro hondo.
—Gracias —murmuro, aferrando mis libros—. No tenías por qué hacerlo.
—Claro que sí. —Su voz es tranquila, pero tajante—. Nadie merece que le hablen así.
Nuestras miradas se cruzan, y no soy capaz de sostenerle la vista mucho tiempo. Tiene razón. Lo sé. Zach lo sabe. Todo el mundo lo sabe, pero ¿qué demonios se supone que haga yo al respecto?
—¿Con qué frecuencia pasa esto, Honey? —Su tono me obliga a levantar la vista.
—No a menudo.
Él exhala aire. —Eso es mentira. El primer día que te conocí alguien te estaba diciendo cosas.
—Levanta la mano, señalando mi bolso—. Tienes mensajes en el móvil, y te has quedado ahí sentada mientras esas tías hablaban mierda de ti como si fueras algún tipo de perro maltratado.
Te lo has tragado como si fuera inevitable.
—Porque lo es —admito en voz baja.
Suelta una risa sarcástica. —¿De verdad crees eso? ¿O sea que porque estás con un jugador de fútbol, has aceptado que esta sea tu vida ahora? Que está bien que la gente te hable así.
—¿Qué se supone que haga?
—Demuéstrales quién eres.
Me trago lo que quiero decir porque sé lo patético que suena. ¿Cómo voy a demostrarles quién soy cuando ni siquiera yo lo sé muy bien?
—Ojalá fueran tíos, porque les metería un puñetazo que los sentaría —dice él para llenar el silencio.
—Lo que sea que les hayas dicho ha dolido como un golpe —digo, siguiéndolo por el campus—. ¿Qué les has dicho?